viernes, 18 de diciembre de 2015

Relato-Reflexión - La Caleta

Un dia más pasa, un dia más que viene y otro que se va. Aquí estoy yo, otra vez sentado en la arena de la playa, en la orillita del mar. El sol está saliendo en el horizonte, su luz se refleja en las aguas del mar con su tranquila marea, sus olas que viene y que van y que traen con ellos el tenue murmullo del mar. La música sencilla que adorna una mañana bonita.
Poco tiempo llevo viniendo a esta playa, apenas dos vistas le he hecho a lo largo de mi vida. Pocas visitas para que, sorprendentemente haya tenido en mí el efecto que ha tenido, jamás me imagine que me enamoraría de unos granos de arena y unas gotas de agua, de unas barcas y dos fortalezas. Dos enamorados que custodian un paisaje que me hace soñar.
A mis espaldas esta la que llaman la Vieja de Occidente. Si Mesopotamia fue la cuna de la humanidad, Grecia la de la democracia, esta ciudad fue la cuna y el faro del arte. Como no se van a convertir sus habitantes en poetas año tras año si tienen ante ellos un paisaje como este, un lienzo de miles de colores que le inspiran para sacar las letras más bonitas.
Incluso ahora, que acaba de amanecer, puedo oír a mi alrededor como la música me llega, las canciones me emocionan, la gente me canta, y mi corazón se desborda. Puedo ver cómo la gente se me acerca, tal vez la conozca, tal vez no, pero eso poco importa porque en esta playa los disfraces son obligatorios, las penas se deja fuera y la alegría se lleva por bandera.
Poco importa quienes sean cuando los que se te acercan comparten tu pasión, tus ganas de reír, de llorar, de disfrutar. Poco importa porque cuando se te acercan te marcan para toda la vida, e incluso hay algunos que, cuando se te acercan, no se separan de ti por muchos problemas que tengas, por muchas tonterías que hagas, por mucho por saco que les des.
En esta playa encontraras el mayor tesoro que tiene su ciudad y su gente, que no es dinero, que no son joyas. Un tesoro que te regalan con forma de música y letra, con el vibrar de sus gargantas, con el latir de sus corazones, con el 3x4 marcado por unos nudillos en un mostrador, con tu cuerpo moviéndose inconsciente con la falseta de un tango, contándote las historias de aquellos que han vivido en este paraíso, mostrándote los duros antiguos, los marineros y su vaporcito, miles de historias que te relatan en forma de coplilla. Si tú, que me estás leyendo, no comprendes la mitad de las cosas que digo, no te preocupes, es simplemente que todavía no has podido conocer el Paraíso. Solo aquellos que lo conocen entenderán mis palabras.
Hoy lo visito solo, pues por desgracia es únicamente en mis recuerdos donde puedo verlo, pues un mundo me separa del Paraíso. Un mundo que se hace menos cada año, cuando con música y letras cierro los ojos y me imagino paseándome por esta misma playa y las calles que le rodean.
Aunque espero que pronto, con el paso de pocos meses, este paisaje, esta playa, esta ciudad, salga de mi imaginación y lo vea otra vez en persona. Espero que dentro de poco la visite, y vuelva a esta playa, pero esta vez no lo haga solo, que esta vez vengan conmigo esas personas que conocí por compartir conmigo la pasión por este paisaje y el arte que aquí se despierta. A mi vera mi pequeña, la que siempre está a mi lado pese a la distancia, la que conozco desde hace poco y mucho a la vez. A mi otro lado mi otra pequeña, que conozco desde hace poco y ahí sigue conmigo.
Pero para los que sigan preguntándose si el Paraíso existe puedo decirles que sí, pero que no deben buscarlo ni en la Biblia ni en el cielo, ni esperarse a la otra vida para poder visitarlo. El Paraíso existe, en el sur de Andalucía, y se llama Caleta.



