miércoles, 30 de septiembre de 2015

Reflexión - Miedo a las nuevas experiencias

La verdad, hoy os iba a traer otro tema, un tema mas amplio, pero el hecho es que mientras lo escribía salio a coalición este tema, y aunque lo quería añadir dentro del otro me he dado cuenta que tenia tantas ganas de hablar sobre ello que le quitaría protagonismo a lo demás, así que mejor lo trato por separado.
Hoy vengo a hablaros de las nuevas experiencias, y es un tema que tratare por mi propia experiencia, válgame la redundancia. Y concretamente os quiero hablar de esas experiencias que antes de realizarlas no sabes si te gustaran, ya sea algún deporte, algún trabajo, algún curso, alguna materia o incluso escuchar un determinado tipo de música.
El problema que tenemos la mayoría de seres humanos es que a lo largo de los años se nos ha creado una burbuja alrededor. Un campo de fuerza que utilizamos para mantener alejado a todo aquello que no estamos seguros de si nos gustara, y por tanto no nos atrevemos a probar. Por ello nos mantenemos siempre alerta de cualquier cosa que creamos que puede romper esa burbuja, para mantenerla alejados de nosotros y asi no perder nuestra zona de seguridad. Y sinceramente, en mis pocos años de experiencia, me he dado cuenta de que ese es el mayor problema que puedes cometer.
Porque si no permites que nada mas entre en tu burbuja ¿Cómo vas a determinar tus gustos? Si no pruebas cosas nuevas no eres capaz de encontrarte a ti mismo, de crear tu propia identidad con las cosas que a ti te gusten, no las que han establecido que te deberían gustar. Y es que somos tan dependientes de las cosas que nos han enseñado que nos debería gustar que no solo no queremos acercarnos a las cosas nuevas, sino que nos asusta que entren en nuestra zona de seguridad.
Si sois amigos míos en Facebook hace un tiempo habréis leído sobre esto, sobre los miedos y como superando estos miedos podréis llegar a las mejores sensaciones de la vida. Experiencias que empiezas asustado por no saber si te gustaran o como reaccionaras ante ellas pero terminas deseando uqe no acaben nunca. Pero que mejor manera de explicar todo esto que poniéndoos ejemplos.
En primer lugar me gustaría hablaros de la música. Muchos de los que me conocéis sabeis que una de mis pasiones, aparte de la lectura y la escritura, es el carnaval. ¿Qué pensaríais si os dijese que antes no solo no me gustaba sino que no le veía sentido? Creía que era un estilo de música carente de sentido, que no me aportaría nada nuevo, aunque era demasiado joven cuando pensaba eso y ahora me alegro de estar equivocado. Corría el año 2006 y yo escuche una chirigota, pero no de pasada, sino que la escuche a conciencia, El Sheriff nos trajo ese año “Los Aguafiestas”, y esos guardias civiles me abrieron los ojos, me mostraron un mundo nuevo que se abria ante mi. Porque con el carnaval no solo he conocido un nuevo estilo de música, sino que he conseguido mucho mas, he conocido gente maravillosa, que aunque a alguien aun no conozca en persona es parte ya de mi familia, también he pasado momentos grandiosos, noches sin dormir para escucharlo todo. He vivido como una de esas personas a las que oía cantar con el corazón en un puño y los pelos como escarpias me decía “Illo loco “Los Inmortales” que bastinazo de disfraz picha, anda vamos a hacernos una foto”. He reido, he llorado, en definitiva, he sentido, y todo gracias a dejar de lado mi burbuja y dejar que entrase algo nuevo.
