sábado, 30 de julio de 2016

¿Así quieres ser escritor?- Charles Bukowski

Buenas soñadores, hoy quería compartir con vosotros un poema reflexión que acaba de llegar a mis manos. Seguramente conozcáis a su autor, el maravilloso Charles Bukowski, del cual he leído poco, pero lo poco que he leído me ha dejado encandilado. Sin mas, aquí os dejo el poema (Ortega)


Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
o clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,
no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro,
olvídalo.
Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti,
haz otra cosa.
Si primero tienes que leerlo a tu esposa
o a tu novia o a tu novio
o a tus padres o a cualquiera,
no estás preparado.
No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,
no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas,
no lo hagas.
 Cuando sea verdaderamente el momento,y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y 
seguirá sucediendo hasta que mueras 
o hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo.

martes, 19 de julio de 2016

Relato - El chico que lo tenía todo

Hubo una vez un chico que tenía todo lo que le hacía feliz: familia, amigos, trabajo. Solo él dinero le faltaba, pero nunca lo había necesitado para ser feliz o al menos eso pensaba, pues un día la vida decidió ponerle a prueba. Esto fue lo que sucedió.
Era un día como cualquier otro, nada indicaba que fuera distinto. El chico volvía del trabajo por el mismo callejón de siempre. La gente solía evitar ese camino, decían que no era un lugar seguro para pasar de noche pero eso a él le daba igual, sabía que era el camino más corto y eso le bastaba.
No había salido muy tarde del trabajo, aún faltaba un poco para el anochecer y el sol empezaba a ocultarse por el horizonte. Le sorprendía haber acabado tan pronto, raro era el día en que salía antes de las diez pero tampoco era cuestión de buscarle una explicación, simplemente salió antes y eso era bueno.
Al no pasar nadie por allí, se sorprendió al ver a una mujer apoyada en la pared. No parecía estar haciendo nada en particular, simplemente estaba apoyada en la pared en actitud relajada. Pasó por su lado sin decirle nada, fue ella la que le habló.
— ¿Quieres un deseo? —le preguntó sonriendo.
La pregunta le pilló de improviso, no parecía muy lógica. Miró a la mujer, era guapa y no parecía peligrosa. No había entendido su pregunta, tampoco es que fuera muy normal.
— ¿Cómo ha dicho?
—Puedo concederte un deseo, el que sea —dijo la mujer con una enigmática sonrisa, sus ojos eran de un verde intenso. Pensó que eran demasiado bonitos, casi como joyas.
— ¿Es alguna clase de broma? —preguntó el chico con guasa. La expresión de la mujer no cambió, lo que sorprendió al chico—. ¿Va en serio?
—Veo que necesitas una prueba. ¿Qué tal esto?
Movió las manos hacia la pared y está se iluminó mágicamente con un resplandor blanco. El chico retrocedió por instinto, más por sorpresa que porque considerase a la mujer una amenaza. Quizás no estuviera de broma. Si podía hacer eso, ¿qué más sería capaz de hacer?
—Tú ganas, te creo —respondió el chico sorprendido, entonces pensó en su deseo. Había muchas cosas que podría pedir, pero solo una que le solucionaría la vida para siempre—. ¿Podrías hacerme rico?
—Puedo hacerlo, pero déjame advertirte algo. Corres el riesgo de perder todo cuanto amas. Aun sabiendo eso, ¿sigues queriendo tu deseo?
—No dejaré que pasé  —contestó el chico con confianza.
—Está bien. Cierra los ojos
El chico obedeció enseguida, entonces notó las manos de la mujer en su frente. Acto seguido sintió que un sueño intenso lo invadía, antes de que se diera cuenta ya estaba en el suelo.

