jueves, 15 de octubre de 2015

Poema - Muerte

Serio me designan y frio me pintan,
Pero mis manos son tu destino,
No seré tu abogado ni tu testigo,
Soy solo fin en tu camino.
Para algunos soy un ídolo,
Para otros soy presencia de su desgracia,
Soy lo que soy,
Pero la inmortalidad no me hace gracia.
Mírame en tus sueños,
Prepárate a mí,
Toma tus pensamientos más añorados,
Cierra los ojos y ven conmigo,
Al camino final.
Muerte susurra el aire,
Muerte, anuncia la flor,
Muerte llora la vida,
Muerte grita el hombre.
Mi nombre,
Mi insignia,
Mi vestuario y hoz,
Eso es todo lo que soy.

Shamara Tortosa Artero 

lunes, 12 de octubre de 2015

Poesía - La Playa de los Sueños

Una inmóvil figura
En la arena está sentada
Mirando el horizonte
Sus sueños, la playa desata
En la playa donde
Mar y cielo se abrazan
Y el agua se convierte en plata
Dos amantes se encuentran
Que amor eterno se juran
A un lado San Lorenzo
Que en la noche la playa alumbra
Al otro Santa Catalina
A quien las estrellas iluminan
El mar y la playa
A los amantes separan
Pero noche tras noche
Día tras día
Sus sueños persiguen
Pese a la lejanía
Con la luz del faro
Que sigue al día
Y a lo lejos aparece
Entrando en la bahía
Un bajel pirata
Que del agua su lata
Del saqueo protege
De los corsarios quince
En su bajel “La Invencible”
La playa vigilan
Y miles de sirenas
Su camino sigue
Pero con la luz de su luna
Vienen los hombres de fortuna
Que los males de la playa
Con su “Milagrosa” curan
Y en un caldero de hojalata
Quince “Brujos” con la cara de plata
Con el agua de su playa
Las pócimas preparan
Llenando de magia su caldero
Y la inmóvil figura mira al cielo
Junto a la luna y las estrellas
Alas blancas y alas negras
Del cielo docenas de ángeles
Volando ve descender
Para visitar la playa
Y el busto del poeta
Poder proteger
Poeta que a su playa
No deja de mirar
Y de las profundidades de su mar
Mira a un “Vaporcito” llegar
¡Que playa de ensueño
Que belleza para visitar!
A lo lejos un sonido
Música celestial
Mil poetas que a su playa
Y a su tierra vienen a cantar
Coplas “De locura”
Que hasta “Los Hombres del Mar”
A su paraíso vienen a cantar
De mil reinos a la playa vendrán
Pues esta sera por siempre
La tierra de la libertad
Que rincón tan chiquitito
Al que la figura viene a dormir
Pues por su muralla y su Puertatierra
Aquí hay que morir
Y los sueños más bonitos
La noche llenara
A esa figura
Que en “La playa de los secretos”
Dormida esta
Y la cara le acaricia
Para hacerle despertar
Uno de los novios
E la playa y del mar
El Levante le abraza
Y de su sueño le sacara
Para que vea que sus sueños
Se han vuelto realidad
El Levante y el Poniente
Los novios del rincón
Donde cualquiera que duerme
Dejará su corazón
Pues al despertarse vera
Las mil coplas que un dia
En la playa y su “Caleta”
Despierto
Le hicieron soñar.

