jueves, 10 de noviembre de 2016

Reflexión - Tradiciones rota

Sé qué últimamente subo muchas reflexiones, en parte por falta de tiempo debido a los estudios y por otro lado son tantos los temas de los que me gustaría hablar que se me van acumulando. En verdad esta reflexión llega un mes tarde, pero ese no es el caso.
A lo que iba, el tema del que hoy quiero hablaros son las tradiciones. Si, habéis leído bien, tradiciones. Veréis, resulta que en el último fin de semana de Septiembre (a veces deseas que llegue y otras no tanto) se celebra una de las tantas tradiciones de mi pueblo: la romería de Zocueca. En que consiste os preguntaréis, la verdad es que es bastante simple: la virgen de Zocueca marcha a la cabeza en procesión hasta Zocueca, seguida por una comitiva de gente y detrás de esta una serie de carrozas tiradas por coches.
Lo cierto es que nunca me he sentido especialmente ilusionado con esta festividad, recuerdo que cuando era pequeño si tenía ganas de que llegara pero hoy día depende del año, a veces es una liberación y otras un contratiempo; aun así siempre me lo paso bien todos los años. Este año nada auguraba que la romería fuese a ser diferente, salimos a las siete de la mañana y fuimos en procesión desde esa hora hasta las once, casi doce de la mañana. La sorpresa, así como el motivo de esta reflexión, viene ahora.
Siguiendo una vieja ley, las carrozas tenían un espacio reservado  para poder pasar el día y aparcar sin problemas; pues bien, este año alguien decidió pasarse esa vieja costumbre por el arco del triunfo y fastidiarnos el día, tanto a nosotros como a todos aquellos que llevaron carroza. Nada más llegar, nos metieron a todos en la entrada del descampado, cercándonos con vallas y dejándonos encerrados en un espacio angosto y a disgusto. Esto no solo fue una falta de respeto y consideración para aquellos que andamos desde el amanecer con las carrozas, sino que además fue, simple y llanamente, la forma más rápida de arruinar una tradición con la que me crie.
No es ningún secreto que en los tiempos que corren cada vez se respetan menos las tradiciones, de hecho ya algunas no se hacen porque a alguien se le ocurrió que ya era hora de pasar página. Ahora me pregunto, ¿quién se creen esas personas para acabar con una parte de la vida del pueblo? ¿Con qué derecho se atreven a dilapidar tradiciones con tantos años de historia? Eso es como si yo ahora de golpe y porrazo decido que hay que erradicar la romería del Rocío porque sí, porque me apetece (ya sé que es un ejemplo similar al de la romería de Zocueca, pero no se me ocurre otro en este momento), que a mí no me guste no significa que tenga que desaparecer, por algo existen la diversidad de opinión (cosa que se agradece y bastante, el mundo sería muy aburrido si todo el mundo pensase igual).
Si de algo me he dado cuenta durante todos estos años es que cada vez hay más cambio y en su mayoría para peor, y esto que os cuento solo es una de tantas cosas negativas. Por desgracia mi opinión no cambia nada, una sola persona no puede hacer nada por sí sola pero al menos contándoos esto me quedó más tranquilo.
Para terminar me gustaría saber vuestra opinión respecto a este tema, ¿conocéis alguna tradición que no queráis perder? Espero poder escribir pronto, ¡hasta la próxima!

                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

domingo, 11 de septiembre de 2016

Poesia- Entre Nubes

Vuela ahora que tienes alas, 
juega entre las nubes, 
entre otras aves,
entre los arboles,
sigue al viento
o ve en su contra
aléjate de los huracanes, 
pero busca las buenas brisas,
que te lleven lejos, 
a lugares llenos de colores,
flores y tranquilidad.

Pero ten cuidado con el sol,
no queremos que quemes tus alas, 
ni que te lastimes con ese goloso sueño,
y dejes atrás todo lo demás. 

