sábado, 16 de julio de 2016

Relato - Libertad sobre ruedas

 Ya va siendo hora de ponernos en marcha, hace ya mucho tiempo que el sol ha asomado por el horizonte, y esa lejana línea nos llama, nos espera. Inspiro profundamente, el olor del asfalto, la tierra, la gasolina y el cuero llena mis pulmones. Ese olor tan familiar, que lleva años acompañándome.
Lentamente me desperezo, casi parece que ha pasado una eternidad desde la última vez que hice esto. Mis manos ya lo echan de menos. Aprovecho que me estoy estirando para ponérmelo.
Da igual el calor que haga, da igual que lleve una manga corta o una manga larga, da igual que vaya solo o acompañado, la chupa debe ir conmigo. No es una simple prenda, es parte de mí, es mi segunda piel. En ella, a mi espalda, una calavera sonríe burlonamente a todos aquellos que dejo detrás, recordándoles que un “Pirata” ha sido capaz de superarles.
Por el frente, mi segunda piel muestra varios parches más, cada uno con su significado, cada uno ganado, pero el que más me ha costado, del que más orgulloso me encuentro, es de aquel que pone V. Presidente, el culmen de una vida dedicada a mis hermanos.
El sol va a pegar fuerte, y no hay nubes que nos proporcionen ni una mísera sombra. El casco pegara calor, por lo que cojo mi pañuelo negro y me lo pongo en la cabeza a modo de bandana, para que en ningún momento el sudor me entre en los ojos.
Ya está todo preparado, me he puesto los guantes, disfruto del sonido que producen cuando abro y cierro varias veces las manos, para comprobar si se han colocado bien. Ya va siendo hora de salir, no hay tiempo que perder, pese a no tener nada relevante que hacer.
Me acerco a la puerta del club, esos vagos aún no han salido, espero que no me hagan entrar a por ellos. Doy varios golpes a la madera de la puerta y pego un silbido, les recuerdo que quiero estar en la carretera lo antes posible.
No tardan en salir, mis hermanos no quieren hacer esperar a su vicepresidente. Ya están preparados, han hecho el ritual antes de salir. Nos podemos subir a las motos y surcar la carretera. Y, así, una a una, las motos empiezan a ronronear como gatitos mimosos, música celestial que me recuerda a las cientos, tal vez miles, de horas que he dedicado a surcar el asfalto con esos hombres que se convirtieron en mis hermanos.
Ya estamos listos, es hora de acelerar. No tardamos en ponernos en formación de a dos, conmigo al frente. El ronroneo de los motores nos guía mientras nos dirigimos hacia el horizonte eterno que se abre ante nosotros. Puede que los que nos vean piensen que solo somos un grupo de delincuentes motorizados, gente fuera de la ley, pero en estos momentos somos algo más.
Somos hermanos que se dirigen hacia el infinito horizonte, dueños de nuestras vidas, dueños de nuestra libertad.


José Carlos Ortega Díez ( @Orteguilla25)

4 comentarios:

  1. Como siempre muy bonita historia pero con el fondo que as puesto es muy complicado leerla sin perder el hilo ya que la letra se pierde en el fondo y viceversa,un beso y sigue escribiendo así :)

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    1. Muchas gracias, ya no va a haber problema con el fondo porque creo que este se va a quedar definitivo, Un beso y gracias por los animos siempre

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  2. Muy lindo tu relato, realmente me atrapo.

    Te invito a pasarte por mi blog:
    http://librospuenteaotrosmundos.blogspot.com.ar/

    Un saludo.

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    1. Muchas gracias
      Por supuesto que me voy a pasar, y no dudes que también te seguire.
      Un saludo

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