O, también dentro de la música, me parecía inconcebible para mi escuchar el rock nacional, el máximo de rock que yo escuchaba era Queen, hasta que yendo en el coche con una amiga puso un grupo que a ella le apasionaba, así conocí a Marea, y ahora mismo no paro de escuchar su música
Pero no solo me ha pasado con eso, os pondré dos ejemplos mas antes de despedirme:
Primero de un curso. Este verano, me fui a Madrid con un amigo, a un curso de Inmersión en la Lengua Inglesa por la UIMP (Por cierto se lo recomiendo a cualquiera que pueda hacerlo) y puedo decir que no solo estaba asustado, estaba aterrorizado. Si a mis 20 años aterrorizado, porque esa semana seria el mayor tiempo que me pasaría viviendo en un sitio lejos de algún familiar, y la verdad, me lo pase como un niño chico. El miedo desapareció el primer día, cuando uno de los que serian mis futuros compañeros dijo de ir a tomarnos algo, y que gran elección tome al decidir romper la burbuja y dejar entrar esa experiencia. He pasado momentos buenos, y momentos mejores, he conocido gente maravillosa, he conseguido aprender ingles, no solo aprenderlo sino mantener conversaciones largas con gente y sobre temas que nunca creía que iba a hablar en ingles, como la Historia, otra de mis pasiones. Pero lo mejor de todo fue que, por romper mi burbuja, consegui acercarme a gente nueva, conseguí atreverme a conocerlos y conseguí pasármelo tan bien que hasta fui a la discoteca, y creedme, yo nunca voy a las discotecas.
El otro es un trabajo. Bueno no puedo considerarlo como trabajo porque en realidad fue un voluntariado, no cobraba por ello, pero me permitió decidirme sobre aquello a lo que me quería dedicar. Para que me podáis entender os diré que estudio Geografía e Historia, y pese a lo que pueda parecer en mi universidad solo lo orientan a la enseñanza, a ninguna otra salida. Pero yo se que enseñando no soy de los mejores por mi falta de experiencia. Me entere que había un voluntariado en un yacimiento arqueológico cercano a mi pueblo, pero el primer año, por miedo, decidí no apuntarme. Al segundo año fue mi madre la que me apunto, y yo fui con miedo el primer día, creyendo que no me terminaría gustando. Solo conocía a una persona de las mas de cuarenta que había, pero la final del día había tomado una decisión, volvería todos los días durante el verano, y así lo hice, incluso días que había feria y solo estaban los arqueólogos. Gracias a que, esta vez por obligación, tuve que superar ese miedo que me embargaba he descubierto una profesión a la que me quiero dedicar, he conocido gente maravillosa, he descubierto que si trabajas duro no solo te ganas la confianza de la gente, sino que consigues “ascender”, puesto que, aunque seguía siendo voluntario, en mi segundo año, durante el poco tiempo que pude estar, yo no era un voluntario mas, trabajaba haciendo lo mismo que los arqueólogos, junto con unos pocos voluntarios mas que se habían ganado la confianza, y ha sido una de las mejores experiencias de mi vida, que como os digo, empezó con miedo.
Esto ya se esta alargando demasiado, la verdad, asi que para terminar os dejare un consejo. Asustaos ante las nuevas experiencias, hacedlo, de verdad, y reconoced que estáis asustados. Pero no os limitéis a asustaros y decidid ir mas allá, probad aquellas experiencias que os asustan, dadle oportunidades a aquello que creéis que no os gustara, haced esto en mayor o menor medida y probablemente descubráis cosas nuevas que se convertirán en vuestras pasiones.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

