sábado, 28 de noviembre de 2015

Reflexión - Una gran experiencia

          Este sábado pasé por una de las mejores experiencias de mi vida, una a la que llevaba mucho tiempo queriendo ir y por fin tuve la oportunidad. Una compañera de clase me dijo que se realizaba una quedada friki este finde y no me lo pensé dos veces, le dije que si enseguida. Tuve que madrugar pero mereció la pena, ya lo creo que sí.
            Os lo contaré con lujo de detalles. Llegué a Jaén a las 9:15 de la mañana, a las 10 o así llegué al recinto de la quedada. Tuve que esperar un poco pero la gente de la asociación Oborus (así se llama, quizás la hayáis oído mencionar) era muy amable  y me sentí a gusto enseguida. Eso no es algo fácil para mí, si bien es cierto que soy una persona abierta también soy muy tímido (vaya contradicción); pero la cosas es que me sentí cómodo desde el primer momento.
            Lo primero que pensé al entrar fue que era una pasada. El recinto era enorme: había un gran número de mesas (al menos unas 7) repartidas por la sala, una de ellas estaba llena de juegos de mesa (la mayoría de rol, como debe ser); a la izquierda estaba el escenario con un juego shooter preparado, y antes de eso, el mostrador con los miembros de la asociación; en una de las esquinas estaban las consolas, desde la Wii U con el Súper Smash Bros Brawl hasta la PS3 con el Injustice (juego de peleas de los protagonistas de los comics DC: Batman, Superman, etc.), y por último la PS2 con un Star Wars versus. Si pensáis que esto era poco esperad a leer lo siguiente, he dejado lo mejor para el final.
            Al fondo habían preparado un espacio a parte, separado por cintas del resto de la sala. Ese era el cuadrilátero para el Softcombat. Nada más oír el nombre tuve curiosidad y me apunté, aunque para ser sincero Fátima ya me dijo en qué consistía. El Softcombat eran simulaciones de combates con espada, las que usamos las fabricaron los miembros de la asociación y estaban muy bien hechas la verdad, la hoja reforzada con cinta gris y la empuñadura con cinta negra. No se me dio especialmente bien, de hecho fui el peor pero lo bien que me lo pasé lo compensaba. Tener una espada (aunque fuese de mentira) en las manos fue una sensación nueva, me sentía como los personajes de alguna de las historias que he leído y me encantó la verdad; tanto que voy a ir a todas las quedadas especialmente por el Softcombat (por las demás actividades también). Por mencionar a algunos de los participantes diré que había dos especialmente buenos: Skyrim, al cual conocí nada más llegar, y Tanque, el mejor de todos con diferencia (aunque claro luego me enteré de que llevaba muchos años practicando esgrima y pensé: “con razón no le gana nadie”).
            El torneo de Softcombat no fue sólo combates de espada. El torneo tenía cuatro partes: combates individuales, llevar la jarra vikinga (pasar con la jarra encima del hacha mientras los demás tiraban cosas para tirarla), lanzamiento de hacha y combates por equipos. Siendo sinceros lo que mejor se me dio fue la prueba de la jarra, aunque no la supere por confiado (siempre me la tiraban casi al final del tramo) pero fastidié los intentos de dos o tres participantes. Todas las pruebas me gustaron, pero ninguna tanto como la espada (en el párrafo anterior ya expliqué el porqué).
            Hice un montón de cosas, pero si las mencionará todas podría llenar seis hojas fácilmente, por lo que me contendré. Lo siguiente que quiero destacar son los juegos de mesa a los que jugué: un juego de adivinar llamado “Black Stories” que consistía en que uno leía el acertijo y los demás tenían que hacer preguntas de sí o no hasta averiguarlo; Jenga, el clásico juego de la torre de piezas (si alguien no lo ha jugado se lo recomiendo encarecidamente, mola mucho); un juego de reflejos llamado “Atrapa al fantasma”, en el que había que atrapar un objeto concreto en función de la carta que salía; y por último Mushkim, un juego de cartas de rol en el que hay que llegar al nivel 10 y fastidiar al resto de jugadores para ser el primero. Me gustaron todos pero especialmente Jenga y Mushkim, el primero por la tensión después de quitar cada pieza y el segundo por lo bien que se me da.
            A las 19:00 empezó la subasta (y sí, fue la ostia). No pude participar por ser nuevo y no tener logros (los puntos que se consiguen por ganar torneos). Se subastó de todo, algunas cosas me interesaban y otras no tanto. Hubo un poco de todo, desde apuestas razonables hasta apuestas ridículas por objetos que en mi opinión no valían tanto. Fue divertido ver cómo se picaban, además ver la primera me ayudó a entender cómo funcionaban (así sabré qué hacer la próxima vez).
            Lo último que me queda por destacar es el Softarchery o tiro con arco. Tuve suerte de poder apuntarme, menos mal que mi amiga tenía que irse y me dio su plaza. Cuando vi el arco me asuste un poco, era bastante grande y pensé que no podría tensar la cuerda; pero las apariencias engañan y resultó ser muy fácil. Pude hacer nada menos que 16 lanzamientos, 4 de práctica y 12 que puntuaban, 6 de cerca y 6 de lejos. Los primeros 5 tiros fueron un desastre, si nunca habéis tirado con arco os daré un par de consejos: apuntad siempre más bajo de lo que pretendéis porque al soltar la cuerda la flecha suele alterar su dirección ligeramente hacia arriba; y tened en cuenta que cuanto más tenséis la cuerda más posibilidades hay de que se desvíe la flecha.
            Tuve que irme a las 20:30 para no perder el bus, pero me lo pasé genial. He pasado por muchas cosas nuevas pero esta fue una de las mejores, por eso la repetiré tanto como sea posible e iré a todas las quedadas. Para terminar dejaré la clásica pregunta, ¿cuál fue vuestra mejor experiencia y qué sentisteis al terminar?