José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

domingo, 13 de diciembre de 2015

Relato - El Lobo Solitario 2

Perdió la cuenta de los días, llevaba tanto tiempo rodeando el desierto que pensaba que no acabaría nunca. Sin saberlo el lobo pasó 4 días y 4 noches en aquel fatigoso viaje, evitando las eternas arenas pero no pudiendo evitar el infatigable calor del sol. Comenzaba a pensar que el feneco le había engañado.
            El desierto era más duro de lo que pensaba. Durante el día hacía un calor abrasador y por la noche las temperaturas bajaban tanto que necesitaba alejarse para dormir. Desde luego era un lugar difícil para vivir, el lobo no quería ni pensar lo que debía ser vivir en aquel paraje lleno de arena. Ni siquiera viajaba por el desierto y sentía los efectos en su pelaje.
            Fueron necesarios dos días más, con sus respectivas noches, para apreciar algún cambio. Poco a poco el terreno fue cambiando, primero un cambio mínimo y luego un cambio brusco. Al principio vio que la arena comenzaba a desaparecer, aunque eso no sería del todo cierto. Seguía allí, cubriéndolo todo, pero había disminuido significativamente.
            Al atardecer de ese mismo día escuchó un sonido familiar, inconfundible para sus oídos. Oyó el agua a lo lejos, no un agua tranquila cómo la de un lago sino agua en movimiento, estrellándose una y otra vez sin violencia alguna. El lobo desconocía que podía provocar que el agua se moviera continuamente, pero se alegraba por la cercanía del agua.
Sin pensarlo corrió, tan deprisa como le permitían sus cansadas patas, quería llegar cuando antes a su nuevo destino. A medida que se acercaba captó un olor, algo nuevo que no conocía. Eso lo motivó aún más, pues el lobo siempre había sentido curiosidad desde que fue un cachorro. Al anochecer llegó a su destino, se sorprendió ante lo que vio.
Frente a él se extendía más agua de la que había visto nunca, era como un lago sin límites. Feneco no exageraba, aquella inmensa superficie de agua era incluso más grande que el desierto. Volvió a sentir aquel miedo ante lo desconocido, la misma que había sentido al ver las arenas del desierto, pero la diferencia era clara: en el desierto no tendría que nadar; de hecho eso sería un gran problema para el lobo.
El cielo nocturno, junto a toda esa agua, componían un precioso paisaje. Las estrellas brillaban, tejiendo un delicado tapiz de luz, y la luna lucía orgullosa en el firmamento, rodeada de su corte luminosa. Las aguas eran oscuras, al menos la mayoría, pues la reina de la noche se reflejaba en una parte, arrancándole a las aguas destellos plateados.
No solo había agua. La arena se extendía hasta tocar el agua, quizás hasta siguiera por debajo. Viendo aquella grandiosa superficie de agua, entendió que era aquel sonido de agua moviéndose. El agua retrocedía una y otra vez, avanzando hasta la arena y retrocediendo justo después, repitiendo el mismo movimiento sin parar. El lobo se preguntó porque hacía eso el agua, ¿qué sentido tendría avanzar sin sentido hasta la arena?
No pensó en eso mucho más, la visión de toda esa agua era hipnotizadora, maravillosa. La travesía por el desierto lo había dejado sediento, sentía una sed tan intensa que dolía. Corrió hacia el agua, ansioso por beber toda la que pudiera. Esperó en la arena, sabiendo que el agua llegaría, tarde o temprano, hasta él. Finalmente el agua tocó sus patas y bebió con avidez, pero se llevó una sorpresa.
Aquella agua tenía un sabor extraño, eso lo dejo estupefacto. El agua no debería tener sabor, tampoco olor; pero esa agua tenía ambas cosas. El olor era el mismo que había notado en la distancia, pero no lo había atribuido al agua. Su sabor era desagradable, pero necesitaba beber y así lo hizo, bebió hasta estar saciado del todo. Cuando acabó, tenía la boca infectada de aquel sabor y sentía que le picaba la lengua; aun así necesitaba el agua.
De repente el agua lo atacó, se abalanzó sobre él sin previo aviso. El lobo se alejó, asustado, puso toda la distancia posible entre el agua y él. Desde la seguridad de la arena vio como el agua avanzaba más, con una violencia que no había mostrado antes. ¿Habría molestado al agua? No le importaba, tenía que beber para vivir. Aquella agua no se parecía nada a la de su bosque, que nunca se mostró violenta y dejaba beber a todos los animales.
Allí se quedó el lobo, observando el vaivén del agua y el cielo cuajado de estrellas. No podía vivir en aquel lugar. No veía comida por ninguna parte, aunque sabía que el agua estaría llena de peces; pero no quería vivir cerca de un agua como esa, temeroso de lo que le haría si intentaba cazar en su interior. Además no podía beberla, estaba seguro de que se pondría enfermo si dependía de un agua como esa. Se sentía decepcionado, el viaje hasta allí había sido largo y duro pero no sirvió de nada, su esfuerzo había sido en vano.
Estaba cansado. Se tumbó en la arena y cerró los ojos, ya pensaría que hacer mañana. Entonces oyó algo arrastrarse por la arena, era un sonido difícil de ignorar. Abrió los ojos, en busca de la fuente de aquel ruido, no tardó mucho en encontrarlo. Vio una forma oscura que se movía arrastrándose por la arena, pegada al suelo. Se preguntó qué clase de animal sería, quizás pudiera ayudarle en su búsqueda. No perdía nada por intentarlo.
Se desperezó y camino hacia aquel animal desconocido. Cuando se acercó, lo identificó enseguida. Era una tortuga, pero más grande que cualquiera que hubiera visto, aun así apenas se separaba del suelo. Tenía patas en forma de aletas y un gran caparazón, la forma de su cabeza le recordó a los huevos de los pájaros
La tortuga le miró antes de que pudiese hablar. Sus ojos le miraron tranquilos, sin preocupación alguna, viejos y llenos de sabiduría.
Hola, jovencito le saludó la tortuga. Es raro ver a un lobo por aquí, ¿qué te ha traído hasta el mar?
Viajo en busca de un nuevo hogar respondió el lobo y giro su vista hacia el agua. Así que esto es el mar.
Eso es dijo la tortuga girándose al mar. Esa gran masa de agua que ves ahí es el mar. Es enorme y sirve de hogar a infinidad de criaturas: grandes y pequeñas, amables y peligrosas, solitarias y familiares; hay tantas y tan diferentes que no podrías conocerlas todas en una sola vida sonrió. El mar es un lugar maravilloso para vivir.
¡Pero el agua sabe rara! ¿Cómo puedes vivir en un agua así?
Nunca habías probado el agua salada, ¿verdad? tras la negativa del lobo, la tortuga sonrío de nuevo. El agua del mar tiene una sustancia llamada sal, eso es lo que hace que el agua tenga un mal sabor.
El lobo asintió agradecido, se sorprendía de lo sabia que era la tortuga. Había oído historias sobre la sabiduría centenaria de las tortugas, pero siempre creyó que exageraban. Ahora veía que no, que eran ciertas; pero eso no resolvía su problema.
Estoy decepcionado le confesó a la tortuga. Esperaba encontrar un hogar aquí, pero el mar no es lo que esperaba.
Tal vez pueda ayudarte la tortuga se giró lentamente hacia la derecha, su cabeza apuntaba hacia el oeste. Si vas en esa dirección llegarás a un lugar diferente, tan opuesto al mar que te sorprenderás. Puede que allí encuentres ese hogar que tanto ansías.
El lobo miró a la tortuga agradecido.
Muchas gracias, tortuga.
No hay de que respondió la tortuga con un asentimiento de cabeza. Déjame darte un consejo antes de irte: cuando llegues al lugar del que te hablado ten cuidado, especialmente con los animales grandes.
Lo tendré respondió el lobo. Debo irme ya.
Te deseo suerte en tu viaje. No olvides mi consejo, te será de ayuda más adelante.
Con esas palabras la tortuga se volteó y siguió avanzando por la arena, lentamente, sin prisa alguna. El lobo comenzó a correr por la arena, tan animado por llegar al lugar del que le he había hablado la tortuga que ni descanso necesitaba. Así de despidieron dos animales tan diferentes como la noche y el día, cada uno siguiendo el camino que la vida les deparaba.
           

                                                               Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Relato - El lobo solitario 1