jueves, 24 de septiembre de 2015

Reflexion - La magia de los escritores

Todos hemos oído hablar de la magia alguna vez, un recurso ampliamente utilizado en las historias fantásticas. No hablo de los trucos realizados por aquellos llamados magos, pues son solo trucos que requieren habilidad y tienen explicación. No, de lo que yo hablo es de la magia con la que todo el mundo ha soñado alguna vez.
            Las grandes historias tienen su propia magia, cada palabra, cada página tiene ese pequeño toque que hace que sea única y especial. Detrás de cada libro hay un escritor, alguien digno de respeto y elogio que ha dado forma no solo a una historia, sino a todo un mundo literario.
            Hoy vengo a hablaros de lo que significa ser escritor para mí, lo que siento cada vez que mi vena literaria sale a la luz y me lleva a escribir, con ello también vengo a hablaros de algo que muy pocos entienden, eso que solo aquellos que amamos la literatura por encima de todo somos capaces de ver.
            Existen muchas profesiones, cada una maestra de su especialidad. Los escritores no son meros funcionarios, hay insensatos que desprestigian su labor. Es cierto que un escritor no puede salvar vidas como un médico, ni construir edificios como un arquitecto. Sin embargo hay que algo que nadie salvo un escritor puede hacer: emocionar a todo aquel que lea su obra.
            Pensadlo, ¿qué sería de la vida sin historias que nos hicieran reír o llorar? Es algo que gracias a Dios nunca sabré, pues tenemos grandes personas capaces de crear vida. Sí, habéis leído bien, vida. Una historia no es solo un montón de páginas escritas y encuadernadas para su lectura, es mucho más que eso, pues cada uno contiene un mundo que cobra vida cada vez que alguien abre sus páginas y se sumerge en el placer la lectura.
            Siempre he admirado a los escritores, incontables son las veces que me he sumergido en mundos fantásticos de los que me hubiera gustado ser parte. No nombraré ninguno de ellos, pues ese no es el tema de la reflexión pero todos hemos soñado alguna vez con viajar al mundo de nuestro libro favorito.
            En cierto modo un escritor es muchas cosas: un dios creador de mundos que sólo él conoce como nadie, un padre que ha visto nacer una historia y la cuida con fervor hasta que esté preparada para que el mundo la conozco, incluso un genio, pues no todos son capaces de escribir.
            También tienen cualidades admirables: son emprendedores, pues empiezan una labor cuyo final ni siquiera imaginan, son valientes, ya que se aventuran a un viaje por tierras desconocidas, y ante todo son generosos, pues comparten su creación para que todos puedan disfrutar de ella. Son eso y mucho más, podría señalar todas y cada una de las cualidades que les atribuyo pero considero que estas son las más importantes.
            Por supuesto no todos los escritores son iguales, afirmar eso sería un temible error. Los hay que crean historias para que otros las lean, otros dedican su vida a la investigación y, por último pero no menos importante, están los que relatan su propia vida, los que quieren dejar testimonio de sus logros. Todos son diferentes, pero tienen algo común: tienen algo que contar.
            Centrémonos en los escritores de historias, pues yo mismo aspiro a convertirme en uno de ellos algún día. Una vez cuando era niño me pregunté que se sentiría al escribir, que clase de magia impulsaba esas historias que leía. Ahora creo que tengo una respuesta: ser escritor no es solo escribir, significa mucho más que eso. Ser escritor es ser capaz de crear, de dar vida a mundos que solo viven cuando alguien los lee.
            Todos sabemos escribir pero pocos pueden escribir, ¿qué significa esto? Es sencillo en realidad, lo explicaré de esta forma: un niño camina sin más, un hombre camina por el sendero de la vida. Cualquiera puede escribir eso, sin embargo un escritor dará un paso más. Mi respuesta es esta: un escritor es aquel que puede hacer magia con las palabras, que las maneja a su antojo para poder crear algo nuevo, que no se limita a escribir lo mismo que el resto sino que forma algo nuevo para los demás.
            Eso es lo que significa ser escritor para mí. Sé que mi viaje apenas ha comenzado y aún me queda un largo camino por delante, pero de lo que si estoy seguro es de que cada día estoy un paso más cerca. Me despido con una pregunta, ¿os atreveréis a crear o a disfrutar de lo que otros hicieron para vosotros?


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Relato-Reflexión - La magia de las pequeñas cosas

