miércoles, 17 de febrero de 2016

Reflexión - Religión

A ti, que me estás leyendo, no sé si eres cristiano, protestante, judío, islamista, evangelista, budista… y tantas y tantas religiones. Yo te puedo decir que no, no lo soy, yo soy yo, sin más sin menos. Aviso a navegantes, si te consideras religioso y no quieres oír la opinión de alguien que no lo es y que puede llegar a cuestionar tus creencias, deja de leer. Si eres religioso, pero te gusta leer otro tipo de opiniones, o si no lo eres, te invito a que te quedes. Yo no voy a intentar hacerte cambiar de opinión religiosa, solo voy a plasmar la mía.
Antes de continuar, es más, para poder hacer mi reflexión debo decir que mi orientación religiosa es el deísmo, pero no.
“El deísmo es la postura filosófica que acepta el conocimiento de la existencia y la naturaleza de Dios a través de la razón y la experiencia personal, en lugar de hacerlo a través de los elementos comunes de las religiones teístas como la revelación directa, la fe o la tradición. Dios es un creador u organizador del universo, es la primera causa. En general, un deísta es aquel que se inclina a aseverar la existencia de Dios, pero no necesariamente practica una religión, y además niega la intervención de Dios en el mundo.” Esta es la definición que podemos encontrar en la sagrada Wikipedia sobre el deísmo.
Hasta cierto punto yo me considero más cercano a esta postura que a cualquier otra. Pero a lo largo de mis cortos años de vida, de mis lecturas, de mis ideologías y de mis vivencias he creado mi propia ideología, mi propio deísmo, al que únicamente de adscribo yo.
Yo voy un paso más allá, para el deísmo considera que Dios no interviene en el mundo. Para mi Dios no es un ente superior al ser humano, sino como la simple inercia de la existencia humana.
La incapacidad del ser humano como colectivo, y no como individuo, de comprender algo más allá de su propia existencia, o ya simplemente su propia existencia, conlleva la necesidad de un Dios.
Este Dios no sería más que la invención, la creación realizada a imagen y semejanza del hombre, no al revés como por ejemplo nos pregonan las sagradas escrituras cristianas.
Nuestra limitación humana, nuestra imperfección, nos lleva a intentar crear un verdadero ser perfecto, ilimitado, que nos ayude a comprender todo lo que no comprendemos. El principal problema es que en los tiempos que corren nos es más fácil comprender lo incomprensible, por lo que esta figura no deja de ser un recuerdo de una época medieval.
Pero la limitación humana no solo nos obligó como colectivo a crear a Dios para comprender algo superior a nosotros mismos. También nos obligó a crear a Dios para comprender algo más allá de nosotros mismo. Sí, me refiero a la mítica pregunta sobre la “Vida más allá de la muerte”.
En este aspecto entro en varios conflictos. Para empezar, yo no soy de los que piensan que hay vida más allá de la muerte, la muertes es muerte, sin más, aunque también considero que estamos equivocados sobre nuestra visión de la muerte, pero eso lo explicare en otra ocasión.
Pero es esta incapacidad de comprender que la muerte es muerte, es el final y a la vez puede ser un principio lo que nos lleva a crear un ser superior, un ser infinito, omnipresente y todopoderoso, que a su vez sea capaz de crear un lugar en el que las almas de los que han muerto puedan descansar para siempre. Pero no puedo dejar de pensar que esto es contradictorio, pues nos esforzamos en creer que el ajetreo de la vida desaparece pero que nuestra alma prevalece pero ¿Para qué? ¿Para permanecer durante toda la eternidad en un retiro inmaterial? ¿Un lugar en el que por el simple hecho de prevalecer durante toda la eternidad tu alma se enfrenta al olvido? ¿Acaso no es el olvido la verdadera muerte del alma y del ser humano?
Aunque ese, como el de la muerte, es un tema demasiado amplio como para abarcarlo aquí, pues no podemos olvidar que junto al paraíso también se creó el infierno, aunque con siglos de diferencia, y todo responde a necesidades de diversas entidades.
Pero ustedes diréis “Si tan claro que Dios no existe ¿Por qué eres deísta y no ateo?” Pues sorprendentemente os diré que soy ambas cosas a la vez, algo incomprensible ¿Verdad?
Soy deísta, porque he crecido con la inculcación de la ideología cristiana de creer en un dios, por tanto, soy participe y cómplice de esa inercia de la existencia humana, aunque no de forma natural sino adquirida.  Por tanto, sí, soy deísta por haber crecido siendo cristiano.
Pero además soy ateo, porque a pesar de todo, a pesar de mi parte de inercia humana, mi parte racional, mi parte científica me dice que no, que Dios no existe, que no es más que la invención humana.
Así que, a modo de resumen, podemos decir que yo soy un Deísta Ateo. Creo en que el ser humano necesita creer en Dios, pues es incapaz de abarcar algo más amplio que su propia existencia, pues nos es imposible comprendernos a nosotros mismos como para comprender algo tan basto e infinito como el espacio.
Si aún hay gente que se necesita preguntar la finalidad de la vida, que en realidad no es otra que vivir, no podemos descartar que haya gente que no comprenda la creación del universo sin la ayuda de un ser superior.