Hubo una vez hace mucho tiempo, un lobo que siempre se sentía solo. Era un lobo normal y corriente, uno entre tantos. No había nada que lo diferenciara de los demás. Formaba parte de una gran manada, una familia que lo abrigaba en el frío invierno. Desde que era un cachorro conoció el calor de la manada, aún así el lobo se sentía solo.
            Cierto día el lobo decidió viajar, ver el mundo más allá del bosque donde vivía  con su manada, y así lo hizo. No emprendió el viaje sin más, pues tenía un motivo: quería buscar su lugar en el mundo, un lugar donde no se sintiera solo. Le gustaba el bosque, lo sentía tan suyo como sus propias patas, pero no era para él. Sabía que no sería fácil, que el camino sería duro y difícil, pero eso no lo detuvo, pues su convicción era fuerte y profunda como las raíces de los árboles del bosque.
            Viajó sin descanso durante dos días y dos noches, quería encontrar su nuevo hogar cuanto antes. Al amanecer del tercer día llegó a su primer destino. Era un paraje árido, yermo, sin vida. Solo había polvo y se extendía más allá de donde alcanzaba la vista, hacía mucho calor. El suelo estaba blando, no era tierra firme como la del bosque pero tampoco se hundía.
            « ¿Qué debería hacer ahora?»
            Dar la vuelta no era una opción, había tardado mucho en llegar hasta allí. Miró el terreno que se extendía ante él, la inmensidad que se extendía frente a él le asustaba. Solo podía ver el sol, brillando en el solitario cielo, aplacando aquel extraño lugar con su calor abrasador. El lobo dudaba, no sabía qué hacer ante aquel obstáculo.
            Mientras pensaba en una solución, vio una forma moverse a lo lejos. Cuando se acerco lo suficiente pudo distinguir su forma. Era un animal pequeño, le resultaba familiar. Se parecía a una cria de zorro, pero era más pequeño y su pelaje era del mismo color que aquel polvo que todo lo cubría. El pequeño animal lo vio y se paró en seco, alerta ante su presencia. Sus ojillos lo miraban con atención, tensos.
            —No tengas miedo —le dijo el lobo—. No voy a hacerte daño.
            El pequeño zorro se lo pensó un momento antes de acercarse. Visto de cerca era mucho más pequeño, parecía inofensivo. Dio una vuelta a su alrededor, mirándolo con atención. Sus ojillos lucían curiosos.
            — ¿Qué eres? —preguntó el animal.
            —Soy un lobo —respondió con orgullo.
            — ¿Un lobo? Pensaba que los de tu especie vivíais muy lejos, en los bosques del sur —el pequeño animal giró la cabeza, parecía confuso—. ¿Qué hace un lobo aquí? Estás muy lejos de tu hogar.
            —Viajo en busca de un nuevo lugar donde vivir —explicó el lobo. Sentía curiosidad por saber que era ese animal desconocido—. ¿Qué eres tú?
            —Soy un feneco, un zorro del desierto —respondió meneando la cola—. Los de mi especie vivimos en el desierto, este mar de arena que ves ante ti.
            — ¿Desierto? —preguntó el lobo extrañado. Miró hacia abajo y movió aquel polvo extraño—. Así que esto se llama arena.
            El feneco lo miró sorprendido, no sabía si le estaba gastando una broma o lo decía en serio.
            — ¿Nunca antes habías visto el desierto?
            —No, esta es la primera vez.
            —Ya veo —dijo el feneco. Miró al desierto y luego al lobo—. Te recomiendo que des media vuelta, el desierto es un lugar duro para vivir. He visto a animales más grandes que tú sucumbir en el desierto.
            El lobo lo miró molesto, le ofendía que un animal más pequeño que él lo tomará por débil.
            —Ninguno de ellos era un lobo —respondió airado—. Los lobos no somos débiles.
            —No se trata de si eres fuerte o no —dijo el feneco en tono apaciguador—. Mira delante de ti. Lo que ves es lo único que hay, en el desierto solo reinan el sol y la arena. No hay agua ni comida, además no todos los animales del desierto son tan amables como yo. Para un animal como tú, que no conoces los peligros del desierto, es el peor lugar para vivir.
            — ¿No hay agua? —preguntó el lobo sin creerlo.
            —Bueno, eso no es verdad del todo. Hay sitios llamados oasis, pequeños paraísos repartidos por el desierto, pero son difíciles de encontrar. Morirías antes de encontrar alguno.
            —No creo que sea un lugar tan duro si alguien tan pequeño puede sobrevivir —respondió el lobo molesto.
            —Yo soy un feneco, el desierto es mi hogar —dijo sonriente—. Márchate, el desierto no es lugar para ti.
            El lobo reconsideró las palabras del feneco. No tenía motivos para mentirle e ignorar su consejo sería una estupidez, además aquella extensión sin final llamada desierto lo intimidaba. Una vez más el lobo no sabía qué hacer, quizás el feneco pudiera ayudarle.
            —No puedo volver de donde vine —explicó el lobo angustiado—, necesito encontrar un nuevo hogar.
            —Hay un lugar que tal vez te interese —contestó el feneco—. He oído que al este hay una extensión enorme de agua, dicen que es incluso más grande que el desierto.
            — ¿Cómo llegó hasta allí?
            El feneco guardó silencio unos instantes. Miró al desierto y al lobo varias veces.
            —Atravesar el desierto sería lo más rápido, pero eso es imposible para ti. Vas a tener que bordearlo, es el camino más largo pero también el más fácil —giró la cabeza hacia el este—. Sigue hacia el este hasta que veas que cambia el paisaje, cuando veas el agua habrás llegado. Te deseo suerte en tu viaje, espero que encuentres un nuevo hogar.
            El feneco se dio la vuelta y volvió a internarse en el desierto. El lobo lo siguió con la vista hasta que se convirtió en un punto lejano en la distancia, apenas podía distinguirlo de la arena del desierto.
            Ya no tenía nada que hacer allí. Lobo siguió su camino con algo de resignación, corriendo lejos del desierto en busca de un nuevo hogar.
                                                                      

Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

sábado, 5 de diciembre de 2015

Relato - El hijo de la Libertad 2

La tormenta ya había pasado, los peligros que horas antes se cernían sobre ellos habían desaparecido. Los dioses se habían unido para que nada les pasase. Parecía mentira que apenas unas horas antes hubiesen estado a punto de morir, pero Davy Jones debía esperar un poco más.
Ahora el capitán estaba apoyado en los candeleros de su navío. A su alrededor sus hombres no dejaban de moverse, pero él no era capaz de hacer otra cosa que no fuese observar el mar.
La gente lo veía como una masa de agua, pero para él y para sus hombres era algo más. Llevaba años surcándolo, siempre acompañado por sus camaradas. Había dejado una vida de esclavitud social por la libertad del mar. El mar no era una mera masa de agua que se movía influido por las mareas, era la frontera que nunca se acaba, el camino que te lleva al destino más increíble que puedas encontrar.
Hacía años que había dejado atrás la desesperación, cuando su mundo no iba más allá de las fronteras de su ciudad. Y al salir al mar descubrió que el mundo era infinito, arrastrado por un vasto océano. En cada isla que había visitado apredió algo nuevo, le habían proporcionado conocimientos que son difíciles de comprender. Había visto animales que jamás habría llegado a imaginar, paisajes con los que únicamente podría haber soñado.
Pero lo que jamás se habría imaginado era la música del mar. Las olas cuando chocaban con el casco de su nave, las gaviotas cuando estaba cerca de la costa. A veces se trataba de una música tranquila, que sonaba calmadamente y le hacía olvidarse de sus problemas.
Pero en otras ocasiones, como horas antes, el mar le traía los sonidos violentos. Las olas de las tempestades, los truenos de las tormentas, el rugido de los cañones de aquellos que le perseguían por haber escogido vivir en libertad, sin rendir cuentas a nada ni nadie.
Poco importaba la música que sonaba a su alrededor. Si era tranquila la disfrutaría, si era violenta, también. Cuando escogió navegar bajo la negra sabia a lo que debía atenerse, sabía que le atacarían, sabía que le perseguirían, no en vano había hecho cosas que lo calificarían de monstruo.
Pero por suerte no navegaba solo, estaba rodeado de camaradas. Hombres libres que le habían escogido a él para que les guiase. Y en su libertad sabía que su única frontera la marcaba el horizonte, no le importaba que le deparase mas allá, no perdería su rumbo, la proa siempre apuntaría al frente, aunque los vientos soplasen en su contra. Si el horizonte les traía barcos enemigos los combatirían, si les traían grandes olas de tormenta, las montarían, nada se opondría a su libertad.
Durante su camino de libertad conoció la maldad, la traición. Conoció a aquellos que mancillaban la tierra y los mares, pero también conoció a las buenas personas, tanto libres como no, que se dedicaban a vivir, sin oponerse a nada, sin dañar a nadie. Tal vez él hubiese escogido el camino del crimen, pero respetaba a aquellos que a pesar de no ser libres vivían su vida tal y como querían, sin dejarse influenciar.
El no había sido capaz de hacerlo, no había soportado saber que jamás seria libre si se quedaba en tierra. Por eso se había lanzado al mar, porque buscaba su libertad, aunque estuviese marcada con una bandera negra. No dejo que la desesperación ahogara su esperanza, encontró a los marineros que se enfrentaron junto a él a las olas del destino.
Por eso era capaz de avanzar tan confiado, porque tenía a un centenar de rufianes a sus espaldas que le apoyaban, que le permitían mirar adelante sin tener que preocuparse de lo que dejaba atrás. Por eso no le preocupaban los mil peligros que le acechaban en el mar, pues juntos podrían derrotarlos.
Un nuevo destino se alzaba en su horizonte, mientras sus hombres reparaban los desperfectos del combate. Una gran isla se alzaba a lo largo del cielo ahora nocturno. ¿Sería un puerto seguro? ¿Sería un futuro objetivo? ¿Les aguardarían allí enemigos que buscaban darles caza? Poco le importaba, estaba frente a él, en su camino de libertad, por tanto iría hasta ella.
Poco le importaba si en ella le aguardaba la fortuna o la muerte, el castigo o la libertad. El había escogido un camino y debía seguirlo hasta el final.