                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

jueves, 26 de noviembre de 2015

Relato - La Guerra por la Naturaleza

Hace mucho, mucho tiempo, antes de que las historias se convirtieran en leyendas y las leyendas en mitos, los hombres convivían con criaturas increíbles. Cuando un humano paseaba por el bosque no era extraño que se encontrase con centauros, duendes y hadas. Faunos, minotauros, grifos y ninfas saludaban a los hombres dia tras dia.
Desde los mares las sirenas y desde los ríos las dríades les daban el agua necesaria para que sus cultivos creciesen fuertes y sanos, para que nada impidiese que los humanos sobreviviesen. Así fueron los años dorados del planeta, en los que hombres y criaturas convivían en paz y armonía, compartiendo el amor por la naturaleza y por la vida del planeta. Parecía que esta paz, esta tranquilidad, jamás acabaría, que nada podría acabar con el amor por la naturaleza.
Pero llego el “Progreso”, o al menos así lo llamaban los hombres. Necesitaban espacio, necesitaban recursos, y todo aquello que habían venerado les estorbaba. Ya no paseaban por los bosques, ahora los talaban. Necesitaban el espacio para nuevas fábricas, necesitaban la madera para sus máquinas. El progreso de los humanos, el retroceso del planeta.
Las praderas, los lugares que antaño habían rebosado de vida, que habían sido el centro del intercambio entre especies, ahora estaban muertos. Ciudades, al menos así lo llamaban los humanos. Habían construido sus ciudades acabando con la vida de las praderas, de las colinas y de los valles. Ahora todo era gris, ahora todo estaba muerto, y no podían tolerarlo.
Las criaturas del bosque, de los mares, del cielo y de las montañas no podían soportarlo más, no podían dejar que el hombre hiciese lo que quisiese. El mundo no era suyo, era de todos, y debía comprenderlo
Así comenzó la “Guerra por la Naturaleza”. Una sangrienta guerra que duro siglos, donde ambos bandos sufrieron las penalidades y la muerte. Pero por desgracia la capacidad inventiva de los humanos no conocía límites, más aun si se trataba de generar dolor y muerte. Pronto la magia se vio superada por las armas. Las criaturas no tenían nada que hacer. Habían perdido la batalla, habían perdido la guerra, por lo que únicamente pudieron hacer una cosa, desaparecer.
Pero mientras nosotros, con el tiempo pasado desde estos hechos, contamos las historias de esta época como cuentos de hadas, historias para que los niños se duerman y tengan bellos sueños, en determinados sitios sucede al revés.
En lo más profundo de los mares, en lo más frondoso de los bosques, en las más abruptas de las montañas, en lo más elevado del cielo, allí donde el hombre por suerte no se atreve a entrar, las historias que se cuentan son distintas.
Allí habitan los últimos resquicios de esas criaturas. Los pocos que los humanos dejaron con vida. Y ellos cuentan una historia diferente. Lo que los humanos llamaron la “Época del progreso”, ellos llama el comienzo del fin, los años oscuros. El fin del Mundo.
Porque mientras que los hombres, estúpidos en su inteligencia, piensan que todo lo que hacen beneficia al mundo, se equivocan. Lo que ellos piensan que beneficia al mundo en realidad únicamente les beneficia a ellos, pero en su maldita arrogancia, siempre han pensado que ellos son el mundo.
Lo que ellos han pensado que son el avance de la sociedad, es el retroceso de la vida. Pero por suerte ellos estas historias las consideran leyendas, pero estas leyendas son verdaderas.
Cuando veáis una valiente flor que se asoma en una esquina, un trozo de hierba que se abre pasó en una acera o a un poderoso árbol creciendo sin importar lo que les rodee, recordad que es parte de la lucha. Pues a pesar de vivir en el exilio estas criaturas siguen luchando por la naturaleza, y allí donde haya un abandono por parte de los humanos estarán ellos para hacer crecer la naturaleza.
Y yo no sé vosotros, pero por mi parte lo tengo muy claro. Donde haya una flor estaré yo evitando que la arranquen, pues la naturaleza es sabia, y allí donde la naturaleza se desarrolle, volverá la vida a este planeta que llamamos hogar.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Relato-Reflexión - El camino mas largo