José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25 o @escritorOrtega)

lunes, 15 de febrero de 2016

Relato - El lobo solitario 3

La arena lo acompañó durante un par de días más en su viaje, ya no le molestaba el calor del día ni el frío de la noche. Acabó por acostumbrarse, ya que en eso consistía la supervivencia, en adaptarse al cambio de entorno. El único problema fue la falta de agua, pues el agua del mar tenía un gusto horrible y acrecentaba su sed en vez de aliviarla.
            El tercer día avistó un paisaje desconocido. No era un cambio leve como sucedió cuando llegó al mar, sino un cambio completo. A medida que avanzaba la arena desapareció por completo, en su lugar lo que encontró fue roca. El suelo bajo sus pies era duro, nada que ver con la suavidad de la arena.
            A su alrededor la naturaleza volvió a cobrar vida. Vio árboles y arbustos, flores y roca, pues era el elemento reinante en ese nuevo lugar. Había muchas clases de rocas: las había tan pequeñas, que apenas se percataba de su existencia hasta que las pisaba; otras eran mayores que él e incluso más grandes; pero nada tenían que ver con las gigantes, que se elevaban hacía el cielo hasta el punto de que no podía ver a donde iban. ¿Llegarían realmente al cielo? Eso no podía saberlo, pues eran demasiado escarpadas y ascendían hacía arriba, de forma que aunque el lobo quisiera no podría subir por ellas.
            Reconoció varios sonidos familiares en ese nuevo lugar. El primero que oyó fue el trinar de los pájaros, una dulce melodía que hacía mucho que no oía. Por supuesto no solo disfrutaba de sus voces, pues también tenían buen sabor y serían la mejor comida que había tenido desde que partió de viaje. Lo siguiente que llegó a sus orejas fue el rumor del agua, el calmo sonido de un río en alguna parte.
            <<Por fin podré beber agua>> pensó el lobo con tremendo alivio, pues la necesitaba desesperadamente.
            Sus esfuerzos se concentraron en localizar el río, una tarea que no le resultó nada fácil. Descubrió que aquel lugar era enorme y que las apariencias podían engañar, que el río estaría mucho más lejos de lo que el sonido le indicaba. Buscó largo rato el río, se escondía muy bien. No estaba entre los árboles, tampoco lo encontró detrás de los arbustos, ni los pies de aquellas rocas gigantescas lo ocultaban. ¿Dónde estaría el agua?
            Si no podría encontrarlo, entonces tendría que confiar en que la suerte lo llevase hasta él. Con ese pensamiento en mente caminó por uno de los tantos caminos que encontró, uno que formaba un pasillo entre dos de esas rocas gigantescas, lo bastante espacioso para que pudiese pasar con comodidad. Volvió a oír el sonido del agua fluyendo, esta vez con mayor claridad. Animado por poder encontrar la ansiada agua, el lobo corrió para llegar lo más rápido posible.
            Al final lo que encontró fue sorprendente. El suelo rocoso se acababa más adelante, formando una caída de varios metros. Abajo del todo estaba el agua, tan lejos que no podía alcanzarla. Por suerte para el lobo un sendero a la derecha descendía, pero era un camino angosto y peligroso. Si quería beber no tenía otra opción que bajar.
            El descenso no fue nada fácil. Sus patas muchas veces estuvieron a punto de pisar una roca suelta y precipitarse al vacío, un paso en falso podía matarle. A medida que bajaba podía escuchar mejor el agua, pero había algo que el lobo no entendía. Había buscado el agua largo tiempo por todas partes y la había encontrado más lejos de lo que pensaba, ¿cómo era posible que oyera el agua entonces? Poco tiempo pudo pensar en ello, pues llegó al final del camino.
            La tierra era más blanda en la orilla, un bosque se extendía detrás del río pero ahora solo le importaba el agua. Se acercó al río y bebió en abundancia, aquella agua estaba limpia y sació por completo la sed que había soportado desde que se internase en el desierto. Tampoco le había atacado ni pareció que su presencia le molestase, le dejo beber sin ningún problema.
            Con su sed ya saciada se internó en el bosque, ahora era comida lo que necesitaba y el piar de los pájaros auguraba una buena caza.
           