José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

sábado, 28 de noviembre de 2015

Reflexión - Una gran experiencia

          Este sábado pasé por una de las mejores experiencias de mi vida, una a la que llevaba mucho tiempo queriendo ir y por fin tuve la oportunidad. Una compañera de clase me dijo que se realizaba una quedada friki este finde y no me lo pensé dos veces, le dije que si enseguida. Tuve que madrugar pero mereció la pena, ya lo creo que sí.
            Os lo contaré con lujo de detalles. Llegué a Jaén a las 9:15 de la mañana, a las 10 o así llegué al recinto de la quedada. Tuve que esperar un poco pero la gente de la asociación Oborus (así se llama, quizás la hayáis oído mencionar) era muy amable  y me sentí a gusto enseguida. Eso no es algo fácil para mí, si bien es cierto que soy una persona abierta también soy muy tímido (vaya contradicción); pero la cosas es que me sentí cómodo desde el primer momento.
            Lo primero que pensé al entrar fue que era una pasada. El recinto era enorme: había un gran número de mesas (al menos unas 7) repartidas por la sala, una de ellas estaba llena de juegos de mesa (la mayoría de rol, como debe ser); a la izquierda estaba el escenario con un juego shooter preparado, y antes de eso, el mostrador con los miembros de la asociación; en una de las esquinas estaban las consolas, desde la Wii U con el Súper Smash Bros Brawl hasta la PS3 con el Injustice (juego de peleas de los protagonistas de los comics DC: Batman, Superman, etc.), y por último la PS2 con un Star Wars versus. Si pensáis que esto era poco esperad a leer lo siguiente, he dejado lo mejor para el final.
            Al fondo habían preparado un espacio a parte, separado por cintas del resto de la sala. Ese era el cuadrilátero para el Softcombat. Nada más oír el nombre tuve curiosidad y me apunté, aunque para ser sincero Fátima ya me dijo en qué consistía. El Softcombat eran simulaciones de combates con espada, las que usamos las fabricaron los miembros de la asociación y estaban muy bien hechas la verdad, la hoja reforzada con cinta gris y la empuñadura con cinta negra. No se me dio especialmente bien, de hecho fui el peor pero lo bien que me lo pasé lo compensaba. Tener una espada (aunque fuese de mentira) en las manos fue una sensación nueva, me sentía como los personajes de alguna de las historias que he leído y me encantó la verdad; tanto que voy a ir a todas las quedadas especialmente por el Softcombat (por las demás actividades también). Por mencionar a algunos de los participantes diré que había dos especialmente buenos: Skyrim, al cual conocí nada más llegar, y Tanque, el mejor de todos con diferencia (aunque claro luego me enteré de que llevaba muchos años practicando esgrima y pensé: “con razón no le gana nadie”).
            El torneo de Softcombat no fue sólo combates de espada. El torneo tenía cuatro partes: combates individuales, llevar la jarra vikinga (pasar con la jarra encima del hacha mientras los demás tiraban cosas para tirarla), lanzamiento de hacha y combates por equipos. Siendo sinceros lo que mejor se me dio fue la prueba de la jarra, aunque no la supere por confiado (siempre me la tiraban casi al final del tramo) pero fastidié los intentos de dos o tres participantes. Todas las pruebas me gustaron, pero ninguna tanto como la espada (en el párrafo anterior ya expliqué el porqué).
            Hice un montón de cosas, pero si las mencionará todas podría llenar seis hojas fácilmente, por lo que me contendré. Lo siguiente que quiero destacar son los juegos de mesa a los que jugué: un juego de adivinar llamado “Black Stories” que consistía en que uno leía el acertijo y los demás tenían que hacer preguntas de sí o no hasta averiguarlo; Jenga, el clásico juego de la torre de piezas (si alguien no lo ha jugado se lo recomiendo encarecidamente, mola mucho); un juego de reflejos llamado “Atrapa al fantasma”, en el que había que atrapar un objeto concreto en función de la carta que salía; y por último Mushkim, un juego de cartas de rol en el que hay que llegar al nivel 10 y fastidiar al resto de jugadores para ser el primero. Me gustaron todos pero especialmente Jenga y Mushkim, el primero por la tensión después de quitar cada pieza y el segundo por lo bien que se me da.
            A las 19:00 empezó la subasta (y sí, fue la ostia). No pude participar por ser nuevo y no tener logros (los puntos que se consiguen por ganar torneos). Se subastó de todo, algunas cosas me interesaban y otras no tanto. Hubo un poco de todo, desde apuestas razonables hasta apuestas ridículas por objetos que en mi opinión no valían tanto. Fue divertido ver cómo se picaban, además ver la primera me ayudó a entender cómo funcionaban (así sabré qué hacer la próxima vez).
            Lo último que me queda por destacar es el Softarchery o tiro con arco. Tuve suerte de poder apuntarme, menos mal que mi amiga tenía que irse y me dio su plaza. Cuando vi el arco me asuste un poco, era bastante grande y pensé que no podría tensar la cuerda; pero las apariencias engañan y resultó ser muy fácil. Pude hacer nada menos que 16 lanzamientos, 4 de práctica y 12 que puntuaban, 6 de cerca y 6 de lejos. Los primeros 5 tiros fueron un desastre, si nunca habéis tirado con arco os daré un par de consejos: apuntad siempre más bajo de lo que pretendéis porque al soltar la cuerda la flecha suele alterar su dirección ligeramente hacia arriba; y tened en cuenta que cuanto más tenséis la cuerda más posibilidades hay de que se desvíe la flecha.
            Tuve que irme a las 20:30 para no perder el bus, pero me lo pasé genial. He pasado por muchas cosas nuevas pero esta fue una de las mejores, por eso la repetiré tanto como sea posible e iré a todas las quedadas. Para terminar dejaré la clásica pregunta, ¿cuál fue vuestra mejor experiencia y qué sentisteis al terminar?