¿Realmente vale la pena morir por un sueño
cuando eres feliz con todo lo que te rodea?


Fuente de la imagen: Gabriel Picolo

martes, 6 de septiembre de 2016

Reflexión - No hay nada como la familia

Hola a todos, después de un tiempo vuelvo a dejarme caer por aquí y en esta ocasión vengo para contaros algo que me pasó recientemente, concretamente este pasado fin de semana. Tal como dice el título, hoy vengo a hablaros de la familia y para ello os contaré como fue mi última experiencia con la familia (no al completo), pero sí que estaban la mayoría por parte de madre.
Veréis, a la familia de mi madre le encanta hacer reuniones familiares y cada X años nos da por reunirnos y pasar el día juntos. Pues bien, después de la última reunión hace ya unos 3 años, nos reunimos este fin de semana pasado y estuvimos sábado y domingo en la parcela de mi tío Alonso, el hermano mayor de mi madre. Hicimos de todo: barbacoa, karaoke, buenos días de piscina (con este calor que no falte el agua fresquita), y lo más importante de todo, lo que no puede faltar en nuestras reuniones familiares, mi tío Juanito tocando el acordeón.
Sinceramente, hacía tanto tiempo que no lo pasaba tan bien y si por mi fuera haría reuniones familiares cada año; pero no vengo a contaros en detalle como lo pasé con mi familia. No, el tema de la reflexión es otro: lo importante que es la familia. Siempre he pensado (y de hecho es un valor que mis padres me inculcaron desde pequeño) que la familia está por encima de todo, da igual que uno se lleve mejor o peor con ciertas partes de la familia o que haya diferencias, la familia siempre será la familia y como dice el refrán “como en casa en ningún sitio”. ¿Qué es la familia sino ese hogar que se encuentra en todas partes?
Cada familia es diferente y pueden ser de una forma u otra, pero sin duda hay algo que todas tienen en común: el cariño entre sus miembros, ese instinto de protección que nos lleva a hacer lo que sea por la familia. Así de maravillosa es la familia, capaz de darlo todo sin pensarlo, capaz de hacer que te sientas querido con gestos tan cotidianos como una sonrisa o un saludo. Dicen que el corazón está siempre con tus seres queridos y creo fervientemente esa frase, pues no hay distancia que pueda cortar los lazos familiares ni adversidad capaz de quebrar ese vínculo tan poderoso.
La verdad es que comparado con mis primos soy, por decirlo de alguna manera, la excepción que confirma la regla. Veréis, a la amplia mayoría de mis primos y primas les encanta salir de fiesta, pasarlo bien en cualquier sitio; en cambio yo soy más tranquilo y prefiero disfrutar de un buen libro antes que de una fiesta, hablando pronto y claro “un ratón de biblioteca”. A pesar de que a veces me han dicho que era un poco raro, nunca me sentí diferente de mis primos ni me sentí apartado en absoluto; todo lo contrario, siempre hemos sido una piña y lo hemos pasado bien juntos, incluso compartían mis aficiones aunque a ellos no les interesasen tanto como a mí y prefiriesen hacer otra cosa.
Con mi familia siempre me he sentido como uno más, nunca me han reprochado mis errores ni me han juzgado por ellos, sino que me han ayudado a salir adelante y llegar hasta donde estoy ahora. Como el amor de la familia no hay nada y me lo han demostrado muchas veces, estando juntos en los buenos y malos momentos, porque claro, en la vida no todo es felicidad. Hay risas, alegría, tristeza, desesperación, miedo; y todas las emociones que conforman el ciclo vital, pero cada momento juntos nos une más y eso es lo importante.
Otra cosa que valoró mucho de mi familia es esa alegría innata que nos da a todos nada más vernos, una alegría inmensa que ni el tiempo puede borrar. Puede que nos tiremos semanas, meses, incluso años sin vernos, pero siempre nos alegraremos de volver a estar juntos. Yo siempre he sido muy vergonzoso y eso me ha acarreado más problemas de los que me gusta admitir, pero nunca me sentí nervioso con mi familia (bueno sí, tengo que admitir que fui un niño bastante tímido) y esa paz interior que siento al estar con ellos es cada vez más fuerte con el paso de los años.
¿Qué quiero deciros con todo esto? Lo que quiero transmitiros con estas palabras es simple, pero a veces las cosas más sencillas se ocultan ante nuestros ojos y no las vemos hasta que ya es tarde para hacer algo. No solo quiero abriros mi corazón, compartir con vosotros lo que siento por mi familia y lo que ellos sienten por mí, sino haceros comprender que la familia siempre estará allí, como una tabla salvavidas en mitad de un naufragio, como una casita cálida en mitad de una tormenta. La vida no siempre es fácil, habrá momentos en los que queráis tirar la toalla, en que queráis huir de todo y en la que os sintáis perdidos y asustados; en esos momentos más que en ningún otro es cuando necesitáis a vuestra familia, que os recibiera siempre con los brazos abiertos y os sanará como un bálsamo milagroso.
Amigos míos, nunca, jamás, olvidéis lo importante que es la familia, pues es una de las cosas maravillosas que siempre estará con vosotros y que nunca os abandonará. Espero que os gusten estas palabras de un viajero de la vida, y si han podido sacaros una sonrisa entonces me alegro, pues la vida siempre es mejor con una sonrisa. Esto es todo por esta vez, y ahora, fiel a mi costumbre, os hago una pregunta: ¿qué sentís por vuestra familia? Hasta más ver, queridos lectores y lectoras.