Que vista, desde lo alto de mi torre de cristal. Desde aquí puedo ver todo lo que se extiende a mis pies, pero nadie puede verme a mí. Los humanos están tan absortos con sus modernidades que han perdido la capacidad de verme, la capacidad de sentirme.
Durante milenios las antiguas civilizaciones incluso me llegaron a venerar como a un dios, nada más lejos de la realidad, solo soy un hombre al que su comprensión del mundo le permite jugar con él a su antojo, moldearlo según mis necesidades, aunque únicamente aquellos que se fijan podrían darse cuenta de los cambios.
Aún recuerdo aquellos años, cuando las civilizaciones eran jóvenes, en las que todos eran conscientes de mi presencia, no eran tan obtusos como para creerse los dueños del planeta, cuando en realidad solo son los insectos a quienes la Madre Naturaleza le permite vivir en su piel, a pesar de estar empeñados en destruirla. Ella les cuida como a niños desagradecidos.
Pero en su ineptitud creen que han alcanzado el conocimiento máximo. Pero yo desde mi torre, en la que ellos me han confinado sin siquiera saberlo, puedo ver cómo están equivocados. Si, puede que sean más inteligentes que sus primos simiescos, pero eso no les concede el conocimiento, pues están tan concentrados en su propia auto veneración que no son capaces de ver lo que sucede a su alrededor.
Ya hemos perdido los tiempos en los que la gente se fijaba, miraba a su alrededor, prestaba atención a todo lo que sucedía, era capaz de sentir todo lo que la naturaleza le presentaba.
Ahora las personas están más pendientes de aquello que no ven que de lo que está a su alrededor. Son dependientes de unos trozos de plástico ligados unos a otros a través de la unión invisible, eso que llaman internet. Tienen en su mano la que probablemente sea la mayor invención de la humanidad desde el fuego, pero no saben aprovecharlo.
Eso que ellos llaman móviles, los que podrían ser una herramienta de comunicación, de conocimiento, de aproximación a otras culturas. Lo que podría ser un elemento de cohesión en cambio es un arma de desconocimiento, que incomunica a las personas en pequeños mundos, sin darles la posibilidad de abrirse a nuevas fantasías, a nuevas experiencias más allá de los emoticonos y los mensajes, la mayor herramienta de la humanidad ha terminado siendo el arma que destruya las relaciones sociales, pues cada vez más gente es incapaz de relacionarse sin usar los móviles. Por desgracia hoy dia la única manera que tienen las personas de ser ellas mismas es utilizando el anonimato de internet.
Ya no se paran a ver la primera luz de un amanecer, a escuchar a los pájaros piar al despertarse. Ya no pasean por el campo por el mero hecho de pasear, no huelen las flores, no respiran el aire puro, no utilizan una margarita para “descubrir” si una persona les quiere o no. Ya no quedan con sus amigos solo para hablar, para tomar un café, para disfrutar de la compañía de otras personas, ahora te encuentras a los zombis tecnológicos en las terrazas, iluminados únicamente por el brillo de la pantalla, como si lo que pudiesen ver a través de esa diminuta ventana pudiese ser más importante que la belleza que se desenvuelve a su alrededor. No ven el grácil aleteo de un pájaro, la majestuosidad de los animales, no se tumban en la hierba a observar las nubes a  imaginarse que tienen millones de formas, a disfrutar sin tecnología cerca.
La mayoría ya no se detienen a observar cómo los últimos rayos de sol se pierden por el horizonte, como el astro rey va apagándose en la lejanía, como su eterna amante la luna sale acompañada de corte de estrellas. Ya no se detienen a observar todo esto con la compañía de sus amigos, de su familia, o únicamente de esa persona especial que hace que cada uno de estos momentos sepa diferente, sepa a recuerdo inquebrantable de felicidad.
Quedan ya pocos que disfruten de estos pequeños detalles de la vida, las pequeñas cosas que hacen única la existencia humana, la magia que desprende la naturaleza por sí misma, sin alicientes, sin construcciones, sin filtros. Hay pocos que caminen por el simple hecho de caminar, que miren por el placer de observar, que oigan por el privilegio de oír, que hablen por el simple hecho de disfrutar de una conversación, hay pocos que vivan como la naturaleza les pide vivir. Ya ni siquiera el amor es lo mismo
Y ahora, los demás, los que están absortos con sus móviles sin utilizarlos como complemento y no como necesidad, han dejado de verme a mí, han dejado de ver la magia de las pequeñas cosas
José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)