Poco después abrió los ojos y buscó a la mujer, pero no la encontró ni tampoco estaba en el callejón. Estaba en una habitación que no conocía, metido en una cama enorme y rodeado de todas las cosas que siempre había querido. Había una canasta colgada en la pared y un saco lleno de balones de baloncesto, una televisión de plasma en un mueble lujoso, varias estanterías repletas de libros en una esquina y, para su sorpresa, una caja fuerte  en la pared izquierda.
« ¿Qué está pasando aquí?»
Se levantó de la cama y salió de la habitación. Al parecer estaba en una especie de mansión de pasillos enormes, habitaciones por doquier y llena de lujos que él jamás habría imaginado. Después de echar un vistazo a la planta de arriba, bajó por unas escaleras decoradas por una alfombra roja y llegó a un recibidor enorme. Todo lo indispensable se fusionaba en esa sala: un salón con vistas a un enorme jardín a la derecha, la cocina en un rinconcito a la izquierda, la barra a la derecha de las escaleras y varias puertas repartidas por la sala.
Estaba realmente complacido, era mucho mejor de lo que esperaba. Tenía de todo en una misma habitación y podría hacer su vida perfectamente sin salir de allí, pero había algo que lo tenía intranquilo. Un silencio incomodo invadía toda la mansión, no vio ni una sola persona desde que saliese de su habitación y tampoco encontró señales de que alguien aparte de él viviese allí.
Sus sospechas desaparecieron al ver a una mujer sentada de espaldas a uno de los sofás del salón, la reconoció al ver su melena rubia. De repente la alegría le embargo y salió corriendo hacía el sofá, tan contento estaba que saltó por encima y cayó en los mullidos cojines del sofá.
— ¡Cariño, no sabes cuánto me alegro de verte! —le dijo sin mirarla, viendo el jardín a través de las puertas de cristal—. Mira esta mansión, y es toda nuestra.
—Reconozco que no está nada mal pero es un poco solitaria, ¿no te parece?
Aquella no era la voz de su novia, pero recordaba haberla oído antes. Se giró para ver a la mujer, la reconoció enseguida. Era la misma que le había concedido todo cuando le rodeaba, la misteriosa mujer del callejón; pero era diferente. Ahora su pelo mostraba un rubio radiante, exactamente igual al de su novia, pero recordaba claramente que era pelirroja. Sus ojos seguían siendo iguales, de un verde esmeralda tan intenso como joyas. Estaba agazapada en el sofá, completamente relajada, como si viviera allí. Le sonreía sin quitarle la vista de encima.
¿Por qué estaba ella allí? Tenía que ser su novia, no esa mujer. Además se había cambiado el pelo para parecerse a ella, eso no lo hizo ninguna gracia.
— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó molesto, pero sonó más amable de lo que pretendía—. ¿Dónde está mi familia? ¿Por qué solo estamos nosotros en esta mansión?
La expresión de la mujer cambió al instante, su sonrisa se volvió triste como una noche sin luna. Se incorporó y le tomó la cara entre las manos, le sorprendió que se tomara tantas confianzas pero no dijo nada. Sus ojos se cruzaron con los suyos, la intensidad de su mirada le abrumó.
— ¿De verdad quieres saberlo? —le preguntó con voz suave, pero con un matiz de tristeza—. La respuesta no te va a gustar.
—Por favor —le pidió él.
La mujer asintió y le besó la frente, después retrocedió pero sus manos no soltaron su rostro. El chico no sabía porque lo hacía, pero no tardó mucho en saberlo. De repente su cabeza se llenaron de recuerdos desconocidos, momentos que no recordaba: él discutiendo con su familia, su novia y él rompiendo en ese mismo salón, sus amigos saliendo de su casa con el ceño fruncido.
—Para —pidió con voz ahogada.
Pero las imágenes no cesaron. Aquellos falsos recuerdos siguieron llegando sin parar, pasando cada vez más deprisa y repitiéndose una y otra vez, como un bucle que pasaba a una velocidad abrumadora. Sabía que eso no había pasado, pero le dolía.
Quería escapar pero no podía, estaba clavado en el sitio. A pesar de la dulzura de su toque, sus manos no lo soltaban y lo sujetaban cuando lo que él quería era derrumbarse. ¿Por qué hacía todo eso? ¿Por qué lo torturaba con mentiras?
—Basta —rogó al borde del llanto—. Para, por favor. ¡Para!
Entonces la mujer lo soltó y él cayó de rodillas al suelo. Le faltaba el aire, sentía como si tuviera un agujero en el pecho y este creciera cada vez más. Una lágrima resbaló por su mejilla y cayó en la moqueta, las demás cayeron después en sucesión.
—Es mentira —dijo con voz débil, lastimada—. No puede ser verdad, todo es mentira.
Sintió que la mujer se movía, la vio arrodillarse a su lado y, acto seguido, lo acunó entre sus brazos. Él la dejo hacer, hundió la cabeza en su hombro y cerró los ojos, no quería ver nada, solo olvidar. La mujer le acarició el pelo como si fuese un niño y lo abrazó, cosa que le calmó profundamente y que, de cierta forma, le recordó a como su madre lo abrazaba cuando era pequeño.
—No es real, ¿verdad? —le preguntó, su voz sonaba amortiguada por el hombro de la mujer.
—Aún no lo es, pero podría serlo —le respondió ella acariciándole la cabeza—. La decisión es tuya.
—No quiero esto, no si tengo que perder todo lo que quiero —dijo el chico, sintiendo arrepentimiento pese a no haber hecho nada.
— ¿Deseas volver? ¿Renunciarías a todo esto, a lo que en el fondo querías, por el amor de tu gente?
—Yo no quería esto, solo deseaba tener una vida más sencilla, una vida en la que pudiera darles a ellos todo lo que quisieran.
La mujer sonrío, él no podía verlo pero ella lucía una sonrisa satisfecha. Sin soltar al muchacho, se agachó a la altura de su oreja y le susurró al oído.
—Duerme, pequeño. Duerme…
El chico abrió los ojos y se sorprendió al ver que estaba de vuelta en su habitación, la misma en la que había dormido durante años. Su novia dormía plácidamente a su lado, su melena rubia se desparramaba por la almohada. Se había dormido abrazada a él, igual que siempre.
«Sólo ha sido un sueño»
Volvía a respirar tranquilo, ahora entendía que había sido un necio por desear algo tan estúpido como volverse rico. Tal vez lo sería algún día, pero antes tendría que trabajar duro por ello, sin olvidar a las personas que habían estado con él desde siempre a lo largo del camino. Ahora entendía lo que su padre le dijo una vez: “lo importante no es tenerlo todo, sino ser feliz con lo que tienes”.
Cerró los ojos y dejo que el sueño le invadiera, dejo que su consciencia se hundiera y pronto dejo de pensar. Su último pensamiento fue para la misteriosa mujer de su sueño y, antes de quedarse dormido, musito un ‘gracias’ para ella.
Lo que él no sabía, era que en alguna parte de la ciudad la mujer de ojos esmeralda sonreía y que en una libreta tachaba su nombre, poniendo al lado las siguientes palabras: “será un buen hombre”.