                                    Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

viernes, 26 de agosto de 2016

Relato - En la oscuridad

¿Dónde estoy? O ¿Cómo estoy?
No soy capaz de ver nada, todo está oscuro. ¿Esta oscuro o no tengo los ojos abiertos? No soy capaz de saber si es que no soy capaz de abrir los ojos o es que no veo nada.
Creo que lo mejor será moverme un poco, desperezar las extremidades. Tal vez, aunque no vea nada, me puedo tropezar con algo, y así puedo descubrir donde me encuentro. Pero nada sucede. Ni siquiera llego a sentir esfuerzo de intentar mover las piernas, no siento que mis brazos se muevan, ni siquiera siento el vacío como cuando tus extremidades se mueven en el agua.
¿Tal vez he perdido el sentido en los brazos y en las piernas? A lo mejor si me estoy moviendo, pero no soy capaz de sentirlo. La verdad es que si siento algo, y es la nada. Me siento flotando en la nada, como cuando estas en el mar y te dejas llevar, en esa suerte de ensoñación, en la que no estas ni despierto ni dormido, ni pensando ni con la mente en blanco, ni sintiendo ni sin sentir.
No siento nada, no sé si me muevo, ni siquiera sé si estoy respirando, pero, sorprendentemente, me siento tranquilo. Es una extraña sensación, de que nada malo me va a pasar, pero tampoco nada bueno, simplemente no va a pasar nada y, misteriosamente, es eso lo que me hace estar tranquilo. Pero este lugar, esta inquietante oscuridad, lo que hace es tranquilizarme. El estar aquí, como flotando, sin movimiento, sin preocupaciones, sin saber lo que va  a pasar me tranquiliza.
Es una tranquilidad que me envuelve, que me llena. No se cuánto tiempo llevo aquí, si un minuto, una hora, o una eternidad, pero no me importa, aquí estoy tranquilo, aquí estoy relajado, aquí los problemas no existen. No hay nada que me moleste, no hay nada que rompa esta tranquilidad, o, al menos, no había nada
De repente, sin saber de dónde ni porque, empiezo a escuchar algo, al principio meros susurros, pero no tardo en distinguir las palabras, las voces. La mayoría de voces no las conozco, ni siquiera soy capaz de distinguir la mayoría de las palabras, oigo algo de salvar, pero también que están perdiendo algo, ¿de qué diablos estarán hablando las voces?
Son muy numerosas, dan gritos, hablan rápido, cada vez me cuesta más distinguir las palabras, solo me llegan las voces, muchas voces, cada vez más. De pronto me llegan otras voces, pero no las oigo como las de antes, estas no las oigo, las escucho, están dentro de mi cabeza. Al principio me cuesta pero no tardo en reconocerlas, estas si las conozco, la mayoría suenan tenues, lejanas, débiles. Son voces que llevaba mucho tiempo si oír, voces que se alejaron de mi antes de llegar a esta oscuridad, y que cada vez están más lejas. Sobre todas ellas hay una que aun suena fuerte, pero también se está alejando, se separa de mí por momentos.
Pero no solo están estas voces, también están las voces que sí que reconozco y sí que oigo, que no están solo en mi mente. Hay muchas, hay pocas, hay varias, hay algunas, no puedo saber cuántas. Incluso hay una que no he oído en persona, que siempre está ahí, pero solo la he oído en la distancia. Pero, sobre todas ellas, hay una que resalta, una que me incita a luchar, a seguir adelante, pero ¿Luchar en qué? ¿Seguir adelante con qué? No comprendo nada.
De pronto lo veo. Ya no hay solo oscuridad, ahora hay pequeños focos de luz en la lejanía. De uno solo sale la luz y un sentimiento de tranquilidad inmensa, incluso más que en la oscuridad. Es como si esa luz me llenase de paz.
Del otro foco de luz es de donde vienen las voces, las desconocidas, las conocidas, las que están, las que se van, las que me han abandonado. Todas las voces, da igual que las escuche en mi mente o no, todas vienen de un solo lugar.
Lo siento, siento que por fin me puedo mover, algo en mi interior me incita a tomar una decisión, ir a uno de los dos sitios. Sí, creo que va siendo hora de moverme, sin duda, tengo que escoger una de las luces, y, definitivamente voy a ir hacia…