            Permaneció en aquel lugar varios días y aprendió mucho de él. Descubrió que no solo había pájaros, sino también conejos y otra clase de animales pequeños; una vez incluso vio un ciervo del que dio buena cuenta, fue su mejor cacería en mucho tiempo. Una de las cosas que más le sorprendió fue saber el motivo por el que oía el agua desde tan lejos. Eso era cosa de las rocas, que arrastraban el sonido a lo largo del entorno, bien para llevar allí a quien lo buscara o para confundirlo. Otra cosa que el lobo tuvo clara desde su llegada fue que había dos partes bien diferenciadas: la parte rocosa y la parte boscosa. La mayor parte del tiempo permaneció en la zona boscosa, cazar era mucho más fácil allí; solo iba a la parte rocosa cuando quería explorar, pues poco encanto tenía un paisaje compuesto mayormente por rocas.
            Era un lugar agradable para vivir, allí no le faltaba de nada. Muchas veces pensó el lobo que ese podría ser su nuevo hogar, que su búsqueda había llegado a su fin. Podría haber sido así, el lobo se habría quedado allí si por él fuera. Lamentablemente algo sucedió.
            Ocurrió cuando el sol aún brillaba en lo alto, mucho después de la mañana pero demasiado pronto para ser de tarde. El lobo descansaba plácidamente a la sombra de los árboles, había cazado a su segundo ciervo y estaba saciado. Lo atrapó en la zona rocosa y como estaba cansado de la cacería, decidió descansar allí mismo bajo los primeros árboles que encontró. No lo había devorado por completo, dejó parte del costado por si luego tenía más hambre.
            El lobo tenía los ojos cerrados, disfrutaba del suave viento acariciando su pelaje. Entonces oyó un sonido conducido por el suelo de roca, luego otro más fuerte. Abrió los ojos y se concentró en el ruido, era siempre el mismo y cada vez se oía más cerca. No tardó en ver la fuente del ruido, se levantó nada más verlo.
            Por uno de los caminos, el que llevaba a unas cuevas, venía un oso enorme. Era mucho más grande que cualquiera que hubiese visto antes, su pelaje era de un marrón oscuro y parecía furioso. El lobo se puso en guardia pero no erizó el lomo, contra un oso tan grande no tenía posibilidad alguna de ganar. Le superaba ampliamente en tamaño y por si fuera poco era robusto, seguramente tenía tanto pelo que ni siquiera alcanzaría a hacerle rasguños con sus dientes.
            El oso tenía las fauces abiertas, sus colmillos eran enormes y amenazaba con destrozar a cualquier cosa que mordiera. Unos cuantos pasos más bastaron para que lo tuviera a una distancia preocupante.
            -Así que tú eres el animalejo que ha estado cazando en mi montaña –su voz era grave y tenía un matiz peligroso. Miró al cadáver del ciervo y luego volteó hacia el lobo-. ¿No tenías bastante con matar un solo ciervo? Apenas quedan unos pocos y tú ya has matado a dos.
            -No sabía que alguien viviera aquí –se excusó el lobo. Estaba a la defensiva, listo para correr en cualquier momento-. Este lugar es bastante grande. Podemos vivir los dos aquí.
            El oso bramó, mostrando todos sus dientes en una mueca feroz.
            -¿¡Te atreves a apropiarte de mí montaña!? –El oso se irguió sobre dos patas, haciendo alarde de su impotente figura-. ¡No solo te comes mis presas, sino que además te crees con derecho a hacerlo!
            El lobo retrocedió varios pasos. Aquel oso parecía terriblemente territorial y su furia crecía a cada momento que pasaba.
            -Lamento haberme comido tus presas –el lobo retrocedió hasta quedar a pocos pasos del árbol-. Me marcharé ahora.
            -¡Ya lo creo que te irás! ¡Te echaré yo mismo!
            Con un potente rugido el oso se puso a cuatro patas y cargó contra el lobo, que por suerte pudo apartarse en el último minuto. La embestida del oso fue tan fuerte que el árbol tembló con una violenta sacudida. El lobo no necesitó más motivos, comenzó a correr en dirección contrario.
            Oyó un nuevo rugido y las fuertes pisadas del oso a su espalda. Si lo cogía estaba muerto, lo aplastaría con sus zarpas si lo cogía. El lobo corrió por el primer camino que vio, no tuvo tiempo para pensar cual era. Las pisadas del oso sonaban aterradoramente cerca, si se detenía un solo segundo estaba acabado.
            El lobo no pensó en que camino había escogido, cuando lo descubrió ya era tarde. Había acabado al borde del suelo de piedra, abajo solo le esperaban varios metros de caída y el río. No tenía tiempo para bajar por el otro camino, era demasiado peligroso correr por allí y el oso lo atraparía.
            Un rugido más fuerte que los anteriores lo hizo temblar, las pisadas del oso sonaban demasiado cerca. No tuvo tiempo para pensar en una solución, se lanzó hacia el río. Si hubiera tardado unos segundos más en tomar esa decisión el oso habría acabado con él, aun así noto el aire moverse por un fuerte zarpazo destinado a él.
            Ya no le importaba el oso, que rugía a su espalda furioso. Solo podía ver el agua, cada vez más cerca, la caída era inminente. Con un fuerte chapoteo, el lobo cayó al río.