José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

jueves, 8 de octubre de 2015

Relato - Perdido en la luz

Lo primero que vio fue la luz, penetrante, deslumbrante. No veía nada más allá, su visión estaba atrapada en una luminosidad como nunca antes había visto. Pasados unos minutos vio algo más, un círculo de oscuridad que mostraba un paisaje. Se aferró a ese punto lejano con desesperación, necesitaba llegar hasta aquella salida, escapar de aquel resplandor que lo cegaba sin compasión.
Cuando abrió los ojos, estaba tirado en el suelo. Sentía sus pensamientos pesados, embotados. Tenía ideas pero se negaban a moverse, lo más parecido que se le ocurrió fueron los efectos de una fuerte resaca. Vio lo que le rodeaba aturdido. Estaba en un lugar desconocido. El día era gris plomizo, triste, lluvioso. No reconocía aquel lugar, jamás había visto los arboles ni la hierba seca.
Pasaron varios minutos antes de que pudiera incorporarse con esfuerzo, un dolor lacerante recorría hasta el último músculo de su cuerpo. Era como si un martillo hubiera golpeado cada fibra de su ser y lo dejaran tumbado en el duro suelo. El hombre miró su propia mano, parecía delicada pero fuerte.
Se acercó al primer charco que vio, contempló su reflejo con estupefacción. Era consciente de que el agua le devolvió su propia imagen, pero no se reconoció. Sabía que era él, pero solo veía un completo extraño. Analizó sus rasgos uno por uno: pelo castaño corto, gafas de montura, ojos penetrantes de color azul, alto, delgado.
Aquella situación era muy frustrante para él, ¿qué había sucedido? ¿Por qué no recordaba nada?
—Duele, ¿verdad?
Se dio la vuelta, asustado, sorprendido por la repentina voz. Detrás de él había un hombre vestido de negro, sintió una desconfianza automática. Un sombrero negro le cubría el rostro, tenía toda la pinta de un detective: chaqueta de cuero, corbata, zapatos. El agua caía sobre él, reforzando su toque misterioso, aquello no parecía molestarle en lo absoluto. Ni siquiera le oyó llegar.
—Tiene que ser frustrante. Despiertas en un lugar que no conoces, desorientado y sin recuerdos —su voz era suave, relajante. Sonrió—. Es normal que estés asustado, cualquiera se aterraría en tu situación.
— ¿Quién eres? —tenía muchas preguntas, pero aquella fue la que se abrió paso entre las demás.
—Buena pregunta —respondió misterioso el hombre—. La respuesta más sencilla es que vine a buscarte. Eso es lo único que necesitas saber.
Todo en aquel hombre le ponía nervioso: su actitud calmada, el misterio que lo envolvía, sus respuestas indirectas. Solo había dicho algo coherente que lo tranquilizó y al mismo tiempo preocupó.
—No te acerques —contestó el hombre retrocediendo un par de pasos.
—Quieres respuestas, ¿verdad? Ven conmigo y te diré todo lo que necesitas saber. Puedo hacer que recuerdes, despertar tu mente dormida para que conozcas la verdad —no se me movió del sitio. Se levantó el sombrero de forma elocuente. Sus ojos eran muy oscuros, casi negros. Su sonrisa se hizo más amplia—. Es una buena oferta, ¿no crees?
Por supuesto que lo era, demasiado tentadora en realidad. Aquel desconocido le ofrecía todo a cambio de nada, no podía ser tan fácil. Nadie era tan generoso.
— ¿Dónde está la trampa?
—No hay ninguna —respondió el hombre comprensivo, en el mismo tono en el que se le hablaría a un niño pequeño—. Sería raro que aceptaras sin más. Desconfiar es algo muy propio de ti, Scott.
— ¿Cómo me has llamado? —preguntó asustado, cada vez se fiaba menos de aquel individuo.
—Scott, Scott Red —dijo su nombre con parsimonia—. Así es como te llamas, aunque tus amigos te conocían como Red. Se muchas cosas que tú mismo desconoces, Scott, y ahora soy el único que puede ayudarte —dio un par de pasos hacia él, estaban frente a frente—. Se te acaba el tiempo.