Antonio Galindo López (@antoniogl_94)

sábado, 16 de julio de 2016

Las palabras vuelan




Pues si, sorprendentemente, desde otros blogs nos piden colaborar, por lo que aquí os dejaremos todas esas historias que contamos en el basto internet.

Vuela: este es un maravilloso blog en el que un pajarillo Rose deja volar sus palabras para llegar a cada rincón del alma. Aquí hemos colaborado con:
La Inspiración de Euterpe Escrito por Ortega, que ha querido aportar una pequeña poesía
La sirena de Max Escrito por Galindo, que ha aportado un relato

Relato - Libertad sobre ruedas

 Ya va siendo hora de ponernos en marcha, hace ya mucho tiempo que el sol ha asomado por el horizonte, y esa lejana línea nos llama, nos espera. Inspiro profundamente, el olor del asfalto, la tierra, la gasolina y el cuero llena mis pulmones. Ese olor tan familiar, que lleva años acompañándome.
Lentamente me desperezo, casi parece que ha pasado una eternidad desde la última vez que hice esto. Mis manos ya lo echan de menos. Aprovecho que me estoy estirando para ponérmelo.
Da igual el calor que haga, da igual que lleve una manga corta o una manga larga, da igual que vaya solo o acompañado, la chupa debe ir conmigo. No es una simple prenda, es parte de mí, es mi segunda piel. En ella, a mi espalda, una calavera sonríe burlonamente a todos aquellos que dejo detrás, recordándoles que un “Pirata” ha sido capaz de superarles.
Por el frente, mi segunda piel muestra varios parches más, cada uno con su significado, cada uno ganado, pero el que más me ha costado, del que más orgulloso me encuentro, es de aquel que pone V. Presidente, el culmen de una vida dedicada a mis hermanos.
El sol va a pegar fuerte, y no hay nubes que nos proporcionen ni una mísera sombra. El casco pegara calor, por lo que cojo mi pañuelo negro y me lo pongo en la cabeza a modo de bandana, para que en ningún momento el sudor me entre en los ojos.
Ya está todo preparado, me he puesto los guantes, disfruto del sonido que producen cuando abro y cierro varias veces las manos, para comprobar si se han colocado bien. Ya va siendo hora de salir, no hay tiempo que perder, pese a no tener nada relevante que hacer.
Me acerco a la puerta del club, esos vagos aún no han salido, espero que no me hagan entrar a por ellos. Doy varios golpes a la madera de la puerta y pego un silbido, les recuerdo que quiero estar en la carretera lo antes posible.
No tardan en salir, mis hermanos no quieren hacer esperar a su vicepresidente. Ya están preparados, han hecho el ritual antes de salir. Nos podemos subir a las motos y surcar la carretera. Y, así, una a una, las motos empiezan a ronronear como gatitos mimosos, música celestial que me recuerda a las cientos, tal vez miles, de horas que he dedicado a surcar el asfalto con esos hombres que se convirtieron en mis hermanos.
Ya estamos listos, es hora de acelerar. No tardamos en ponernos en formación de a dos, conmigo al frente. El ronroneo de los motores nos guía mientras nos dirigimos hacia el horizonte eterno que se abre ante nosotros. Puede que los que nos vean piensen que solo somos un grupo de delincuentes motorizados, gente fuera de la ley, pero en estos momentos somos algo más.
Somos hermanos que se dirigen hacia el infinito horizonte, dueños de nuestras vidas, dueños de nuestra libertad.


José Carlos Ortega Díez ( @Orteguilla25)