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

jueves, 4 de febrero de 2016

Reflexión - Tiempo de elegir:

La vida es como un camino eterno, lleno de posibilidades, con tantas alternativas que sería imposible que dos personas viviesen de la misma forma; incluso si lo hicieran (que de por sí ya es difícil) algo harían que los diferenciase. Lo que quiero decir con esto es que la vida es un juego, uno en el que cada pequeño paso puede suponer la diferencia.
En esta ocasión vengo a hablaros de eso mismo, de elecciones. Tomamos elecciones todos los días, algunas más importantes que otras pero elecciones al fin y al cabo, desde las más triviales como que comer o cuando hacer tal o cual cosa hasta elecciones de vital importancia como el trabajo (a fatal de otro ejemplo mejor). Si, en eso consiste la vida, en elegir en todo momento. Supongo que esa es una características propia de las personas, que podemos elegir en cualquier momento (ojo, no digo que los animales no puedan elegir pero está claro que no de la misma forma que las personas).
Como todos en la vida he cometido errores, tomé decisiones erróneas y tuve que pagar por ellas de una forma u otra. Siempre he sido una persona terca, pensaba que llevaba razón, que mis elecciones eran las correctas y ese fue mi mayor error; no fue hasta hace poco que me di cuenta, mejor tarde que nunca dicen, pero el tiempo es algo que jamás puede recuperarse.
Hoy es un día como cualquier otro, nada lo hace distinto. Es un día tan bueno como otro para elegir, pero yo elijo este. Llega un momento en la vida en que hay que elegir, no sabes cuándo sucederá pero llegará y entonces tendrás que elegir, y lo que elijas ese día te marcará para el resto de tu vida.
Ese momento ha llegado para mí. Hasta ahora me he escondido en mis errores, me he rendido a la menor oportunidad, he tomado elecciones sin pensar en las consecuencias y todo eso me ha cerrado muchas puertas; pero ya no más. Hoy estoy dispuesto a avanzar, este día marca el inicio de una nueva etapa para mí, ¡y voto a brios que no volveré a flaquear!
La vida es una lucha y cada uno debe librar la suya, desde hoy me aseguraré de que mis pasos me lleven a la victoria. Dejadme preguntaros algo, ¿dejáis que vuestras elecciones condicionen vuestra vida o sois vosotros los que condicionáis vuestras decisiones?