— ¿De qué estás…?
Soltó un grito, sentía que su cerebro iba a estallar. Un dolor agudo atacaba su cabeza una y otra vez, como si una lengua de fuego ardiera dentro de ella. Cayó de rodillas entre gritos agónicos, se sujetó la cabeza desesperado, rogando porque terminará aquella agonía.
—Basta.
El dolor desapareció tan pronto como había llegado. Sudaba copiosamente, jadeaba víctima del miedo. Miró a aquel hombre temeroso, no había ni un ápice de compasión en sus ojos inexpresivos y fríos.
—Irá a peor sino aceptas mi ayuda —su voz era grave y no admitía replica—. La elección es tuya: acepta mi ayuda y recupera tu memoria o prepárate para un sufrimiento como nunca antes has conocido.
No entendía nada, tenía miedo. Cada vez estaba más confuso y desorientado, su mente no paraba de producir preguntas sin respuesta. Se sentía como un niño asustado ante una bestia feroz.
— ¿Qué debería hacer? —el pánico se apoderó de su voz sin que pudiera evitarlo.
—Confiar —respondió en el mismo tono solemne, su expresión se suavizó un poco—. No tienes porque pasar por esto, pero no puedo hacer nada por ti si tú no me dejas.
— ¡Ayúdame! —imploró con voz lastimera, se aferró a las rodillas del hombre con desesperación—. ¡Por favor ayúdame!
—Has tomado la decisión correcta.
Le ayudó a incorporarse, tenía más fuerza de la que parecía. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse de él. Lo siguió, sin cuestionárselo siquiera.
Caminaron en silencio, la lluvia caía sobre ellos pero a ninguno le importaba. Solo sus pasos sobre la tierra mojada rompían la quietud del agua al caer. El hombre no se atrevía a hablar. Quería acabar cuanto antes, recordar quién era.
No tuvo que esperar mucho para saber a dónde lo llevaba su misterioso salvador, la escena que se extendía frente a sus ojos era inconfundible. Lapidas de tumbas se extendía hasta donde alcanzaba la vista, grises como las nubes que cubrían el cielo, grises como la piedra que las componían. Un sendero de tierra se extendía entre ellas.
— ¿Un cementerio? —los nervios volvieron a apoderarse de él—. ¿Qué hacemos aquí?
—Pronto lo entenderás —respondió su interlocutor sin girarse—. Paciencia, amigo mío.
No quería tenerla, no necesitaba paciencia. Quería escapar de todo aquello, pero la realidad era que no podía. Estaba atrapado en la absoluta ignorancia de la amnesia y solo ese hombre podía ayudarle. Ahora lo veía de otra forma. Para él representaba la única luz en la oscuridad, un rayo de esperanza entre el miedo y la incertidumbre. Guardo silenció y esperó, tal como el hombre de negro le había dicho.
Pasaron entre varias filas de tumbas, siempre en línea recta y sin perder el sendero. Había gente, mucha gente. Al menos debía de haber más de 50 personas al final del camino. El negro los cubría a todos por igual, el color del luto los representaba sin duda alguna. Se trataba de un entierro.
Fueron hasta ellos sin decir nada. Nadie los miró, ni siquiera parecían percatarse de su presencia. Antes de que pudiera decir algo, el cura que oficiaba la ceremonia comenzó a hablar.
—Queridos hermanos, hoy es un día triste. Nos hallamos aquí reunidos para despedirnos de un buen hombre, Scott Red.
El mundo se detuvo en ese mismo instante para él. ¿Por qué había dicho su nombre? Estaba allí con todas esas personas, aquello no tenía ningún sentido.
— ¡No estoy muerto! —gritó con fuerza, pero nadie se giró—. ¡Estoy aquí!
—Ya es suficiente, Scott. No pueden verte, ni siquiera saben que estás ahí.
— ¿Qué significa esto? —preguntó presa del pánico—. ¡Responde!
Fue a agarrar al hombre por la chaqueta, pero sus manos no llegaron a tocarle. Se quedó mudo de terror cuando paso a través de él. Cayó de bruces al suelo, la realidad le golpeó con la fuerza de una maza.
—No puede ser…