                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

jueves, 26 de noviembre de 2015

Relato - La Guerra por la Naturaleza

Hace mucho, mucho tiempo, antes de que las historias se convirtieran en leyendas y las leyendas en mitos, los hombres convivían con criaturas increíbles. Cuando un humano paseaba por el bosque no era extraño que se encontrase con centauros, duendes y hadas. Faunos, minotauros, grifos y ninfas saludaban a los hombres dia tras dia.
Desde los mares las sirenas y desde los ríos las dríades les daban el agua necesaria para que sus cultivos creciesen fuertes y sanos, para que nada impidiese que los humanos sobreviviesen. Así fueron los años dorados del planeta, en los que hombres y criaturas convivían en paz y armonía, compartiendo el amor por la naturaleza y por la vida del planeta. Parecía que esta paz, esta tranquilidad, jamás acabaría, que nada podría acabar con el amor por la naturaleza.
Pero llego el “Progreso”, o al menos así lo llamaban los hombres. Necesitaban espacio, necesitaban recursos, y todo aquello que habían venerado les estorbaba. Ya no paseaban por los bosques, ahora los talaban. Necesitaban el espacio para nuevas fábricas, necesitaban la madera para sus máquinas. El progreso de los humanos, el retroceso del planeta.
Las praderas, los lugares que antaño habían rebosado de vida, que habían sido el centro del intercambio entre especies, ahora estaban muertos. Ciudades, al menos así lo llamaban los humanos. Habían construido sus ciudades acabando con la vida de las praderas, de las colinas y de los valles. Ahora todo era gris, ahora todo estaba muerto, y no podían tolerarlo.
Las criaturas del bosque, de los mares, del cielo y de las montañas no podían soportarlo más, no podían dejar que el hombre hiciese lo que quisiese. El mundo no era suyo, era de todos, y debía comprenderlo
Así comenzó la “Guerra por la Naturaleza”. Una sangrienta guerra que duro siglos, donde ambos bandos sufrieron las penalidades y la muerte. Pero por desgracia la capacidad inventiva de los humanos no conocía límites, más aun si se trataba de generar dolor y muerte. Pronto la magia se vio superada por las armas. Las criaturas no tenían nada que hacer. Habían perdido la batalla, habían perdido la guerra, por lo que únicamente pudieron hacer una cosa, desaparecer.
Pero mientras nosotros, con el tiempo pasado desde estos hechos, contamos las historias de esta época como cuentos de hadas, historias para que los niños se duerman y tengan bellos sueños, en determinados sitios sucede al revés.
En lo más profundo de los mares, en lo más frondoso de los bosques, en las más abruptas de las montañas, en lo más elevado del cielo, allí donde el hombre por suerte no se atreve a entrar, las historias que se cuentan son distintas.
Allí habitan los últimos resquicios de esas criaturas. Los pocos que los humanos dejaron con vida. Y ellos cuentan una historia diferente. Lo que los humanos llamaron la “Época del progreso”, ellos llama el comienzo del fin, los años oscuros. El fin del Mundo.
Porque mientras que los hombres, estúpidos en su inteligencia, piensan que todo lo que hacen beneficia al mundo, se equivocan. Lo que ellos piensan que beneficia al mundo en realidad únicamente les beneficia a ellos, pero en su maldita arrogancia, siempre han pensado que ellos son el mundo.
Lo que ellos han pensado que son el avance de la sociedad, es el retroceso de la vida. Pero por suerte ellos estas historias las consideran leyendas, pero estas leyendas son verdaderas.
Cuando veáis una valiente flor que se asoma en una esquina, un trozo de hierba que se abre pasó en una acera o a un poderoso árbol creciendo sin importar lo que les rodee, recordad que es parte de la lucha. Pues a pesar de vivir en el exilio estas criaturas siguen luchando por la naturaleza, y allí donde haya un abandono por parte de los humanos estarán ellos para hacer crecer la naturaleza.
Y yo no sé vosotros, pero por mi parte lo tengo muy claro. Donde haya una flor estaré yo evitando que la arranquen, pues la naturaleza es sabia, y allí donde la naturaleza se desarrolle, volverá la vida a este planeta que llamamos hogar.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Relato-Reflexión - El camino mas largo

Aquí estoy, mirando a mí alrededor.  ¿Qué me ha hecho llegar hasta aquí? No lo sé, tampoco me importa. Detrás mía veo el camino que ya he recorrido, en realidad pocos pasos desde que salí, pero algo he recorrido. Pocos pasos desde que me decidiese a adentrarme en el bosque que se abre ante mí.
A mis espaldas veo, más allá del camino que ya he recorrido, un llano tranquilo, sencillo, sin árboles que oculten nada,  solamente un extenso mar de verde hierba que se extiende más allá de mi vista.  Hay un camino que dejo a mi espalda, más que un camino es tierra aplastada, bien definido, pero he llegado a su límite.
Ahora, delante de mí no veo ese camino, ha desaparecido. Las facilidades han quedado atrás. Delante de mí hay otro camino, uno más inhóspito. La tierra esta revuelta, llena de ramas y de raíces. No es un camino amplio, más bien estrecho, los arboles no permiten que sea más ancho.
Bajo mis pies aún están los últimos rastros del camino sencillo, un solo paso más y me adentro en el bosque. ¿Qué voy a hacer? ¿Vuelvo a la seguridad de mi valle o sigo ese camino? ¿Me arriesgo con un paso adelante o me conformo con un paso atrás?
Avanzar o retroceder. Siempre es el mismo dilema. Decido que lo mejor es no pensar, dejarme llevar. Doy un primer y tímido paso, el miedo se apodera de mí, no sé qué me puedo encontrar más allá. De pronto estoy caminando, tal vez no siempre con pasos seguros, pero siempre hacia delante.
Una rama traicionera se cruza en mi camino, me tropiezo. Me duele todo el cuerpo después de la caída. ¿Qué hago? Aún estoy a tiempo de darme la vuelta, o simplemente de quedarme ahí tirado ¿Por qué iba a arriesgarme a volver a caerme? Pero otra vez prefiero dejarme llevar. Me levanto, sé que me volveré a caer, siempre habrá una rama o una piedra que me intente derribar. Pero ¿Qué más da? Si me he levantado una vez me puedo volver a levantar cien.
De pronto me detengo ¿Qué es ese olor? Estaba tan concentrado recorriendo mi camino que no me he atrevido a vivirlo. En ningún momento me he detenido, no he parado a disfrutar. No he mirado a mí alrededor. No he visto el paisaje que me rodea.
A mí alrededor veo el marrón de los árboles, el verde de las hojas y de la hierba, cientos de tonos de verde. Pero no solo hojas verdes, también veo rojas y amarillas ¿Acaso es otoño? No puede ser, en algunos árboles también puedo ver que están florecidos ¿Entonces es primavera?
Tampoco puede ser, sobre mi veo el cielo azul, un precioso azul que me incita a soñar. Pero a lo lejos también veo el blanco de la nieve, pero no puede ser porque yo lo que siento es calor. Entonces ¿en mi camino se mezclan todas las estaciones? A cada paso que daba un nuevo paisaje se veía. ¿Y si en vez de mezclarse todo simplemente el tiempo pasaba rápidamente?
Debo de haberme parado en primavera, porque a mí alrededor únicamente veo flores.  Me agacho y cojo una flor blanca, un precioso lirio cuyo aroma atrae mis sentidos. No puedo dejar de apreciar su belleza, puede que no dure demasiado, pero quiero llevarla conmigo, tener para siempre el recuerdo de que, aunque peligroso, aunque me de miedo, mi camino siempre me deja recuerdos preciosos.
Con mi lirio enganchado en mi camiseta sigo caminando, siempre oliendo el sutil aroma de mi flor que me incita a seguir adelante. Aunque ahora no voy tan rápido, ahora me paro más a menudo, recojo más flores y las engancho allí donde puedo. Me paro y disfruto del paisaje, pues nunca es el mismo, a cada paso que doy sigue cambiando.
El camino se ensancha, cada vez veo un poco más de luz. ¿Habré llegado al final del camino? Cuando llego me doy cuenta de que no, no es el final, solamente un descanso, solamente un claro. Puede que haya recorrido la mayor parte, o solamente el principio. Puede que haya recorrido un kilómetro, o solamente una decena de metros. Ya me da igual, nada va a cambiar el hecho de que estoy decidido a seguir adelante, pase lo que pase.
Ese es mi caro, está en mi camino, es un descanso, un momento en el que lo veo todo más claro. Es mi claro, es mi momento, estoy solo en él, pero no por mucho tiempo.
De repente no estoy solo, en el claro aparece otra figura, una figura femenina. Ambos nos miramos, no sabemos qué hacer en realidad. Tengo miedo, no sé qué hacer. Al final me decido, me acerco a ella. No sé qué hacer, no sé qué decir, sin más le ofrezco mis flores, los recuerdos que he ido recogiendo durante todo el camino, porque comprendo que lo que me ha llevado a recogerlos no ha sido las ganas de tenerlos para mí, sino de compartirlos con alguien.
Al verla se lo que quiero, me da igual que haya recorrido una pequeña porción o gran parte del camino,  da igual que ese claro sea un simple descanso. Ahora tengo claro que en ese viaje llamado vida, el viaje más largo por el camino más desconocido, quiero que ella sea mi acompañante. Quiero que de la mano recorramos paso tras paso hasta llegar a nuestro destino. Juntos.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