José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25 o @escrito

sábado, 6 de agosto de 2016

Relato - La amargura de las lágrimas

La vida es muy cruel, aquella pequeña criatura indefensa lo sabía muy bien. No había gozado de la felicidad ni del calor de una familia, tampoco de una hoguera. Se perdió cuando paseaba con su dueña y no sabía volver a casa. Durante 3 días solo recibió una cosa, el rechazo a donde quiera que fuera. Los niños le tiraron piedras; los adultos le golpearon con palos, incluso le dieron patadas si podían; los vagabundos lo ahuyentaban con insultos antes de que pudiera acercarse a la calidez del fuego. Las calles estaban nevadas, el frío le calaba hasta los huesos. No tenía ningún sitio donde guarecerse de la nieve, no podía escapar de la gélida garra del invierno.
Hacía días que no probaba bocado. Ni siquiera la basura estaba a su alcance, los perros callejeros le enseñaban los colmillos cada vez que intentaba acercarse. Estaba famélico, el hambre había hecho estragos en su pequeño cuerpo. Las costillas se le marcaban, su pelaje estaba desvaído y sus pequeñas patas apenas podían sostenerle. Ya no tenía fuerzas ni para buscar comida ni para defenderse, solo pudo dar unos pasos más.
Se dejó caer en la nieve, incapaz de dar un paso más, de seguir sufriendo de aquella forma. Le dolía todo el cuerpo, incluso respirar era doloroso. Cerró los ojos, esperando su inminente final. ¿Qué había hecho para merecer aquello? Tras un último suspiro, la vida abandonó su pequeño cuerpo, ya no sufriría más. La nieve comenzó a acumularse sobre el cadáver del cachorro, nadie lo encontraría nunca… o así debería haber sido.
Una niña corría por las calles, frenética, rezando para que no fuera demasiado tarde. La preocupación oscurecía su rostro, sus ojos llorosos luchaban por retener el llanto. Tenía que encontrarlo, necesitaba encontrarlo como fuera. Por suerte o por desgracia en aquella ocasión lo encontró. No tardó mucho en llegar al callejón, corrió desesperada al ver el cuerpo de su querida mascota. Cayó de rodillas y cogió al ya inerte cachorrito. Ya era demasiado tarde, si tan solo hubiese llegado un poco antes…
Le habló con dulzura, lo llamó por su nombre, lo acunó entre sus brazos; pero nada podía hacer que volviera, estaba vació. Las lágrimas cayeron a raudales, la culpa la devoraba por dentro. Había sido culpa suya que se perdiera, debió tener más cuidado.
Sus padres la encontraron instantes después, salieron asustados en su busca al darse cuenta que la pequeña se había ido. La encontraron tirada en el suelo, llorando abrazada al que fue su amigo. No podían hacer nada por animar a su hija, solo dejar que soltase su dolor. El llanto de la niña rompió el silencio de la noche, una dolorosa llamada y adiós al pequeño Buddy.