Aquí estoy, mirando a mí alrededor.  ¿Qué me ha hecho llegar hasta aquí? No lo sé, tampoco me importa. Detrás mía veo el camino que ya he recorrido, en realidad pocos pasos desde que salí, pero algo he recorrido. Pocos pasos desde que me decidiese a adentrarme en el bosque que se abre ante mí.
A mis espaldas veo, más allá del camino que ya he recorrido, un llano tranquilo, sencillo, sin árboles que oculten nada,  solamente un extenso mar de verde hierba que se extiende más allá de mi vista.  Hay un camino que dejo a mi espalda, más que un camino es tierra aplastada, bien definido, pero he llegado a su límite.
Ahora, delante de mí no veo ese camino, ha desaparecido. Las facilidades han quedado atrás. Delante de mí hay otro camino, uno más inhóspito. La tierra esta revuelta, llena de ramas y de raíces. No es un camino amplio, más bien estrecho, los arboles no permiten que sea más ancho.
Bajo mis pies aún están los últimos rastros del camino sencillo, un solo paso más y me adentro en el bosque. ¿Qué voy a hacer? ¿Vuelvo a la seguridad de mi valle o sigo ese camino? ¿Me arriesgo con un paso adelante o me conformo con un paso atrás?
Avanzar o retroceder. Siempre es el mismo dilema. Decido que lo mejor es no pensar, dejarme llevar. Doy un primer y tímido paso, el miedo se apodera de mí, no sé qué me puedo encontrar más allá. De pronto estoy caminando, tal vez no siempre con pasos seguros, pero siempre hacia delante.
Una rama traicionera se cruza en mi camino, me tropiezo. Me duele todo el cuerpo después de la caída. ¿Qué hago? Aún estoy a tiempo de darme la vuelta, o simplemente de quedarme ahí tirado ¿Por qué iba a arriesgarme a volver a caerme? Pero otra vez prefiero dejarme llevar. Me levanto, sé que me volveré a caer, siempre habrá una rama o una piedra que me intente derribar. Pero ¿Qué más da? Si me he levantado una vez me puedo volver a levantar cien.
De pronto me detengo ¿Qué es ese olor? Estaba tan concentrado recorriendo mi camino que no me he atrevido a vivirlo. En ningún momento me he detenido, no he parado a disfrutar. No he mirado a mí alrededor. No he visto el paisaje que me rodea.
A mí alrededor veo el marrón de los árboles, el verde de las hojas y de la hierba, cientos de tonos de verde. Pero no solo hojas verdes, también veo rojas y amarillas ¿Acaso es otoño? No puede ser, en algunos árboles también puedo ver que están florecidos ¿Entonces es primavera?
Tampoco puede ser, sobre mi veo el cielo azul, un precioso azul que me incita a soñar. Pero a lo lejos también veo el blanco de la nieve, pero no puede ser porque yo lo que siento es calor. Entonces ¿en mi camino se mezclan todas las estaciones? A cada paso que daba un nuevo paisaje se veía. ¿Y si en vez de mezclarse todo simplemente el tiempo pasaba rápidamente?
Debo de haberme parado en primavera, porque a mí alrededor únicamente veo flores.  Me agacho y cojo una flor blanca, un precioso lirio cuyo aroma atrae mis sentidos. No puedo dejar de apreciar su belleza, puede que no dure demasiado, pero quiero llevarla conmigo, tener para siempre el recuerdo de que, aunque peligroso, aunque me de miedo, mi camino siempre me deja recuerdos preciosos.
Con mi lirio enganchado en mi camiseta sigo caminando, siempre oliendo el sutil aroma de mi flor que me incita a seguir adelante. Aunque ahora no voy tan rápido, ahora me paro más a menudo, recojo más flores y las engancho allí donde puedo. Me paro y disfruto del paisaje, pues nunca es el mismo, a cada paso que doy sigue cambiando.
El camino se ensancha, cada vez veo un poco más de luz. ¿Habré llegado al final del camino? Cuando llego me doy cuenta de que no, no es el final, solamente un descanso, solamente un claro. Puede que haya recorrido la mayor parte, o solamente el principio. Puede que haya recorrido un kilómetro, o solamente una decena de metros. Ya me da igual, nada va a cambiar el hecho de que estoy decidido a seguir adelante, pase lo que pase.
Ese es mi caro, está en mi camino, es un descanso, un momento en el que lo veo todo más claro. Es mi claro, es mi momento, estoy solo en él, pero no por mucho tiempo.
De repente no estoy solo, en el claro aparece otra figura, una figura femenina. Ambos nos miramos, no sabemos qué hacer en realidad. Tengo miedo, no sé qué hacer. Al final me decido, me acerco a ella. No sé qué hacer, no sé qué decir, sin más le ofrezco mis flores, los recuerdos que he ido recogiendo durante todo el camino, porque comprendo que lo que me ha llevado a recogerlos no ha sido las ganas de tenerlos para mí, sino de compartirlos con alguien.
Al verla se lo que quiero, me da igual que haya recorrido una pequeña porción o gran parte del camino,  da igual que ese claro sea un simple descanso. Ahora tengo claro que en ese viaje llamado vida, el viaje más largo por el camino más desconocido, quiero que ella sea mi acompañante. Quiero que de la mano recorramos paso tras paso hasta llegar a nuestro destino. Juntos.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

