viernes, 26 de agosto de 2016

Relato - En la oscuridad

¿Dónde estoy? O ¿Cómo estoy?
No soy capaz de ver nada, todo está oscuro. ¿Esta oscuro o no tengo los ojos abiertos? No soy capaz de saber si es que no soy capaz de abrir los ojos o es que no veo nada.
Creo que lo mejor será moverme un poco, desperezar las extremidades. Tal vez, aunque no vea nada, me puedo tropezar con algo, y así puedo descubrir donde me encuentro. Pero nada sucede. Ni siquiera llego a sentir esfuerzo de intentar mover las piernas, no siento que mis brazos se muevan, ni siquiera siento el vacío como cuando tus extremidades se mueven en el agua.
¿Tal vez he perdido el sentido en los brazos y en las piernas? A lo mejor si me estoy moviendo, pero no soy capaz de sentirlo. La verdad es que si siento algo, y es la nada. Me siento flotando en la nada, como cuando estas en el mar y te dejas llevar, en esa suerte de ensoñación, en la que no estas ni despierto ni dormido, ni pensando ni con la mente en blanco, ni sintiendo ni sin sentir.
No siento nada, no sé si me muevo, ni siquiera sé si estoy respirando, pero, sorprendentemente, me siento tranquilo. Es una extraña sensación, de que nada malo me va a pasar, pero tampoco nada bueno, simplemente no va a pasar nada y, misteriosamente, es eso lo que me hace estar tranquilo. Pero este lugar, esta inquietante oscuridad, lo que hace es tranquilizarme. El estar aquí, como flotando, sin movimiento, sin preocupaciones, sin saber lo que va  a pasar me tranquiliza.
Es una tranquilidad que me envuelve, que me llena. No se cuánto tiempo llevo aquí, si un minuto, una hora, o una eternidad, pero no me importa, aquí estoy tranquilo, aquí estoy relajado, aquí los problemas no existen. No hay nada que me moleste, no hay nada que rompa esta tranquilidad, o, al menos, no había nada
De repente, sin saber de dónde ni porque, empiezo a escuchar algo, al principio meros susurros, pero no tardo en distinguir las palabras, las voces. La mayoría de voces no las conozco, ni siquiera soy capaz de distinguir la mayoría de las palabras, oigo algo de salvar, pero también que están perdiendo algo, ¿de qué diablos estarán hablando las voces?
Son muy numerosas, dan gritos, hablan rápido, cada vez me cuesta más distinguir las palabras, solo me llegan las voces, muchas voces, cada vez más. De pronto me llegan otras voces, pero no las oigo como las de antes, estas no las oigo, las escucho, están dentro de mi cabeza. Al principio me cuesta pero no tardo en reconocerlas, estas si las conozco, la mayoría suenan tenues, lejanas, débiles. Son voces que llevaba mucho tiempo si oír, voces que se alejaron de mi antes de llegar a esta oscuridad, y que cada vez están más lejas. Sobre todas ellas hay una que aun suena fuerte, pero también se está alejando, se separa de mí por momentos.
Pero no solo están estas voces, también están las voces que sí que reconozco y sí que oigo, que no están solo en mi mente. Hay muchas, hay pocas, hay varias, hay algunas, no puedo saber cuántas. Incluso hay una que no he oído en persona, que siempre está ahí, pero solo la he oído en la distancia. Pero, sobre todas ellas, hay una que resalta, una que me incita a luchar, a seguir adelante, pero ¿Luchar en qué? ¿Seguir adelante con qué? No comprendo nada.
De pronto lo veo. Ya no hay solo oscuridad, ahora hay pequeños focos de luz en la lejanía. De uno solo sale la luz y un sentimiento de tranquilidad inmensa, incluso más que en la oscuridad. Es como si esa luz me llenase de paz.
Del otro foco de luz es de donde vienen las voces, las desconocidas, las conocidas, las que están, las que se van, las que me han abandonado. Todas las voces, da igual que las escuche en mi mente o no, todas vienen de un solo lugar.
Lo siento, siento que por fin me puedo mover, algo en mi interior me incita a tomar una decisión, ir a uno de los dos sitios. Sí, creo que va siendo hora de moverme, sin duda, tengo que escoger una de las luces, y, definitivamente voy a ir hacia…

José Carlos Ortega Díez (@Orteguilla25 o @escrito

sábado, 6 de agosto de 2016

Relato - La amargura de las lágrimas

La vida es muy cruel, aquella pequeña criatura indefensa lo sabía muy bien. No había gozado de la felicidad ni del calor de una familia, tampoco de una hoguera. Se perdió cuando paseaba con su dueña y no sabía volver a casa. Durante 3 días solo recibió una cosa, el rechazo a donde quiera que fuera. Los niños le tiraron piedras; los adultos le golpearon con palos, incluso le dieron patadas si podían; los vagabundos lo ahuyentaban con insultos antes de que pudiera acercarse a la calidez del fuego. Las calles estaban nevadas, el frío le calaba hasta los huesos. No tenía ningún sitio donde guarecerse de la nieve, no podía escapar de la gélida garra del invierno.
Hacía días que no probaba bocado. Ni siquiera la basura estaba a su alcance, los perros callejeros le enseñaban los colmillos cada vez que intentaba acercarse. Estaba famélico, el hambre había hecho estragos en su pequeño cuerpo. Las costillas se le marcaban, su pelaje estaba desvaído y sus pequeñas patas apenas podían sostenerle. Ya no tenía fuerzas ni para buscar comida ni para defenderse, solo pudo dar unos pasos más.
Se dejó caer en la nieve, incapaz de dar un paso más, de seguir sufriendo de aquella forma. Le dolía todo el cuerpo, incluso respirar era doloroso. Cerró los ojos, esperando su inminente final. ¿Qué había hecho para merecer aquello? Tras un último suspiro, la vida abandonó su pequeño cuerpo, ya no sufriría más. La nieve comenzó a acumularse sobre el cadáver del cachorro, nadie lo encontraría nunca… o así debería haber sido.
Una niña corría por las calles, frenética, rezando para que no fuera demasiado tarde. La preocupación oscurecía su rostro, sus ojos llorosos luchaban por retener el llanto. Tenía que encontrarlo, necesitaba encontrarlo como fuera. Por suerte o por desgracia en aquella ocasión lo encontró. No tardó mucho en llegar al callejón, corrió desesperada al ver el cuerpo de su querida mascota. Cayó de rodillas y cogió al ya inerte cachorrito. Ya era demasiado tarde, si tan solo hubiese llegado un poco antes…
Le habló con dulzura, lo llamó por su nombre, lo acunó entre sus brazos; pero nada podía hacer que volviera, estaba vació. Las lágrimas cayeron a raudales, la culpa la devoraba por dentro. Había sido culpa suya que se perdiera, debió tener más cuidado.
Sus padres la encontraron instantes después, salieron asustados en su busca al darse cuenta que la pequeña se había ido. La encontraron tirada en el suelo, llorando abrazada al que fue su amigo. No podían hacer nada por animar a su hija, solo dejar que soltase su dolor. El llanto de la niña rompió el silencio de la noche, una dolorosa llamada y adiós al pequeño Buddy.