sábado, 30 de julio de 2016

¿Así quieres ser escritor?- Charles Bukowski

Buenas soñadores, hoy quería compartir con vosotros un poema reflexión que acaba de llegar a mis manos. Seguramente conozcáis a su autor, el maravilloso Charles Bukowski, del cual he leído poco, pero lo poco que he leído me ha dejado encandilado. Sin mas, aquí os dejo el poema (Ortega)


Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro,
olvídalo.
Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti,
haz otra cosa.
Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.
No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas,
no lo hagas.
 Cuando sea verdaderamente el momento,y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y 
seguirá sucediendo hasta que mueras 
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

martes, 19 de julio de 2016

Relato - El chico que lo tenía todo

Hubo una vez un chico que tenía todo lo que le hacía feliz: familia, amigos, trabajo. Solo él dinero le faltaba, pero nunca lo había necesitado para ser feliz o al menos eso pensaba, pues un día la vida decidió ponerle a prueba. Esto fue lo que sucedió.
Era un día como cualquier otro, nada indicaba que fuera distinto. El chico volvía del trabajo por el mismo callejón de siempre. La gente solía evitar ese camino, decían que no era un lugar seguro para pasar de noche pero eso a él le daba igual, sabía que era el camino más corto y eso le bastaba.
No había salido muy tarde del trabajo, aún faltaba un poco para el anochecer y el sol empezaba a ocultarse por el horizonte. Le sorprendía haber acabado tan pronto, raro era el día en que salía antes de las diez pero tampoco era cuestión de buscarle una explicación, simplemente salió antes y eso era bueno.
Al no pasar nadie por allí, se sorprendió al ver a una mujer apoyada en la pared. No parecía estar haciendo nada en particular, simplemente estaba apoyada en la pared en actitud relajada. Pasó por su lado sin decirle nada, fue ella la que le habló.
— ¿Quieres un deseo? —le preguntó sonriendo.
La pregunta le pilló de improviso, no parecía muy lógica. Miró a la mujer, era guapa y no parecía peligrosa. No había entendido su pregunta, tampoco es que fuera muy normal.
— ¿Cómo ha dicho?
—Puedo concederte un deseo, el que sea —dijo la mujer con una enigmática sonrisa, sus ojos eran de un verde intenso. Pensó que eran demasiado bonitos, casi como joyas.
— ¿Es alguna clase de broma? —preguntó el chico con guasa. La expresión de la mujer no cambió, lo que sorprendió al chico—. ¿Va en serio?
—Veo que necesitas una prueba. ¿Qué tal esto?
Movió las manos hacia la pared y está se iluminó mágicamente con un resplandor blanco. El chico retrocedió por instinto, más por sorpresa que porque considerase a la mujer una amenaza. Quizás no estuviera de broma. Si podía hacer eso, ¿qué más sería capaz de hacer?
—Tú ganas, te creo —respondió el chico sorprendido, entonces pensó en su deseo. Había muchas cosas que podría pedir, pero solo una que le solucionaría la vida para siempre—. ¿Podrías hacerme rico?
—Puedo hacerlo, pero déjame advertirte algo. Corres el riesgo de perder todo cuanto amas. Aun sabiendo eso, ¿sigues queriendo tu deseo?
—No dejaré que pasé  —contestó el chico con confianza.
—Está bien. Cierra los ojos
El chico obedeció enseguida, entonces notó las manos de la mujer en su frente. Acto seguido sintió que un sueño intenso lo invadía, antes de que se diera cuenta ya estaba en el suelo.