viernes, 20 de noviembre de 2015

Reflexión - El desinterés general por la Búsqueda del conocimiento

        Esta vez vengo a hablaros de algo que me ha pasado recientemente, esta mañana sin ir más lejos. Hoy asistí a una conferencia organizada por el departamento de Lengua Española. En dicha conferencia se ha hablado de “el lado positivo de la prefijación negativa”, un tema bastante interesante y que el conferenciante plasmó con exactitud en el plazo de una hora y media.
            Hasta aquí todo bien. El problema, así como el motivo, por el que escribo esto es lo que ha pasado en la conferencia. Varios alumnos, por no decir muchos, se han dedicado a hablar sin parar durante la conferencia. Esto no es solo una falta de respeto por los que hemos asistido porque nos interesa el tema, también es un comportamiento inaceptable hacia el profesor que la impartió. El conferenciante, David Serrano-Dolader, vino expresamente desde Zaragoza con el único objetivo de ayudarnos a aprender; y además de eso nos proporcionó unos apuntes valiosos, que si bien son cortos, van a sernos de mucha ayuda a mis compañeros y a mí.
            Lo que acabo de contar es solo un ejemplo de tantos, pues en la sociedad actual te puedes encontrar casos parecidos cada día. Me toca mucho las narices que siempre haya personas que asisten a eventos sin interés ninguno, que van únicamente por obligación y no hacen más que molestar a los realmente interesados en aprender. Si de por sí ya estaba molesto la guinda del pastel me la ha encontrado al salir. Nada más terminar la conferencia he oído comentarios como “por fin se ha acabado”, “que coñazo” y similares.
            Puedo tolerar con cierta dificultad lo primero, pero que se desprestigie las buenas intenciones y el saber de un profesor no, eso sí que no lo puedo pasar por alto. No entiendo de qué demonios se quejan. No ha sido una de esas conferencias que se pueden hacer pesadas, más bien fue amena y entretenida. El profesor sabía muy bien cómo abordar el tema, supo explicar los prefijos negativos y al mismo tiempo soltar alguna que otra broma, lo que hizo la conferencia divertida en parte.
            Hoy no he venido a hablaros de lo cabreado que he salido de la conferencia. No, van por ahí los tiros, pero no es eso. En mi modesta opinión quiero hablaros de uno de los mayores errores que comete la sociedad: “el desinterés general por aprender”. No es ningún secreto que a los jóvenes ahora les importan cosas banales, inútiles, fútiles. Entre sus favoritas están salir de fiesta, ser populares y como no, la telebasura. No digo que querer divertirse este mal, pues a todo el mundo le gusta divertirse de vez en cuando y de hecho es algo normal. Lo que critico es que a la inmensa mayoría es lo ÚNICO que le importa. Es muy triste que cada vez haya menos personas cultas, que disfruten de una buena lectura, que tengan ansias de conocimiento. Este problema no es solo de la juventud, pues obviamente los jóvenes crecen y se convierten en adultos.
            Me estoy yendo por las ramas. En pocas palabras ahora, en este momento, critico abiertamente la falta de interés general de la población, que no se sepa agradecer las buenas intenciones de profesores honrados como David Serrano-Dolader. Pues esto, señoras y señores, lo veo diariamente y, sinceramente, cada día agradezco más a todos aquellos que escapan de la ignorancia y buscan el conocimiento en cualquiera de sus formas.
            Para terminar me gustaría preguntaros vuestra opinión, ¿qué opináis de esto?

                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Relato-reflexión - Al Borde del Abismo