—Lo es, Scott —respondió el hombre de negro sin compasión—. Ya no perteneces al mundo de los vivos, es tiempo de que recuerdes que sucedió.
El hombre se arrodilló frente a él y colocó una de sus manos en su frente. Un fogonazo de luz le deslumbró, la claridad se abrió paso en su mente. Las imágenes aparecieron de repente, abrumándolo con la fuerza de un huracán. Ahora lo recordaba.
Había salido de fiesta la noche pasada, cogió la moto para volver a su casa. Estaba borracho, pero eso no le impidió conducir. Iba a toda velocidad, la adrenalina por el exceso de la velocidad era como una droga que lo hacía sentir pletórico. Entonces al cruzar la última esquina vio a una persona. Vestía completamente de negro, lo miro a los ojos. Su mirada era oscura, dos pozos sin fondo que lo hicieron sentir insignificante. No reaccionó a tiempo, se estrello de lleno contra la pared y salió despedido por los aires. Cayó con violencia dentro del cementerio, le costaba respirar. Escupió sangre y boqueo inútilmente, pidió ayuda pero nadie acudió.
—Estoy muerto… —la verdad era innegable, había muerto en un accidente de moto pero no había sido culpa suya. Miró al hombre con odio—. ¡Fue por tu culpa! ¡Si no hubieras aparecido, yo aún estaría vivo! ¡Tú me mataste!
El hombre no dijo nada. Se limitó a mirarlo con aquellos ojos casi negros.
—El responsable de tu muerte fuiste solo tú mismo, Scott Red —sus palabras no eran duran, solo firmes, cargadas de la cruda verdad—. Es cierto que yo estaba allí y que me viste, pero solo fue porque era el momento adecuado. Solo alguien a punto de morir sería capaz de verme.
— ¡Ya basta de misterios! —gritó incorporándose, se encaró a aquel hombre aunque supiera que no podía tocarle—. ¡Dime la verdad! ¿¡Quién demonios eres!?
El hombre guardó silencio de nuevo, esta vez la espera fue larga. No era un silencio tranquilizador, era opresivo como una jaula. Finalmente el hombre habló.
—Soy lo más opuesto a un demonio, de hecho soy la otra cara de la moneda —sus ojos se volvieron completamente negros, igual que la noche de su muerte—. Soy aquel que guía las almas de los muertos, aquel que presencia el final de cada vida, aquel que debe guiar a las almas a su descanso eterno. Soy un ángel de la muerte y tú, Scott Red, desaparecerás de este mundo en este mismo instante.
Nada más terminar de hablar Scott se sintió más ligero, su cuerpo comenzó a emanar una luz. Al principio era débil pero crecía en intensidad por momento, su cuerpo se volvió nítido. Estaba desapareciendo, tal y como el ángel había dicho.
— ¡Espera…! —imploró Scott—. ¡Aún necesito respuestas!
El ángel lo miró una vez más. Era la representación de la muerte, como él mismo había dicho: frio, oscuro, imperturbable. Sus ojos no eran negros como la oscuridad del abismo. No, eran negros como el vacio, como la nada, como la muerte.
—No, ya no las necesitas —respondió el ángel en tono solemne—. Descansa en paz, Scott Red.
Scott ya apenas era visible, pero ya poco le importaba. Cuanto más nítido se volvía, mayor era la calma que sentía. Así Scott Red se desvaneció en el aire, sin que nadie lo supiera nunca. Solo el ángel de la muerte fue testigo de su partida al más allá, pero nada significaba para él. Solo era el fin de otra vida, una entre miles de millones, un viaje que terminaba para siempre.
El ángel desapareció del cementerio en silencio. Nadie lo había visto y nadie sabría jamás lo que había pasado en aquel lugar. Los familiares de Scott Red siguieron con la ceremonia, sin saber que el alma del difunto había estado presente en su propio entierro.
Aquel día gris fue el final de la vida de Scott, pero a la vez fue el principio de otra nueva. Dicen que por cada vida que se acaba una nueva comienza. Un hombre había muerto y, en su lugar, un pequeño bebe abrió sus ojos por primera vez.