Poco después abrió los ojos y buscó a la mujer, pero no la encontró ni tampoco estaba en el callejón. Estaba en una habitación que no conocía, metido en una cama enorme y rodeado de todas las cosas que siempre había querido. Había una canasta colgada en la pared y un saco lleno de balones de baloncesto, una televisión de plasma en un mueble lujoso, varias estanterías repletas de libros en una esquina y, para su sorpresa, una caja fuerte  en la pared izquierda.
« ¿Qué está pasando aquí?»
Se levantó de la cama y salió de la habitación. Al parecer estaba en una especie de mansión de pasillos enormes, habitaciones por doquier y llena de lujos que él jamás habría imaginado. Después de echar un vistazo a la planta de arriba, bajó por unas escaleras decoradas por una alfombra roja y llegó a un recibidor enorme. Todo lo indispensable se fusionaba en esa sala: un salón con vistas a un enorme jardín a la derecha, la cocina en un rinconcito a la izquierda, la barra a la derecha de las escaleras y varias puertas repartidas por la sala.
Estaba realmente complacido, era mucho mejor de lo que esperaba. Tenía de todo en una misma habitación y podría hacer su vida perfectamente sin salir de allí, pero había algo que lo tenía intranquilo. Un silencio incomodo invadía toda la mansión, no vio ni una sola persona desde que saliese de su habitación y tampoco encontró señales de que alguien aparte de él viviese allí.
Sus sospechas desaparecieron al ver a una mujer sentada de espaldas a uno de los sofás del salón, la reconoció al ver su melena rubia. De repente la alegría le embargo y salió corriendo hacía el sofá, tan contento estaba que saltó por encima y cayó en los mullidos cojines del sofá.
— ¡Cariño, no sabes cuánto me alegro de verte! —le dijo sin mirarla, viendo el jardín a través de las puertas de cristal—. Mira esta mansión, y es toda nuestra.
—Reconozco que no está nada mal pero es un poco solitaria, ¿no te parece?
Aquella no era la voz de su novia, pero recordaba haberla oído antes. Se giró para ver a la mujer, la reconoció enseguida. Era la misma que le había concedido todo cuando le rodeaba, la misteriosa mujer del callejón; pero era diferente. Ahora su pelo mostraba un rubio radiante, exactamente igual al de su novia, pero recordaba claramente que era pelirroja. Sus ojos seguían siendo iguales, de un verde esmeralda tan intenso como joyas. Estaba agazapada en el sofá, completamente relajada, como si viviera allí. Le sonreía sin quitarle la vista de encima.
¿Por qué estaba ella allí? Tenía que ser su novia, no esa mujer. Además se había cambiado el pelo para parecerse a ella, eso no lo hizo ninguna gracia.
— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó molesto, pero sonó más amable de lo que pretendía—. ¿Dónde está mi familia? ¿Por qué solo estamos nosotros en esta mansión?
La expresión de la mujer cambió al instante, su sonrisa se volvió triste como una noche sin luna. Se incorporó y le tomó la cara entre las manos, le sorprendió que se tomara tantas confianzas pero no dijo nada. Sus ojos se cruzaron con los suyos, la intensidad de su mirada le abrumó.
— ¿De verdad quieres saberlo? —le preguntó con voz suave, pero con un matiz de tristeza—. La respuesta no te va a gustar.
—Por favor —le pidió él.