jueves, 17 de septiembre de 2015

Reflexión - La Busqueda

A pesar de que siempre digo que la locura en una persona no es mala, esa locura que nos lleva a calificar a alguien de “personaje”, nunca me había parado a pensar en esa locura detenidamente, hasta ahora.
La verdad es que la locura, esta locura a la que me refiero, es probablemente lo que más ansia el ser humano, lo que verdaderamente lleva buscando desde el origen del mundo, aquello que pocos han encontrado. Es más, es una cosa que muy pocos admiten que buscan, como si temiesen que el mundo descubriese que la ansía, la locura más pura.
Esa locura que te entra por las venas, que te llena el cuerpo entero, que te convierte en la persona más afortunada que puedas encontrar en toda la faz de la tierra. Y ahora te hablo a ti, mi locura ansiada. Aunque yo soy un personaje, soy un loco en realidad, todavía te estoy buscando, no te tengo completamente para mí. Tal vez te encuentre en alguna persona.
No sé si me llenaras, no sé si te encontrare en forma de sonrisa, una perfecta filigrana de perlas blancas que iluminan las mañanas más oscuras. Una sencilla filigrana que muestre la dulzura  más tierna que una persona pueda trasmitir.
No sé si te encontrare en forma de diamantes de colores, dos bellas perlas preciosas que se convierten en faros que me guíen en el mar tormentoso que es a veces la vida, hasta la tranquilidad de un abrazo. Que me guíen hasta las mismas puertas del paraíso.
No sé si te encontrare en forma de cabello, suaves olas que forman un mar, un mar que enmarca la belleza de un rostro, la dulzura de una sonrisa, la fuerza de una mirada. Cabello que yo acaricie, sin importar color ni forma, pues sera por siempre mi locura, la que guie mi corazón.
No sé, querida locura, si te encontrare en forma de locura de amor, como principio y fin de mi vida, como destino único y final de mi viaje, como compañera con la que gobernar, sentados en el trono de plata de mis sueños. Como autora de nuestras vidas, para que junto a mi inventes las más increíbles aventuras, para que juntos podamos vivirlas. Y para traerte, como dijo el poeta, “una historia de las que nos gustan a los dos pero diferente porque no tiene final, para que el final se lo pongamos tú y yo”
Quién sabe si en algún momento te descubriré, locura ansiada, como locura de amor, o simplemente te encuentre como la mayor locura de la vida, esa locura gracias a la cual por fin pueda llegar a descubrir el verdadero significado de la vida.
Si no eres aquella locura que me lleve al amor, por favor se la locura que me lleve al conocimiento. Concédeme ese privilegio, permíteme comprenderte, y así poder reírme de aquellas personas que intentan, por encima de todas las cosas, parecer cuerdas, de aquellas personas que muestran esa falsa imagen de conocedores, de personas que comprenden el mundo, cuando ni siquiera llegan a comprenderse a sí mismos.
Aparece ante mí y permíteme acabar con aquella otra búsqueda, esa que comencé hace años, aquella búsqueda de la cordura, pues el único destino de esa búsqueda no era comprender, sino encajar en este mundo de cordura. Aquella búsqueda que comencé en los años que renegaba de mi locura, en los tiempos en los que por encima de todas las cosas buscaba encajar con el resto del mundo, en vez de buscar mi propio mundo de locura. Aquellos años en los que me reprimía, aquellos años en los que veía normal tener cien mil caras, una para cada persona, dependiendo de con quién te encontrases, mientras ocultabas tu verdadera cara pues crees que nadie te aceptara.
Locura, puede que aun te siga buscando, pese a tenerte desde hace años, y te agradezco que en un momento dado aparecieses delante mía, que me abrieses los ojos, que consiguieses que no me importase lo que la gente pensara de mí. Porque tú, locura, me mostraste que la gente no tiene más poder sobre mí que el que yo le conceda, que únicamente me debía importar lo que yo pensase de mí, que únicamente me debían afectar los comentarios que yo quisiese que me afectasen. Que no debía cambiar por nadie más que por mí mismo. Y todo esto porque apareciste ante mí, me demostraste que en esta vida hay que ser un loco para poder disfrutar de verdad.
Por esos hoy te busco, amada mía, locura bendita, porque me abriste los ojos, porque me mostraste como debía ser, como yo quisiese ser.
Por eso no busco una locura cualquiera, no busco la locura que cualquier persona me pueda mostrar. Te busco a ti, mi locura, aquella que durante muchos años intente reprimir, hasta que casi perdí. Te busco y no te encuentro ¿acaso de tanto negarte te perdí?
Ven a mi locura, pues en mi te has de quedar, y no te volveré a perder. A ti te añoro, a ti te busco, para que me ayudes, para que abrazado a ti pueda disfrutar de la vida como verdaderamente debemos hacerlo.

¿Y si los locos están cuerdos
Y los cuerdos son los locos?
¿Y si la locura
Es la verdadera cura
En este tiempo de cordura?
Los locos son felices
Los cuerdos siempre están tristes
Pues si la locura trae la felicidad
Gustoso doy mi cordura
Por poderla disfrutar.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