No veo nada. No sé dónde estoy, pero siento frio. Todo está oscuro, la oscuridad es tan profunda que devora todo a mí alrededor.
            ¿Cómo he llegado aquí? Intento recordar, pero mi mente está embotada. Me cuesta oír y respirar, como si estuviera inmerso en aguas oscuras, como si la nada hubiera devorado todo cuanto conozco. ¿Estaré muerto? No lo sé.
            Llevo tanto tiempo en este vacío que he perdido la consciencia del tiempo y la realidad. Solo estamos yo y el silencio, no hay nadie más.
            Noto un cambio, apenas perceptible pero está ahí. No es un sonido ni una luz, tampoco una presencia. Solo siento la certeza de que algo  está por ocurrir y ando en las sombras. No hay nada bajo mis pies, pero debo confiar en que no caeré. Solo puedo seguir adelante sin más.
            De repente choco contra algo, no sé lo que es pero ya no puedo ir más allá. Toco con las manos lo que me detiene, pero no logro identificarlo. No es frio ni caliente, ni áspero ni rugoso. Es una sensación extraña, sé que hay algo pero no me transmite nada al tacto.
            « ¿Por qué estoy aquí?» me preguntó una vez más
            La misma pregunta de siempre sin respuesta. Es frustrante no saber nada, si al menos supiera el motivo… De repente noto algo nuevo, algo que me es familiar. Es duro, frio. Palpo con mis manos buscando una pista, entonces toco algo redondo.
            « ¿Una puerta? » pienso al instante  «¿Qué hace aquí una puerta?»
            No lo sé, tampoco me importa demasiado pero quiero atravesarla. Giro el pomo, entonces esta desaparece. Asustado, lo busco a tientas en la oscuridad pero no está. Se ha ido pero no tiene sentido, las puertas no se desvanecen por arte de magia. Esperó un cambio. Pasan los minutos, pero no pasa nada. ¿Lo habré imaginado? No lo creo, siempre tuve imaginación pero no tanta como para imaginar una puerta sin verla antes.
            Entonces sucedió un cambio radical e inesperado. Donde antes solo había negrura la luz hizo su reino, tanta era la luminosidad que tuve que cerrar los ojos para no quedar ciego. Aun así la luz dañó mi vista, tarde unos segundos en volver a ver. Me sorprendí al ver cuánto me rodeaba.
            Antes todo era oscuridad, un negro tan insondable como un abismo sin final; en cambio ahora solo había un blanco impoluto, todo y a la vez nada. Si pensaba que me hallaba en un vacío ahora me quedó claro del todo. Ahora no tenía duda alguna, estaba solo en aquel espacio blanco que se extendía en todas las direcciones.
            Di un paso, el sonido resonó por todo aquel espacio. Definitivamente no entendía nada: primero una oscuridad en la que no había nada, ni siquiera sonido; y ahora una luminosidad donde hasta el más mínimo movimiento reverberaba como el tañido de una campana.
            « ¿Dónde estoy? »
            Una vez más no tenía la respuesta y de nuevo la única opción era avanzar. No había diferencia respecto  a unos instantes antes, podía ver por dónde iba pero seguía perdido. Era imposible orientarse en aquel blanco infinito, no tenía forma de saber en qué dirección iba. Ni siquiera sabía si aquello tenía sentido, ¿serviría de algo caminar sin rumbo?
            Entonces caí en la cuenta. Cuando estaba en la oscuridad había querido saber porque estaba aquí, poco después apareció la puerta. Quizás no fue causalidad, valía la pena intentarlo.
            «Quiero una salida»  me sentí estúpido pensando aquello, pero tampoco es que aquel lugar tuviera mucha lógica.
            Silencio. No pasó nada. Me lo esperaba, las cosas no eran tan fáciles. La vida en sí misma no lo es. Me quedé donde estaba, no tenía sentido moverme.
            Oí algo, un sonido débil pero no tenía duda de que había oído algo. Miré por todos lados en busca de la fuente de aquel ruido, pero solo veía blanco por todas partes. No lo había imaginado, estaba seguro de que oí un ruido. Me esforcé en encontrar lo que fuera que había hecho aquel sonido, tenía que estar por alguna parte. Solo tenía que encontrarlo.
            Vi algo, pero no estaba seguro de que en verdad fuera algo. Un punto negro, minúsculo, casi imperceptible a simple vista. Estuve a punto de pasarlo por alto. Era tan pequeño que era difícil no perderlo de vista.
            Caminé hacía aquel pequeño resquicio negro sin apartar la mirada ni un instante, no parpadeaba por miedo a perderlo de vista. No sé cuánto rato camine, pero sin duda estaba lejos. Cuando por fin lo alcancé estaba fatigado, no cabía en mí del asombro al ver el objeto.
            El punto resultó ser un cuadrado suspendido en el aire. Desentonaba como una mancha en una camisa, como un charco en medio de la calle, como una piedra rodeada de perlas. Simplemente estaba ahí, frente a mis ojos, clavado en el aire. Toqué alrededor del cuadrado pero no había nada, estaba sorprendido. Pensé que sería algo parecido a la puerta pero sabía que no era así, lo habría visto si ese fuera el caso.
            « ¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? ¿Cogerlo? ¿Pulsarlo?» estaba confuso cuanto menos, incluso ofuscado.
            Dudé un momento antes de atreverme a tocarlo. Acerqué la mano con vacilación, pues no sabía lo que podía ocurrir. Mi mano atravesó el cuadrado, entonces algo nuevo ocurrió. Retrocedí receloso al ver que crecía hasta adoptar una nueva forma, una que era muy familiar: una puerta. No podía ser casualidad, que de todos los objetos lo que antes era un cuadrado se hubiese convertido en una puerta negra.
            Era extraña, no tenía picaporte. Veía oscuridad más allá. No, había algo más. Podía ver luz al fondo, apenas una chispa brillante pero ahí estaba, esperando a que cruzase. Di un paso al frente. Sin saber cómo ya estaba dentro, entonces igual que paso la vez anterior desapareció. De nuevo estaba rodeado por la oscuridad, pero había algo distinto esta vez. Podía ver luz brillando al fondo, el mensaje era claro: tenía que ir hacia la luz.
            A medida que me acercaba la luz era cada vez más grande, pero no más que la oscuridad que me rodeaba. Cuanto más me aproximaba mayor era la luz, pronto entendí que no se trataba de eso. Era una imagen nítida en una gran pantalla, tuve la sensación de estar en una sala de cine. Como si me hubiera leído el pensamiento, la imagen comenzó a moverse igual que si fuera una película.
            Vi la escena varias veces, aún así no podía creerlo. El chico que salía en la pantalla era yo y aquella escena era una parte de mi vida, pero no podía ser verdad. Repetía lo mismo una y otra vez y siempre terminaba igual: estaba jugando en un parque con mi mejor amigo, discutimos y salía de mal humor del parque, entonces un coche pasó corriendo y…
            De repente lo recordé todo. Lo que la pantalla me mostraba no era una ilusión, había pasado de verdad. Eso significaba…
            « ¿Estoy muerto?»
            No lo sabía y no había forma de que tuviera respuesta para eso. La escena se repitió una vez más y entonces la pantalla se apagó. Volví a quedarme en la oscuridad pero no por mucho tiempo.
            Oí el ruido de dos puertas abriéndose. Frente a mí apareció la primera, emanando una luz intensa que desterraba las sombras a su alrededor. A mi espalda surgió la segunda, una luz débil brillaba al fondo como un fuego titilante en la oscuridad.
            Estaba confuso y asustado, no sabía que puerta debía tomar. Ambas tenían luz, una más débil y otra más intensa, ¿pero cuál sería la correcta? Entonces ocurrió algo que fue decisivo para mi elección. Oí una voz que me llamaba a mi espalda, una voz tan familiar que podría haberla reconocido en cualquier parte.
            No había duda posible, seguí a la voz y atravesé la puerta de la débil luz. Mientras la atravesaba entendí una cosa, el mensaje que aquel lugar quería trasmitirme,  algo que debí entender hace mucho tiempo: La vida siempre da segundas oportunidades.