La mujer asintió y le besó la frente, después retrocedió pero sus manos no soltaron su rostro. El chico no sabía porque lo hacía, pero no tardó mucho en saberlo. De repente su cabeza se llenaron de recuerdos desconocidos, momentos que no recordaba: él discutiendo con su familia, su novia y él rompiendo en ese mismo salón, sus amigos saliendo de su casa con el ceño fruncido.
—Para —pidió con voz ahogada.
Pero las imágenes no cesaron. Aquellos falsos recuerdos siguieron llegando sin parar, pasando cada vez más deprisa y repitiéndose una y otra vez, como un bucle que pasaba a una velocidad abrumadora. Sabía que eso no había pasado, pero le dolía.
Quería escapar pero no podía, estaba clavado en el sitio. A pesar de la dulzura de su toque, sus manos no lo soltaban y lo sujetaban cuando lo que él quería era derrumbarse. ¿Por qué hacía todo eso? ¿Por qué lo torturaba con mentiras?
—Basta —rogó al borde del llanto—. Para, por favor. ¡Para!
Entonces la mujer lo soltó y él cayó de rodillas al suelo. Le faltaba el aire, sentía como si tuviera un agujero en el pecho y este creciera cada vez más. Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó en la moqueta, las demás cayeron después en sucesión.
—Es mentira —dijo con voz débil, lastimada—. No puede ser verdad, todo es mentira.
Sintió que la mujer se movía, la vio arrodillarse a su lado y, acto seguido, lo acunó entre sus brazos. Él la dejo hacer, hundió la cabeza en su hombro y cerró los ojos, no quería ver nada, solo olvidar. La mujer le acarició el pelo como si fuese un niño y lo abrazó, cosa que le calmó profundamente y que, de cierta forma, le recordó a como su madre lo abrazaba cuando era pequeño.
—No es real, ¿verdad? —le preguntó, su voz sonaba amortiguada por el hombro de la mujer.
—Aún no lo es, pero podría serlo —le respondió ella acariciándole la cabeza—. La decisión es tuya.
—No quiero esto, no si tengo que perder todo lo que quiero —dijo el chico, sintiendo arrepentimiento pese a no haber hecho nada.
— ¿Deseas volver? ¿Renunciarías a todo esto, a lo que en el fondo querías, por el amor de tu gente?
—Yo no quería esto, solo deseaba tener una vida más sencilla, una vida en la que pudiera darles a ellos todo lo que quisieran.
La mujer sonrío, él no podía verlo pero ella lucía una sonrisa satisfecha. Sin soltar al muchacho, se agachó a la altura de su oreja y le susurró al oído.
—Duerme, pequeño. Duerme…
El chico abrió los ojos y se sorprendió al ver que estaba de vuelta en su habitación, la misma en la que había dormido durante años. Su novia dormía plácidamente a su lado, su melena rubia se desparramaba por la almohada. Se había dormido abrazada a él, igual que siempre.
«Sólo ha sido un sueño»
Volvía a respirar tranquilo, ahora entendía que había sido un necio por desear algo tan estúpido como volverse rico. Tal vez lo sería algún día, pero antes tendría que trabajar duro por ello, sin olvidar a las personas que habían estado con él desde siempre a lo largo del camino. Ahora entendía lo que su padre le dijo una vez: “lo importante no es tenerlo todo, sino ser feliz con lo que tienes”.
Cerró los ojos y dejo que el sueño le invadiera, dejo que su consciencia se hundiera y pronto dejo de pensar. Su último pensamiento fue para la misteriosa mujer de su sueño y, antes de quedarse dormido, musito un ‘gracias’ para ella.
Lo que él no sabía, era que en alguna parte de la ciudad la mujer de ojos esmeralda sonreía y que en una libreta tachaba su nombre, poniendo al lado las siguientes palabras: “será un buen hombre”.


Antonio Galindo López (@antoniogl_94)