sábado, 8 de agosto de 2015

Relato-Reflexión - Tu Alas

La primera luz del alba golpea mis parpados, haciendo que lentamente se abran. Miro a mi alrededor, las ramas de mi árbol me ocultan la mayor parte de la vista, pero el cielo está azul oscuro y el sol naranja rojizo. Meneo mi cabeza y mis plumas se mueven al son que les marco.
Pronto me llega el sonido del trinar de mis amigos. Al principio una tímida garganta deja ver su potencia, después dos, y al momento docenas de picos se abren para saludar a la mañana con una dulce canción. Cada trinar era diferente al anterior, pues no había dos picos iguales cantando esta mañana. 
Abro mis alas a la mañana, estiro mis finas patas despertándolas tras la noche de sueño, abro mi pico y dejo escapar mi voz para saludar a las nubes. El sol por fin se alza en lo alto del cielo, ya no era naranja, ni siquiera rojizo, ahora es una luz blanca intensa que no puedo mirar directamente. El cielo está azul claro, con alguna blanca nube viajando por su inmensidad.
Pero pronto me llega otro sonido, un murmullo suave, tenue, del viento viajando entre las hojas de mi árbol. Ya ha llegado mi momento, es el momento de abrir mis alas y viajar por mi mundo.
Me acerco al límite de mi nido, desde aquí miro la inmensa distancia que me separa del suelo, y me dejo caer. Abro mis alas y siento el viento empujándome, me dejo llevar por él. Estoy a punto de caer, sera mejor que las bata suavemente para impulsarme hacia el cielo.
Y he aquí mi libertad, el viento golpeando mi pequeño cuerpo, mis plumas moviéndose al son que las ráfagas de viento le marcan. No existe nada más que yo, no hay nada que se interponga entre la libertad y yo. Mire a donde mire no encuentro nada que me pueda obstaculizar en mi vuelo.
Miro al suelo y los veo, a los humanos. Pobres, a todos lados van con prisas, se meten en esas bestias de metal que los llevan rápidamente a su destino. Sus prisas no les permiten admirar la belleza del día en el que viven, no dejan que la luz del sol de la mañana les toque su piel ni ilumine sus ojos, no se toman un segundo para admirar las formas de las nubes.
Me dan pena, pues están en el mundo pero no viven en él. No son capaces de disfrutar ni un instante de la belleza que les rodea. No se paran para sentir el viento en su piel.
Me dan pena pues, pese a vagar por el mundo, no son capaces de vivir en él. Pese a tener todos los medios no son capaces de ser libres, no son capaces de sentir la libertad que tienen desde el momento en el que nacen, prefieren encadenarse a labores que les roban el tiempo y la vida, pues no tienen el valor suficiente de volar libres como el viento.


José Carlos Ortega Diez (@Orteguilla25)

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