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

jueves, 12 de noviembre de 2015

Reflexión - Sistema (Des)educativo

Hace varias semanas, probablemente haya pasado más de un mes, me encontré por Twitter varios tweets en los que un Cactus se quejaba de la educación que había hoy dia. Esos tweets me hicieron pensar, no en ese tema porque llevo mucho tiempo con las mismas quejas, pero si en contaros a vosotros mi verdadera opinión.
La verdad es que este es un tema del que no et das cuenta hasta que te quieres dar cuenta. Cuando estamos en el colegio, en el instituto o incluso en el bachillerato no nos paramos a pensar de si nuestro sistema educativo es mejor o peor, solo pensamos que tenemos que estudiar, sacar las mejores notas y no darle vueltas a las cosas. Y ese es un gran error.
Porque en realidad este sistema educativo es de todo, menos educativo. Porque el sistema que nos imponen, o mejor dicho que dejamos que nos impongan, no llega a educarnos en ningún momento.
Y los exámenes no son más que un método más para afianzar este pensamiento. ¿Por qué no en vez de hacernos exámenes no nos dejan debatir? En asignaturas que sean apropiadas para ello, obviamente. Porque los exámenes son, como suelo decir a mis compañeros, “Vomitar la información en un folio” y después, olvidar lo aprendido. Pero lo comprendido, eso señores queda para siempre.
No solo se trata de un sistema obsoleto, sino injusto. En el momento en el que la memoria es más importante que el conocimiento nos arriesgamos a que las mejores notas no sean siempre de los mejores alumnos, ni de los más listos. Y no porque los que aprendan de memoria los datos y la información no la merezcan, sino que porque si todo el conocimiento de una persona se mide en base a un examen nos arriesgamos a que un alumno tenga la oportunidad de copiarse, de usar chuletas o dar un cambiazo y así aprobar.
Porque si, hoy dia lo más importante es aprobar y no aprender. Porque nos hemos olvidado que las notas son solo un número, una forma de cuantificar nuestro conocimiento, pero no la forma perfecta. Una persona puede ser la más inteligente del mundo, pero no somos maquinas. Todos podemos tener buenos y malos días, días en los que no podemos concentrarnos, y, por tanto, días en los que no podemos dar lo máximo de nosotros mismos. Lo que terminaría reflejado en las notas.
Yo, como estudiante de Geografía e Historia, aunque más orientado a esta última, me he encontrado de todo. Mejores y peores profesores, más implicados o menos, de una ideología o de otra. Y el problema es que con estos profesores, sobre todo con los últimos, no podía ser yo mismo. Debía ser una construcción de mí que coincidiese con la ideología que profesaba, o al menos era así.
Y esta educación no puede ser la más acertada si yo, en mi caso de historiador, me quiero dedicar a una profesión que es una de las salidas de mi carrera y quiero conseguir el conocimiento para ejercerla tengo que hacerlo por mi cuenta, no se me ponen los medios para alcanzar ese conocimiento o la experiencia. A no ser que sean casos muy puntuales, que por suerte me los he encontrado.
Porque, por desgracia, mi carrera, una carrera que debería ser de comprensión aparte de memorización, no la podemos orientar a lo que queramos. Es una carrera que, si ya de por si tiene pocas salidas, la orientan únicamente a una, la educación. Porque los que la crearon no quieren que de aquí salga gente con la capacidad de razonar sino de memorizar, para que cuando terminemos, y si aprobamos nuestras oposiciones, podamos trasmitir este conocimiento a otra gente, pero solo el conocimiento, no la capacidad de raciocinio. Y los que consiguen esa capacidad es por lo que lo hacen por su cuenta.
Pero que podemos esperar de un sistema educativo que pretende quitar una de las pocas asignaturas que te incitan a pensar como es la filosofía, que sí, yo cuando estaba en el instituto también la odiaba, pero después me he dado cuenta de la importancia que tiene, y pretenden crear un FP de barbarie, tortura y brutalidad, como es el FP de tauromaquia. O acabar con la imaginación de los niños en pos del “Conocimiento”.
Señores, recordad que el sistema educativo no intenta crear ciudadanos, sino robots que no sean capaces de cuestionarse nada.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

lunes, 9 de noviembre de 2015

Reflexión - Uno más

Hay veces en las que me siento especial, pues no hay otra persona igual a mí. Si, puede que haya muchos otros con mi nombre; pero ninguno será como yo. No pienso que escribir me convierta en alguien mejor, aunque sí es cierto que pocos conozco que quieran dedicarse a esto y merecen mi respeto por ello.
            A decir verdad, no hay dos escritores iguales. Si juntases a veinte escritores en una misma sala difícilmente todos escribirían sobre lo mismo; es más, sería una increíble coincidencia que dos de ellos coincidiesen. Incluso entre los escritores de un mismo género (la novela por ejemplo) hay otro elemento diferenciador: la temática, un amplio abanico de oportunidades sobre las que escribir. Terror, aventuras, fantasía, misterio; y esos sólo son unos pocos.
            Dejando eso a un lado y en el caso de que haya dos escritores que escriban sobre el mismo tema (por ejemplo el fin del mundo), ¿eso los hace iguales? No, ni mucho menos. A pesar de escribir sobre un tema común sus historias serán diferentes, pues cada uno tendrá un estilo propio que lo caracterice. Por eso es casi imposible leer dos historias iguales, quizás parecidas o similares, pero nunca iguales.
            No hay que olvidar el encanto del escritor, esa magia única que caracteriza cada obra de cada autor y que solo quienes disfrutan de la lectura comprenderán; pero eso no significa que puedan entenderla. Es complicado pero me usaré a mi mismo como ejemplo. Yo disfrutó de una lectura como el que más, puedo imaginar la historia en mi cabeza y darle vida cada vez que la lea pero eso es todo. Podría intentar leer una historia miles de veces y aún así habría cosas que no podría explicar, pues el único que conoce todos los secretos de su historia es el mismo que la escribió.
            ¿Por qué he titulado “uno más” a esta breve reflexión y no algo así como “la diferencia entre leer y escribir”? No es otra cosa que una referencia a mí mismo que escribo estas palabras, pues ahora mismo solo soy eso, uno más.
            Dejad que me explique: con todo eso no quiero decir que soy una persona más, tampoco que sea solo otro lector. No, a lo que me refiero es que a ahora, en este preciso momento, solo soy un soñador, un aspirante más a convertirme en aquello que admiro: un escritor. Puedo tratar de engañarme a mí mismo pero prefiero ser sincero y decirme la verdad, pues aún es pronto para estar tranquilo.
            Tengo ideas sí, también tengo la convicción y las ganas de escribir; pero como todo en esta vida todavía me queda un largo camino por recorrer hasta alcanzar mi meta.
Esta es una carrera por alcanzar mi sueño pero hay muchos más que quieren lograr lo mismo que yo, eso es lo que lo hace interesante. Ojo, no quiero decir que sea mejor que otros aspirantes a escritor, no me malinterpretéis. Ante todo quiero que la gente disfrute de mis historias, nada me haría más feliz la verdad.
            Hasta que llegue ese día en que publique, soy solo uno más entre todos aquellos que queremos ser escritores, y por tanto, solo seré distinto cuando logre mi cometido. ¿Sabéis donde está la gracia de todo esto? Aun cuando consiga ser escritor, aun cuando publique, no tendré el cielo asegurado pero merece la pena intentarlo.