viernes, 20 de noviembre de 2015

Reflexión - El desinterés general por la Búsqueda del conocimiento

        Esta vez vengo a hablaros de algo que me ha pasado recientemente, esta mañana sin ir más lejos. Hoy asistí a una conferencia organizada por el departamento de Lengua Española. En dicha conferencia se ha hablado de “el lado positivo de la prefijación negativa”, un tema bastante interesante y que el conferenciante plasmó con exactitud en el plazo de una hora y media.
            Hasta aquí todo bien. El problema, así como el motivo, por el que escribo esto es lo que ha pasado en la conferencia. Varios alumnos, por no decir muchos, se han dedicado a hablar sin parar durante la conferencia. Esto no es solo una falta de respeto por los que hemos asistido porque nos interesa el tema, también es un comportamiento inaceptable hacia el profesor que la impartió. El conferenciante, David Serrano-Dolader, vino expresamente desde Zaragoza con el único objetivo de ayudarnos a aprender; y además de eso nos proporcionó unos apuntes valiosos, que si bien son cortos, van a sernos de mucha ayuda a mis compañeros y a mí.
            Lo que acabo de contar es solo un ejemplo de tantos, pues en la sociedad actual te puedes encontrar casos parecidos cada día. Me toca mucho las narices que siempre haya personas que asisten a eventos sin interés ninguno, que van únicamente por obligación y no hacen más que molestar a los realmente interesados en aprender. Si de por sí ya estaba molesto la guinda del pastel me la ha encontrado al salir. Nada más terminar la conferencia he oído comentarios como “por fin se ha acabado”, “que coñazo” y similares.
            Puedo tolerar con cierta dificultad lo primero, pero que se desprestigie las buenas intenciones y el saber de un profesor no, eso sí que no lo puedo pasar por alto. No entiendo de qué demonios se quejan. No ha sido una de esas conferencias que se pueden hacer pesadas, más bien fue amena y entretenida. El profesor sabía muy bien cómo abordar el tema, supo explicar los prefijos negativos y al mismo tiempo soltar alguna que otra broma, lo que hizo la conferencia divertida en parte.
            Hoy no he venido a hablaros de lo cabreado que he salido de la conferencia. No, van por ahí los tiros, pero no es eso. En mi modesta opinión quiero hablaros de uno de los mayores errores que comete la sociedad: “el desinterés general por aprender”. No es ningún secreto que a los jóvenes ahora les importan cosas banales, inútiles, fútiles. Entre sus favoritas están salir de fiesta, ser populares y como no, la telebasura. No digo que querer divertirse este mal, pues a todo el mundo le gusta divertirse de vez en cuando y de hecho es algo normal. Lo que critico es que a la inmensa mayoría es lo ÚNICO que le importa. Es muy triste que cada vez haya menos personas cultas, que disfruten de una buena lectura, que tengan ansias de conocimiento. Este problema no es solo de la juventud, pues obviamente los jóvenes crecen y se convierten en adultos.
            Me estoy yendo por las ramas. En pocas palabras ahora, en este momento, critico abiertamente la falta de interés general de la población, que no se sepa agradecer las buenas intenciones de profesores honrados como David Serrano-Dolader. Pues esto, señoras y señores, lo veo diariamente y, sinceramente, cada día agradezco más a todos aquellos que escapan de la ignorancia y buscan el conocimiento en cualquiera de sus formas.
            Para terminar me gustaría preguntaros vuestra opinión, ¿qué opináis de esto?

                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Relato-reflexión - Al Borde del Abismo