domingo, 13 de septiembre de 2015

Relato-Reflexión - Adiós infancia

          Era perfectamente consciente de que nada volvería a ser como antes, aun así le costaba hacerse a la idea. Recordó las palabras que su padre le dijo un día hace muchos años, podía oírlas en su cabeza como si su padre acabará de decirlas: “Algún día dejarás de ser un niño, quizá no lo comprendas aún pero ese momento llegará tarde o temprano. Será duro y tendrás miedo, pero con el tiempo entenderás lo que significa ser un adulto, lo que en verdad significa madurar”.
            Diez años después entendía lo que su padre le confesó siendo un niño inocente, apenas una criatura que no sabía lo que la vida le deparaba. Ahí estaba, parado delante de su casa. No como un niño sino como hombre, un hombre del que su familia podía sentirse orgulloso. Aún siendo un adulto tenía miedo de dar ese paso, de recordar. La antaño apacible casa de su juventud se erguía frente a él como un gigante, retándole a que entrara.
            No servía de nada tener miedo en ese momento, era algo que tenía que hacer. Tarde o temprano tenía que volver, había cosas que no podía dejar atrás.
            Ya no era la misma casa que recordaba, el tiempo había hecho estragos en el que fue su hogar pero su esencia seguía intacta. En apareciera tal vez fuera destartalada, ruinosa, abandonada a su suerte; pero los recuerdos seguían ahí, ni el paso de los años podría borrarlos. Tantos buenos momentos le venían a la cabeza: las tardes jugando en el jardín con sus hermanos, su madre esperándolos con una amplia sonrisa en la puerta, incluso el gesto huraño de su viejo perro le hacía sonreír.
            Solo estaba él en la calle, aún así nadie podría haber entendido su dilema aunque lo vieran con sus propios ojos. Nadie podía entenderlo y era mejor así, pues suya era la batalla que se libraba en su interior. Podría volver con alguno de sus hermanos, rechazar el doloroso duelo en solitario que entrar a su casa le suponía; o hacer de tripas corazón y entrar a su casa, demostrar que no tenía miedo. Al final fue su parte más infantil la que decidió, el niño que llevaba dentro lo instó a entrar.
            El primer contacto con su pasado fue peor de lo que pensaba. Las paredes estaban destrozadas, la humedad había causado estragos en los tablones de madera del suelo. Ver el recibidor de su casa en ese estado le recordó a un jardín abandonado, cada rincón parecía una planta a la que habían dejado de regar y así había sido, todo lo bello se vuelve mustio y viejo si descuidas su atención. Sentía la quemazón de la angustia en su garganta, compungido por ver en aquel estado su antigua casa.
            Sabía que era ilógico que se sintiera así, ni esa era ya su casa ni nadie vivía ella. El banco la hipotecó hace años y la declaró abandonada al no encontrar comprador, recordaba los improperios de sus hermanos mayores cuando lo descubrieron. Ninguno de ellos quiso ocupar la casa. No sería lo mismo sin sus padres, ya no eran esos niños inocentes con preocupaciones tan nimias como decidir que jugar o los deberes de la escuela. En el fondo entendía bien su malestar, hay cosas que nunca se olvidan y la infancia es una de ellas. Leyó una vez que el hogar no es un sitio fijo, más bien era un concepto, una idea. Podías hacer de tu hogar cualquier sitio donde te sintieras cómodo pero solo había una verdad para él, sincera y dolorosa: aquella casa fue su hogar y le dolía verla en ese estado.
            Podía lamentarse y maldecir, culparse así mismo porque el hogar de sus padres hubiese sucumbido de esa forma, pero no sería justo a la verdad. Tampoco lo sería culpar a sus hermanos, quienes ya formaron familias igual que él y eligieron su propio camino. Lo menos que podía hacer era ver por sí mismo lo mal que el tiempo había tratado su antiguo hogar y recordar, sentirse como el niño que una vez fue.
            El salón estaba vacío, no quedaba ni uno solo de los muebles que habían formado parte del mismo desde antes de que tuviese razón. Lo único que quedaba era el silencio, intangible y enorme, llenando toda la habitación. Había agujeros en el suelo y abundantes telarañas, al menos las alimañas y plagas del hogar aun perduraban. Recordaba los domingos con cariño, siempre se sentaban en los sofás a ver una película mientras comían palomitas.