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

jueves, 5 de noviembre de 2015

Reflexión - Estoy Enamorado

Hoy me he levantado con una pregunta en mi mente, una pregunta que llevo tiempo haciéndome sin saberlo, intentando responderla sin saber siquiera si esa pregunta estaba formulada. Buscaba una respuesta que no sabía que buscaba a una pregunta que no sabía que me hacía.
Hoy me he levantado y me he preguntado ¿Estoy enamorado? Por fin he podido formular con palabras esa pregunta, ese sentimiento que me reconcomía por dentro. Y lo gracioso es que la respuesta, esa respuesta que llevo tanto tiempo buscando, ha aparecido de pronto ante mí. Porque a veces, para responder a una pregunta no hay que encontrar la respuesta, sino formular la pregunta.
Y vosotros, los que me estáis leyendo, os preguntareis cual es esa respuesta, y puedo deciros que sí, que estoy enamorado. Pero de lo que me he dado cuenta es que no es un amor tradicional, convencional, el amor que nos venden. Porque estoy enamorado, sí, pero ¿de qué?
Estoy enamorado de ti, y de mí
Estoy enamorado de las noches, y de los días
Estoy enamorado de la primera luz de un amanecer, y de la última del atardecer.
Estoy enamorado de las mañanas, y de las tardes.
Estoy enamorado de los perros, y de los gatos, y de todos los animales.
Estoy enamorado de los árboles y de las plantas, de los ríos y de los mares.
Estoy enamorado del trinar de los pájaros y el aullar de los perros.
Estoy enamorado de las letras y de la música
Estoy enamorado de lo que veo, y de lo que oigo, de lo que toco, de lo que huelo y de lo que saboreo.
Estoy enamorado de mi familia, y de mis amigos.
Estoy enamorado de la historia y de la ciencia, de la arqueología y de la escritura.
Estoy enamorado del carnaval y de la gente que he conocido gracias a él.
Estoy enamorado de los amigos que tengo a mi lado, y de los que están tras la pantalla.
Estoy enamorado de quien viene y de quien va.
Estoy enamorado del caminante que no para y del durmiente que no despierta
Estoy enamorado del que lucha y del que tira la toalla, del que se arriesga y del que se conforma.
Estoy enamorado del inconformista y del voluble.
Estoy enamorado del que ama y del que odia, del que siente.
Estoy enamorado del decidido y del indeciso, del que sabe lo que quiere y del que busca durante toda su vida
Puede que este enamorado de una muchacha, no lo sé a ciencia cierta, a veces los sentimientos se confunden en mi interior. Tal vez sea amor, tal vez solo obsesión, tal vez hoy no deje de pensar en ella, tal vez lleve años así, tal vez dure años así, o tal vez mañana no piense de la misma manera ¿Qué importa? Que importa todo eso, lo que importa es lo que siento ahora, y quiero llamarlo amor, y no quiero llamarlo nada, no quiero ponerle etiqueta a lo que siento hacia esa persona, aunque hoy, lo llamare cariño especial.
En definitiva, estoy enamorado, y no me oculto, lo digo. Estoy enamorado de la muerte y de la vida. Sobre todo de la vida, pues soy libre de vivirla como quiera y quiero vivirla enamorado. Porque si no vivo enamorado ¿de qué me sirve vivir?


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)