No veo nada. No sé dónde estoy, pero siento frio. Todo está oscuro, la oscuridad es tan profunda que devora todo a mí alrededor.
            ¿Cómo he llegado aquí? Intento recordar, pero mi mente está embotada. Me cuesta oír y respirar, como si estuviera inmerso en aguas oscuras, como si la nada hubiera devorado todo cuanto conozco. ¿Estaré muerto? No lo sé.
            Llevo tanto tiempo en este vacío que he perdido la consciencia del tiempo y la realidad. Solo estamos yo y el silencio, no hay nadie más.
            Noto un cambio, apenas perceptible pero está ahí. No es un sonido ni una luz, tampoco una presencia. Solo siento la certeza de que algo  está por ocurrir y ando en las sombras. No hay nada bajo mis pies, pero debo confiar en que no caeré. Solo puedo seguir adelante sin más.
            De repente choco contra algo, no sé lo que es pero ya no puedo ir más allá. Toco con las manos lo que me detiene, pero no logro identificarlo. No es frio ni caliente, ni áspero ni rugoso. Es una sensación extraña, sé que hay algo pero no me transmite nada al tacto.
            « ¿Por qué estoy aquí?» me preguntó una vez más
            La misma pregunta de siempre sin respuesta. Es frustrante no saber nada, si al menos supiera el motivo… De repente noto algo nuevo, algo que me es familiar. Es duro, frio. Palpo con mis manos buscando una pista, entonces toco algo redondo.
            « ¿Una puerta? » pienso al instante  «¿Qué hace aquí una puerta?»
            No lo sé, tampoco me importa demasiado pero quiero atravesarla. Giro el pomo, entonces esta desaparece. Asustado, lo busco a tientas en la oscuridad pero no está. Se ha ido pero no tiene sentido, las puertas no se desvanecen por arte de magia. Esperó un cambio. Pasan los minutos, pero no pasa nada. ¿Lo habré imaginado? No lo creo, siempre tuve imaginación pero no tanta como para imaginar una puerta sin verla antes.
            Entonces sucedió un cambio radical e inesperado. Donde antes solo había negrura la luz hizo su reino, tanta era la luminosidad que tuve que cerrar los ojos para no quedar ciego. Aun así la luz dañó mi vista, tarde unos segundos en volver a ver. Me sorprendí al ver cuánto me rodeaba.
            Antes todo era oscuridad, un negro tan insondable como un abismo sin final; en cambio ahora solo había un blanco impoluto, todo y a la vez nada. Si pensaba que me hallaba en un vacío ahora me quedó claro del todo. Ahora no tenía duda alguna, estaba solo en aquel espacio blanco que se extendía en todas las direcciones.
            Di un paso, el sonido resonó por todo aquel espacio. Definitivamente no entendía nada: primero una oscuridad en la que no había nada, ni siquiera sonido; y ahora una luminosidad donde hasta el más mínimo movimiento reverberaba como el tañido de una campana.
            « ¿Dónde estoy? »
            Una vez más no tenía la respuesta y de nuevo la única opción era avanzar. No había diferencia respecto  a unos instantes antes, podía ver por dónde iba pero seguía perdido. Era imposible orientarse en aquel blanco infinito, no tenía forma de saber en qué dirección iba. Ni siquiera sabía si aquello tenía sentido, ¿serviría de algo caminar sin rumbo?
            Entonces caí en la cuenta. Cuando estaba en la oscuridad había querido saber porque estaba aquí, poco después apareció la puerta. Quizás no fue causalidad, valía la pena intentarlo.
            «Quiero una salida»  me sentí estúpido pensando aquello, pero tampoco es que aquel lugar tuviera mucha lógica.
            Silencio. No pasó nada. Me lo esperaba, las cosas no eran tan fáciles. La vida en sí misma no lo es. Me quedé donde estaba, no tenía sentido moverme.
            Oí algo, un sonido débil pero no tenía duda de que había oído algo. Miré por todos lados en busca de la fuente de aquel ruido, pero solo veía blanco por todas partes. No lo había imaginado, estaba seguro de que oí un ruido. Me esforcé en encontrar lo que fuera que había hecho aquel sonido, tenía que estar por alguna parte. Solo tenía que encontrarlo.
            Vi algo, pero no estaba seguro de que en verdad fuera algo. Un punto negro, minúsculo, casi imperceptible a simple vista. Estuve a punto de pasarlo por alto. Era tan pequeño que era difícil no perderlo de vista.
            Caminé hacía aquel pequeño resquicio negro sin apartar la mirada ni un instante, no parpadeaba por miedo a perderlo de vista. No sé cuánto rato camine, pero sin duda estaba lejos. Cuando por fin lo alcancé estaba fatigado, no cabía en mí del asombro al ver el objeto.
            El punto resultó ser un cuadrado suspendido en el aire. Desentonaba como una mancha en una camisa, como un charco en medio de la calle, como una piedra rodeada de perlas. Simplemente estaba ahí, frente a mis ojos, clavado en el aire. Toqué alrededor del cuadrado pero no había nada, estaba sorprendido. Pensé que sería algo parecido a la puerta pero sabía que no era así, lo habría visto si ese fuera el caso.
            « ¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? ¿Cogerlo? ¿Pulsarlo?» estaba confuso cuanto menos, incluso ofuscado.
            Dudé un momento antes de atreverme a tocarlo. Acerqué la mano con vacilación, pues no sabía lo que podía ocurrir. Mi mano atravesó el cuadrado, entonces algo nuevo ocurrió. Retrocedí receloso al ver que crecía hasta adoptar una nueva forma, una que era muy familiar: una puerta. No podía ser casualidad, que de todos los objetos lo que antes era un cuadrado se hubiese convertido en una puerta negra.
            Era extraña, no tenía picaporte. Veía oscuridad más allá. No, había algo más. Podía ver luz al fondo, apenas una chispa brillante pero ahí estaba, esperando a que cruzase. Di un paso al frente. Sin saber cómo ya estaba dentro, entonces igual que paso la vez anterior desapareció. De nuevo estaba rodeado por la oscuridad, pero había algo distinto esta vez. Podía ver luz brillando al fondo, el mensaje era claro: tenía que ir hacia la luz.
            A medida que me acercaba la luz era cada vez más grande, pero no más que la oscuridad que me rodeaba. Cuanto más me aproximaba mayor era la luz, pronto entendí que no se trataba de eso. Era una imagen nítida en una gran pantalla, tuve la sensación de estar en una sala de cine. Como si me hubiera leído el pensamiento, la imagen comenzó a moverse igual que si fuera una película.
            Vi la escena varias veces, aún así no podía creerlo. El chico que salía en la pantalla era yo y aquella escena era una parte de mi vida, pero no podía ser verdad. Repetía lo mismo una y otra vez y siempre terminaba igual: estaba jugando en un parque con mi mejor amigo, discutimos y salía de mal humor del parque, entonces un coche pasó corriendo y…
            De repente lo recordé todo. Lo que la pantalla me mostraba no era una ilusión, había pasado de verdad. Eso significaba…
            « ¿Estoy muerto?»
            No lo sabía y no había forma de que tuviera respuesta para eso. La escena se repitió una vez más y entonces la pantalla se apagó. Volví a quedarme en la oscuridad pero no por mucho tiempo.
            Oí el ruido de dos puertas abriéndose. Frente a mí apareció la primera, emanando una luz intensa que desterraba las sombras a su alrededor. A mi espalda surgió la segunda, una luz débil brillaba al fondo como un fuego titilante en la oscuridad.
            Estaba confuso y asustado, no sabía que puerta debía tomar. Ambas tenían luz, una más débil y otra más intensa, ¿pero cuál sería la correcta? Entonces ocurrió algo que fue decisivo para mi elección. Oí una voz que me llamaba a mi espalda, una voz tan familiar que podría haberla reconocido en cualquier parte.
            No había duda posible, seguí a la voz y atravesé la puerta de la débil luz. Mientras la atravesaba entendí una cosa, el mensaje que aquel lugar quería trasmitirme,  algo que debí entender hace mucho tiempo: La vida siempre da segundas oportunidades.