            No sintió remordimiento alguno al ver la cocina o el baño, ahora tenían tan poco valor para él como lo tuvieron en su día. Simplemente tenían sus funciones y nada más, quizás a su hermana si le hubiera dolido ver la cocina destartalada y cubierta por una profunda capa de polvo y telarañas. No, se mentía así mismo al pensar eso, pues muchos momentos felices ocurrieron allí: aprendió a cocinar con su madre, cenó en ocasiones con la que ahora era su mujer; pero sus recuerdos favoritos los constituían los pequeños hurtos con sus hermanos como cómplices, pequeñas trastadas infantiles que aún le hacían sonreír al recordarlas. Sabía que era una tontería pero no podía evitar la sonrisa cuando pensaba en los cuatro entrando en sigilo en la cocina, vigilando que su madre no apareciera para llevase una chuchería a la boca.
            La planta baja le había despertado emociones hace tiempo olvidadas, vivencias de su más tierna infancia. Era como si su mente hubiera plasmado cada pequeño recuerdo en una fotografía y fuese un álbum, sería bastante más sencillo de esa forma. Solo quedaba una cosa por hacer, el motivo por el que había vuelto después de tantos años.
            Se quedó parado delante de la escalera unos minutos, rememorando cada instante con devoción: las ocasiones que bajaba por la barandilla, su padre subiéndolo a caballito y aquellas veces que su madre lo llevaba en brazos medio dormido. La tocó con cuidado, con melancolía, más como si se tratase de una vieja amiga que una baranda de madera vieja. Su tacto era el de la edad, la notaba tan desgastada, tan vulnerable, como si fuera a quebrarse en cualquier momento.
            Los escalones crujían bajo sus pies pero no le preocupaba que se rompieran, confiaba en que cuidaran de él como siempre lo habían hecho. Su corazón dio un vuelco al ver la puerta cerrada, era tal y como la recordaba. La pintura blanca estaba descolada pero su toque personal seguía ahí, el dibujo de un lobo a medio borrar y el pequeño cartel con su letra infantil adornaba el dintel superior de la puerta.
            No hizo falta que girara el pomo, se abrió sola con un débil chirrido. Sin duda le daba la bienvenida, formulándole la pregunta silenciosa que el mismo tantas veces se hizó a lo largo de los años: “¿por qué no volviste?”.
            Esperaba verla vacía, como todas las habitaciones. Era lo que esperaba encontrar, sin embargo no fue así. Las cajas seguían ahí, en un rincón, igual que el día que se fue. Estaba sorprendido de verlas allí, no esperaba que su madre las conservase. Abrió la caja sabiendo lo que iba a encontrar, todo estaba allí: sus peluches, la figura de acción que su padre le regaló, incluso los animales de plástico a los que su imaginación tantas veces dotó de vida.
      Se sintió tentado de jugar una vez más, volver a ser el niño al que todas aquellas cosas pertenecían, pero bien sabía que no podía. Hacía años que se convirtió en hombre pero una pequeña parte de él seguía siendo un niño, eso no era algo que debiera evitarse. El tiempo le enseñó todo lo que le deparaba la adultez: responsabilidades, preocupaciones, nuevas experiencias, etc.
            Rebuscando entre sus antiguos juguetes encontró un cuento, el primero que su madre le regaló. Estaba viejo y ajado, las pastas estaban dañadas y parecía frágil pero era un tesoro de valor incalculable, ni todas las riquezas del mundo tendrían más valor que ese pequeño trozo de su niñez. Abrió la primera página, la dedicatoria de su madre seguía ahí. Ahora podía ver los sentimientos plasmados en su letra: cariño, devoción, alegría. Eran demasiadas para nombrarlas todas, pero estaban ahí. Sonrió mientras una pequeña lagrima bajaba por su cara, siempre había recordado aquella frase escrita en tinta negra y firme: “No importa el tiempo que pase ni donde estés, siempre serás mi niño”.
            Tomó entonces la decisión, la que debió tomar en su momento y fue tan iluso de no hacerlo. Guardó el libro en la caja y cargo con ella por la escalera, era tiempo de que encontrasen un nuevo hogar y estaba seguro de que su nuevo dueño sería tan feliz como él en su día.
Él ya había sido niño, ahora le tocaba a su hijo serlo y como su padre guiaría sus pasos hasta el día en que dejará de serlo. No, mucho después, pues como su padre estaría ahí siempre para él, antes y después de que tuviera que despedirse de la infancia.