lunes, 2 de noviembre de 2015

Prologo: El Hijo de la Muerte

Nunca admití la existencia de los demonios, para mí solo eran invenciones para asustar a los niños. Siempre pensé que era absurdo que la gente creyera en cosas así, ¿cómo podían creer en algo que no existía? Además si realmente existiera algo parecido alguien habría visto alguno, ¿no?
“Uno cree en lo que quiere creer”, me repetí esa frase muchas veces hasta hoy aunque solo sea una verdad a medias. Por aquel entonces pensaba que los demonios eran una tontería y nadie logró convencerme de lo contrario. Tuve que dar con la verdad de frente, entonces entendí lo siguiente: las cosas no son lo que parecen. ¿Qué como estoy tan seguro de eso? Porque aprendí esa lección de la peor manera posible.
Siempre fui un chico normal, como tú o como cualquier otra persona, o al menos eso pensaba. Si alguien me hubiera contado lo que voy a revelaros ahora lo habría tomado por loco, no es para menos la verdad. Hay cosas que solo te las crees cuando te suceden a ti mismo.
A decir verdad no sé porque escribo esto. Nunca había pensado en contar mi vida, mucho menos en escribirla. A Will y los demás les pareció buena idea, yo no estaba de acuerdo con ellos. Al principio me negué a revivir mi pasado, en especial ciertas partes. Supongo que Jane tuvo mucho que ver en que este haciendo esto, siempre sabe cómo convencerme.
Me gustaría aclarar dos cosas antes de empezar.
En primer lugar no hago esto porque quiero que se me recuerde, de hecho es algo que me trae sin cuidado. Tampoco tengo interés en que se sepa todo lo que he vivido, la idea no es que me haga mucha gracia. En verdad no hay ningún motivo, aunque sería mentira si digo que lo hago solo por Jane. He pasado por muchas cosas, malas en su mayoría, aunque también hay fragmentos de mi vida que recuerdo con alegría. Escribir mi historia es secundario, podría decirse que solo necesito hacerlo para liberarme de ciertos recuerdos y seguir adelante. Si, supongo que es eso.
La otra razón es la más importante. Sé muy bien que hay más como yo, chicos y chicas que en algún momento de su vida se sentirán perdidos y no sabrán que hacer. Me sentí así hace mucho tiempo, ahora esos días son solo un recuerdo lejano pero no es algo que se pueda olvidar con facilidad. No tengo ni idea de si servirá de algo pero pienso que hablar de mi pasado les ayudará, conocer la experiencia de alguien más no les haría sentir solos. Quizás me equivoque y no ayude a nadie, aún así tengo que hacer esto. No, necesito hacer esto.
Para contaros mi historia debo volver muchos años atrás, a la época en que desconocía que había mucho más de lo que podía ver, volver a la tierna edad de 12 años.
Mi nombre es Tyler, aunque la gran mayoría me conoce por mi código. Podría decíroslo pero es mejor que lo descubráis vosotros mismos leyendo esto, no os será muy difícil. No voy a engañaros, esta no es una historia alegre. De hecho los primeros años de mi experiencia como guardián fueron horribles, aunque ahora agradezco haber pasado por ellos. Resulta irónico que lo diga la verdad, a nadie le gusta sufrir y que conste que tengo experiencia en eso.
Bueno, será mejor que empiece. Todo comenzó…


                                                                 Antonio Galindo López (antoniogl_94)

Relato-reflexión - Disfrutemos de las pequeñas cosas 2.0

Creo que el sol se alza poderoso en el cielo, pero no puedo ver nada más que los rayos que se cuelan entre las verdes hojas de la cúpula de árboles que se yerguen sobre mí.
Miro a mi alrededor, no veo más que el marrón de los troncos y el verde de las hojas. Oigo a lo lejos el trinar de un pájaro que sobrevuela libremente las copas de los árboles, el ligero murmullo del agua correr en algún riachuelo cercano. Tal vez si fuese a visitarlo me encontraría con un cervatillo bebiendo agua, o con cualquier otro animal. O tal vez vea que la naturaleza no es tan caótica y salvaje como nos la pintan, tal vez vea al reino animal bebiendo tranquilamente, sin asustarse, huyendo si ven aparecer al único gran depredador que los cazaría a todos sin compasión, el hombre.
Lejos queda ya ese día en el que, sin saber cómo ni porque, olvidando lo que tuviese que hacer, que aún hoy no he conseguido recordarlo, me senté sobre las arenas de una playa dejando que el tiempo y el mundo corriesen libres. Mucho tiempo había pasado desde ese momento, desde el día que comprendí que la belleza estaba más allá de lo que la sociedad me mostraba. Que la belleza estaba en las pequeñas cosas que había a nuestro alrededor, las cosas que eran perfectas en su imperfección. Durante mucho tiempo deje que las luces de la ciudad me cegasen, impidiesen que mirase más allá. No me dejaban ver la luna y las estrellas, no me dejaban ver que la noche no era tan oscura como nos decían, sino que estaba iluminada por las estrellas, como bombillas en la bóveda nocturna. Los altos rascacielos no me dejaban ver que, a veces, para llegar a lo más alto simplemente hay que quedarse a ras de suelo, que no todo lo que vale la pena está por encima de las nubes, que en el suelo, a nuestro lado, podemos encontrar un millar de cosas que nos inspiren. Deje que las piscinas me hiciesen olvidarme de los mares, los parques de los bosques, los campos de futbol de las verdes praderas. Pero todo eso se acabó, pues al fin he abierto los ojos al mundo.
Me miro a mi mismo de arriba abajo,  nada queda del caro traje que llevaba hace tiempo, ni del hombre que lo utilizaba. Los pantalones negros estrechos, los pantalones que me oprimían hasta el alma, han desaparecido, y en su lugar tengo unos pantalones claros, llenos de bolsillos, anchos, que me dejan libertad. La chaqueta y la camisa han dejado paso a otro tipo de camisa, más ancha, que no limita mis movimientos, ni mis acciones. El bolsillo donde antes llevaba mi inseparable y caro móvil ahora tiene un cuaderno, donde voy apuntado todo lo que vivo. Mi maletín, el que llevaba lleno de papeles, lo he sustituido por una mochila, una gran mochila con todo lo necesario para sobrevivir.
Ya nada queda del hombre que fui antes, tan solo el eco lejano de los recuerdos. Ahora soy diferente, ahora, por fin, soy yo mismo. He dejado de lado las exigencias de la sociedad para centrarme en mi mismo, he dejado de vivir por la sociedad para vivir por mí mismo. He dejado de ser un esclavo del sistema para ser libre.
Ante mi veo la inmensidad de un mar verde que no tiene fin. Es un nuevo horizonte para mí, un nuevo destino, y lo voy a explorar completamente, ya nada me limita, ya nada me ata. Soy libre, y voy a aprovechar mi libertad.


José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25)