                                                                       Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

lunes, 1 de febrero de 2016

Relato-Reflexión - El color de la Naturaleza

Me muevo lentamente en mi rama, el sol del amanecer me ha despertado. Primero muevo una pata y me agarro fuertemente, después la otra, y otra, y la ultima. De lado he dejado mi arbusto, hoy prefiero subirme a la copa de un árbol, allí donde el sol me dé completamente. Quiero estar en una de las ramas y poder ver que hay a mí alrededor.
Debe de hacer mucho que no subo a un árbol, porque todo a mí alrededor ha cambiado. Antes todo lo que me rodeaba era verde, estaba lleno de árboles y de matorrales, ahora no sé lo que me rodea. El verde ha sido sustituido por el gris, no sé qué es lo que me rodea, pero que arboles más raros.
Algunos son mucho más altos que los árboles, y no tienen ramas, únicamente el tronco recto. Se alzan más allá de donde la vista me permite ver. Y son más anchos que cualquier árbol que haya visto jamás. Casi no puedo ver los límites del que tengo más cerca de mí.
Todo ha cambiado, poco a poco todo ha ido cambiando de forma lenta pero inexorable. Incluso el cielo ha cambiado, ese cielo que me saludaba casi todas las mañanas con su azul intenso ahora se había tornado gris. Algo había en el aire que hacía que fuese más pesado, era más difícil poder respirar.
Incluso mis oídos han notado el cambio. Nada queda de esa tranquilidad, ese silencio roto por el tímido sonido de alguno de los animales que vivía en el bosque había sido sustituido por el ruido que se generaba en el nuevo bosque gris.
Pero no solamente ha cambiado el paisaje, el inmenso bosque verde se ha convertido en una inmensidad gris y negra. También han cambiado mis vecinos. Ya no veo a ninguno de los otros animales que vivían en este bosque, ya no hay ciervos, no hay ardillas, casi quedan pájaros.
En su lugar han llegado dos animales nuevos, diferentes, extraños. Hay unas criaturas grandes que se mueven a cuatro patas, hacen un ruido ensordecedor y se mueven rápidamente. Deben de ser algún tipo de reptil, como yo, porque su piel brilla bajo el sol, pero no hay dos iguales.
Las otras criaturas son aún más extrañas. Parecen monos, pero les falta mucho pelo. No trepan a los árboles, sino que van caminando únicamente sobre sus patas traseras. Sus pieles son raras, van cubiertas por algo que no las deja ver, además de haber muchos colores, pueden que sean como yo y se adapten a su alrededor.
Aunque hay algo extraño en ellos, no paran. Van a todos lados corriendo, se montan dentro de esos extraños animales de cuatro patas para que los lleven más rápido a donde quiera que vayan. No los comprendo, con lo placentero que es ir lento, disfrutando de cada paso, disfrutando del paisaje que hay a mi alrededor.
Pero a mi alrededor apenas queda paisaje, apenas hay árboles, solamente puedo ver algunos árboles, algunos arbustos, el resto ha sido sustituido por esos extraños arboles grises.
Tal vez simplemente tenga que adaptarme, tal vez al igual que me adapto a los arboles de mi alrededor deba adaptarme a esos nuevos árboles, volver mi piel gris y seguir disfrutando. Tal vez deba adaptarme a mi entorno.

José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25 @escritorOrtega)