                                                                                             Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

sábado, 12 de septiembre de 2015

Relato - El hijo de la Libertad

En el cielo, donde el negro daba paso al naranja del amanecer, la luna y sus incansables compañeras las estrellas desaparecían poco a poco, dando paso a un cielo azul, que se tornaba gris a medida que se acercaba una gran nube de tormenta. Un viaje de trabajo que se había tornado en placer pero que ahora se convertía en una rutina más, enfrentarse a lo que se encontraba en el horizonte.
El capitán del navío miraba al cielo, la tormenta no era algo que no hubiesen previsto, aunque había esperado que tardase algunas horas más en aparecer, que les dejase algunos instantes más de paz y tranquilidad. Miro al frente y vio bajo el a sus hombres moviéndose veloces, ninguno había dormido esa noche, no era posible, su misión, su trabajo, había resultado ser más jugoso de lo que esperaban, y sabían que se tendrían que enfrentar a problemas.
También miro a su alrededor, pese a la oscuridad del océano se podía ver la sombra de los bancos de peces, que nadaban cercanos a la superficie, que les acompañaban. Puede que los peces no fuesen el único acompañante marino que tenían, sabía perfectamente que, unos metros más profundo, los tiburones esperaban a que la contienda empezase, a que los cuerpos cayesen y así poder dar buena cuenta de ellos. Y puede que no fuesen las únicas criaturas marinas que estaban esperándoles.
Muchos eran los marineros que se aventuraban a la profundidad del océano, y ninguno volvía para hablar de lo que se encontraba. Tal vez fuesen ciertas las viejas historias, tal vez un millar de sirenas plagaban los mares, esperando a que algún incauto se sumergiese en el agua y llevarse a su reino submarino, del que jamás podría escapar. O tal vez el Kraken nadaba bajo ellos, esperando paciente el momento del ataque y así poder arrastrarles a las profundidades.
Aunque el que menos le preocupaba era Davy Jones, nadie había visto jamás el “Holandés volador”, al menos nadie vivo, pero no era un destino tan malo para los marineros, no en vano se trataba de navegar por toda la eternidad por las profundidades marinas, custodiando el Cajón de Jones, y llevando todas las almas que perdían la vida en la mar.
El capitán miro al horizonte, frente a ellos la tormenta, pero moviéndose cercana a la nube encontró dos navíos, dos grandes navíos de guerra que esperaban poder interceptarlos y así quitarles el botín de sus bodegas, y el aliento de sus gargantas. Si caían en sus manos ninguno tendría piedad, sería una lucha a muerte y solo los mejores podían sobrevivir.
Volvió a mirar a sus hombres, había algo extraño en su mirada, algo que de no ser su capitán le habría asustado. No había miedo en los ojos de esos marinos con pocas posibilidades de morir, no había suplica para rendirse y tratar de sobrevivir. No, en sus ojos no había cabida para esas sensaciones, en sus ojos había ansia, había excitación, había fervor. En sus ojos había ganas de luchar, había determinación en morir o vivir, pero con las armas en las manos.
Los cañones estaban engrasados, limpios, nada los obstaculizaba, nada impediría que disparasen. Las pistolas y fusiles estaban limpios, era imposible que se obstruyesen. Y las dagas, cuchillos, espadas, alfanjes, hachas de abordaje y todo posible material que sirviese para cortar estaban perfectamente afilados. No había nada en ese navío que no se pudiese usar como arma.
La esperanza de tener que enfrentarse únicamente a uno de sus dos posibles destinos desapareció a medida que la nube iba agrandándose, engullendo con su sombra los dos barcos que los esperaban. Si querían sobrevivir debían avanzar y esperar a que ni la tormenta ni los barcos les pudiesen hundir. Sus velas eran fuertes, la velocidad era su aliada.
Por último, el capitán miro hacia la parte superior del mástil. Allí ondeaba, tranquilamente mecida por el viento, la enseña de la libertad. Mientras navegasen bajo el pabellón de la negra y los huesos cruzados no pertenecían a ningún rey, no debían servidumbre a nadie, ningún país podía exigirles su fidelidad, eran libres de navegar a donde quisiesen siempre ateniéndose a las posibles repercusiones. Eran piratas, eran los hijos de la libertad, eran los dueños de los mares y nunca rehusaban combate.
-¡¡Izad las velas, grumetes de agua dulce!! No quiero ningún trapo recogido, nuestro destino está al frente, más allá del horizonte ¿Pensáis dejar que nos lo arrebaten?
El navío se llenó de gritos de aprobación a medida que iban cogiendo velocidad, a sus espaldas dejaban el cielo anaranjado para dirigirse al gris que se alzaba frente a ellos. A sus espaldas dejaban la seguridad de la noche para dirigirse hacia el calor de los cañones de sus cazadores. A su espalda dejaban la vida para abrazar la muerte, pero ellos eran libres de escoger el destino que quisieran, y su destino estaba más allá del horizonte.

José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)