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

jueves, 12 de noviembre de 2015

Reflexión - Sistema (Des)educativo

Hace varias semanas, probablemente haya pasado más de un mes, me encontré por Twitter varios tweets en los que un Cactus se quejaba de la educación que había hoy dia. Esos tweets me hicieron pensar, no en ese tema porque llevo mucho tiempo con las mismas quejas, pero si en contaros a vosotros mi verdadera opinión.
La verdad es que este es un tema del que no et das cuenta hasta que te quieres dar cuenta. Cuando estamos en el colegio, en el instituto o incluso en el bachillerato no nos paramos a pensar de si nuestro sistema educativo es mejor o peor, solo pensamos que tenemos que estudiar, sacar las mejores notas y no darle vueltas a las cosas. Y ese es un gran error.
Porque en realidad este sistema educativo es de todo, menos educativo. Porque el sistema que nos imponen, o mejor dicho que dejamos que nos impongan, no llega a educarnos en ningún momento.
Y los exámenes no son más que un método más para afianzar este pensamiento. ¿Por qué no en vez de hacernos exámenes no nos dejan debatir? En asignaturas que sean apropiadas para ello, obviamente. Porque los exámenes son, como suelo decir a mis compañeros, “Vomitar la información en un folio” y después, olvidar lo aprendido. Pero lo comprendido, eso señores queda para siempre.
No solo se trata de un sistema obsoleto, sino injusto. En el momento en el que la memoria es más importante que el conocimiento nos arriesgamos a que las mejores notas no sean siempre de los mejores alumnos, ni de los más listos. Y no porque los que aprendan de memoria los datos y la información no la merezcan, sino que porque si todo el conocimiento de una persona se mide en base a un examen nos arriesgamos a que un alumno tenga la oportunidad de copiarse, de usar chuletas o dar un cambiazo y así aprobar.
Porque si, hoy dia lo más importante es aprobar y no aprender. Porque nos hemos olvidado que las notas son solo un número, una forma de cuantificar nuestro conocimiento, pero no la forma perfecta. Una persona puede ser la más inteligente del mundo, pero no somos maquinas. Todos podemos tener buenos y malos días, días en los que no podemos concentrarnos, y, por tanto, días en los que no podemos dar lo máximo de nosotros mismos. Lo que terminaría reflejado en las notas.
Yo, como estudiante de Geografía e Historia, aunque más orientado a esta última, me he encontrado de todo. Mejores y peores profesores, más implicados o menos, de una ideología o de otra. Y el problema es que con estos profesores, sobre todo con los últimos, no podía ser yo mismo. Debía ser una construcción de mí que coincidiese con la ideología que profesaba, o al menos era así.
Y esta educación no puede ser la más acertada si yo, en mi caso de historiador, me quiero dedicar a una profesión que es una de las salidas de mi carrera y quiero conseguir el conocimiento para ejercerla tengo que hacerlo por mi cuenta, no se me ponen los medios para alcanzar ese conocimiento o la experiencia. A no ser que sean casos muy puntuales, que por suerte me los he encontrado.
Porque, por desgracia, mi carrera, una carrera que debería ser de comprensión aparte de memorización, no la podemos orientar a lo que queramos. Es una carrera que, si ya de por si tiene pocas salidas, la orientan únicamente a una, la educación. Porque los que la crearon no quieren que de aquí salga gente con la capacidad de razonar sino de memorizar, para que cuando terminemos, y si aprobamos nuestras oposiciones, podamos trasmitir este conocimiento a otra gente, pero solo el conocimiento, no la capacidad de raciocinio. Y los que consiguen esa capacidad es por lo que lo hacen por su cuenta.
Pero que podemos esperar de un sistema educativo que pretende quitar una de las pocas asignaturas que te incitan a pensar como es la filosofía, que sí, yo cuando estaba en el instituto también la odiaba, pero después me he dado cuenta de la importancia que tiene, y pretenden crear un FP de barbarie, tortura y brutalidad, como es el FP de tauromaquia. O acabar con la imaginación de los niños en pos del “Conocimiento”.
Señores, recordad que el sistema educativo no intenta crear ciudadanos, sino robots que no sean capaces de cuestionarse nada.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

lunes, 9 de noviembre de 2015

Reflexión - Uno más

Hay veces en las que me siento especial, pues no hay otra persona igual a mí. Si, puede que haya muchos otros con mi nombre; pero ninguno será como yo. No pienso que escribir me convierta en alguien mejor, aunque sí es cierto que pocos conozco que quieran dedicarse a esto y merecen mi respeto por ello.
            A decir verdad, no hay dos escritores iguales. Si juntases a veinte escritores en una misma sala difícilmente todos escribirían sobre lo mismo; es más, sería una increíble coincidencia que dos de ellos coincidiesen. Incluso entre los escritores de un mismo género (la novela por ejemplo) hay otro elemento diferenciador: la temática, un amplio abanico de oportunidades sobre las que escribir. Terror, aventuras, fantasía, misterio; y esos sólo son unos pocos.
            Dejando eso a un lado y en el caso de que haya dos escritores que escriban sobre el mismo tema (por ejemplo el fin del mundo), ¿eso los hace iguales? No, ni mucho menos. A pesar de escribir sobre un tema común sus historias serán diferentes, pues cada uno tendrá un estilo propio que lo caracterice. Por eso es casi imposible leer dos historias iguales, quizás parecidas o similares, pero nunca iguales.
            No hay que olvidar el encanto del escritor, esa magia única que caracteriza cada obra de cada autor y que solo quienes disfrutan de la lectura comprenderán; pero eso no significa que puedan entenderla. Es complicado pero me usaré a mi mismo como ejemplo. Yo disfrutó de una lectura como el que más, puedo imaginar la historia en mi cabeza y darle vida cada vez que la lea pero eso es todo. Podría intentar leer una historia miles de veces y aún así habría cosas que no podría explicar, pues el único que conoce todos los secretos de su historia es el mismo que la escribió.
            ¿Por qué he titulado “uno más” a esta breve reflexión y no algo así como “la diferencia entre leer y escribir”? No es otra cosa que una referencia a mí mismo que escribo estas palabras, pues ahora mismo solo soy eso, uno más.
            Dejad que me explique: con todo eso no quiero decir que soy una persona más, tampoco que sea solo otro lector. No, a lo que me refiero es que a ahora, en este preciso momento, solo soy un soñador, un aspirante más a convertirme en aquello que admiro: un escritor. Puedo tratar de engañarme a mí mismo pero prefiero ser sincero y decirme la verdad, pues aún es pronto para estar tranquilo.
            Tengo ideas sí, también tengo la convicción y las ganas de escribir; pero como todo en esta vida todavía me queda un largo camino por recorrer hasta alcanzar mi meta.
Esta es una carrera por alcanzar mi sueño pero hay muchos más que quieren lograr lo mismo que yo, eso es lo que lo hace interesante. Ojo, no quiero decir que sea mejor que otros aspirantes a escritor, no me malinterpretéis. Ante todo quiero que la gente disfrute de mis historias, nada me haría más feliz la verdad.
            Hasta que llegue ese día en que publique, soy solo uno más entre todos aquellos que queremos ser escritores, y por tanto, solo seré distinto cuando logre mi cometido. ¿Sabéis donde está la gracia de todo esto? Aun cuando consiga ser escritor, aun cuando publique, no tendré el cielo asegurado pero merece la pena intentarlo.


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)