                                                            Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

miércoles, 7 de octubre de 2015

Relato-Reflexión - Disfrutemos de las pequeñas cosas

El sol me golpea la cara con la luz y el calor que trasmite cada mañana. A mis pies siento los granos de arena, pequeños, calientes, un suelo que se amolda a cada paso que doy.
A mis pies se extiende una inmensidad de color marrón, compuesta por millones de pequeños granos de arena. Me agacho y lo toco, esta suave, cojo un puñado y dejo que lentamente se deslicen entre mis dedos y el viento los convierte en una cortina de arena hasta que tocan el suelo de esta playa. Algunos granos salen volando por la fuerza del viento de levante, intento seguirlos cuando me doy cuenta de que la playa no está sola. En ella veo, en sus laterales, dos castillos que la protegen, eternos centinelas que guardan su orilla, que protegen sus paisajes.
Un sonido me distrae de contemplar esas bellas vistas. Los graznidos de las gaviotas que me acompañan, que vienen a disfrutar también de la belleza que se extiende ante mí.
Y frente a mí el mar, una mera masa de agua, gotas que se unen, pero una inmensidad inabarcable para mí. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Bueno, ¿acaso eso importa? Lo importante es que aquí estoy y hay que disfrutar. No sé qué es lo que me ha traído hasta aquí, en mi cabeza se me juntan los recuerdos, creo que tenía prisa, creo que tenía algo que hacer, creo que tenía que trabajar. Pero no llego a recordar que había que hacer, que podía ser tan importante que corría tanta prisa y me impedía disfrutar de este paisaje, que trabajo podía ser más importante que disfrutar.
Me siento sobre la arena y miro al mar ¿Qué misterios se esconden entre sus olas? Tal vez si me metiese en sus aguas encontraría alguna criatura fantástica, tal vez un hipocampo, tal vez el monstruoso Kraken. Tal vez sus profundidades escondan la misteriosa Atlántida. Tal vez entre sus corrientes naden las sirenas, esas bellas criaturas que buscan marinos para que le acompañen, esas criaturas que cantan a los incautos para trasportarlos a su reino de las profundidades. Tal vez encuentre yo alguna sirena, y pudiese disfrutar junto a ella de la tranquilidad del mar por toda la eternidad.  Tal vez encuentre la Atlántida y la convierta en mi reino de fantasía. Que misterios esconderán las aguas del mar, que maravillas habrá bajo sus olas.
De repente me doy cuenta de una cosa, estaba tan absorto viendo el paisaje que no me di cuenta de que el sol se marchaba y en su lugar su eterna amante se alzaba. Era la luna la que ahora iluminaba el paisaje. Y me di cuenta solo por su reflejo.
Porque en el mar, antes azul y ahora negro, se reflejan sus rayos, se refleja su rostro como su la luz de la luna convirtiese cada gota de agua en un trocito de plata que adornaba el paisaje. Nunca en ninguna ciudad podría haber visto nada tan bonito como esto, como la luna convierte una mera masa de agua en el paisaje más bonito de la tierra.
Miro al cielo ¿Qué es eso que veo? ¿Qué son esas luces que interrumpen la negrura del cielo nocturno? Deben de ser eso que llaman estrellas, nunca antes las había visto, en la ciudad la noche está dominada por las luces de las farolas, que no dejan ver más allá de ellas. Creo que es lo que suelen llamar contaminación lumínica. Pero en realidad me parece que es otra cosa, suelen decir que las farolas son para dar seguridad a las personas, y así debe ser, porque mirando esas estrellas me doy cuenta de que un miedo me invade, el miedo de descubrir que no somos el centro del universo. No somos más que pequeños organismos, no más grandes que los granos de arena que se extienden a mis pies. Las farolas impiden ver las estrellas, y con ello acaban con el miedo de saber que no somos el centro del universo.
¿Qué tenía que hacer? Ya no lo recuerdo, solo puedo pensar en la belleza que se muestra ante mí. ¿Tenía prisa por algo? Ya no me importa, estoy absorto con lo que veo. Ya nada importa, voy a disfrutar de lo que se extiende ante mí, a disfrutar de las pequeñas cosas de este mundo, ¿Acaso importa algo más? Creo recordar que tenía que trabajar, pero debo disfrutar, no solo hay que vivir para trabajar, únicamente hay que trabajar para vivir, y el resto del tiempo disfrutar.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)